cultura | 23 de Mayo de 2016

Para el autor chileno, la relación con los pueblos originarios ha sido traumática desde todos los puntos de vista; hay un racismo disfrazado en la sociedad, solapado, sostiene en entrevista. Foto Especial

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Ericka Montaño Garfias, La Jornada

Ciudad de México, 23 de mayo.- El escritor chileno Luis Sepúlveda siempre ha convivido con gatos y perros. Ahora tiene un can, mezcla de pastor alemán con labrador, color negro, con una cruz blanca en el pecho. Se llama Dartagnan. Junto aDartagnan hay otro más, se llamaAfmau y es el protagonista de su nuevo libro, Historia de un perro llamado Leal, fábula que abre una ventana hacia el mundo mapuche, su historia, y lo que sigue viviendo ese pueblo, caracterizado por su resistencia y amor a la naturaleza.

Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949) abre esa ventana hacia una región particular del continente, pero habla de esa historia compartida desde América del Norte hasta el sur, pasando por México, y la relación que tenemos con los pueblos originarios. Una relación que ha sido traumática desde todos los puntos de vista, dice en entrevista telefónica desde Gijón, España, donde reside desde hace varios años.

“Se ha falseado enormemente la historia de nuestro continente. En el caso del extremo sur, con el resto de los países de América hay un conflicto muy grande, porque hay un expolio ya continuado, una negación de derechos, de una cultura, de una forma de ser que es muy rica, interesante.

He intentado mostrar un poquito de esa cultura, de esa forma de ser por medio de esta historia, porque el conflicto mapuche con el Estado chileno se prolonga desde hace muchísimo tiempo y es muy grave.

–Es un conflicto que persiste.

–Claro, porque hay un racismo disfrazado en la sociedad, solapado. A la hora de pensar en el país todos los chilenos declaran con mucho orgullo el valor de los guerreros mapuches, pero a la hora de convivir con ellos persisten los prejuicios. Ser indio es sinónimo de ser flojo, ladrón, borracho, alguien que está al margen de la sociedad. Es la triste historia de todo el continente americano, quizá con una gran diferencia: que los mapuches tienen una historia interesante. Primero sostuvieron una guerra con el conquistador que duró 100 años y terminó sin vencedores ni vencidos, con un tratado de paz que se prolongó durante 300 años, el cual fue rigurosamente respetado tanto por la corona española como por la nación mapuche con una frontera muy claramente delimitada, que está a unos 600 kilómetros al sur de Santiago.

“Esa frontera es un río y hasta ahí llegaba la Nueva Extremadura, y comenzaba la nación mapuche. Este tratado de paz fue violado, violentado, después de la independencia, cuando se consolidó en 1817. A los migrantes que llegaron del norte de Europa les dieron tierras en un lugar que tenía dueño, que tenía gente, y ahí empezó la historia de expolio, con una canallada que se llamó pacificación de la Araucanía. Uno se pregunta: ¿cómo es posible que pacificaran un lugar donde no había guerra? 

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Como en toda fábula, Sepúlveda (en la imagen, tomada de su cuenta de Twitter) humaniza a un animal, en este caso a Afmau, que en lengua mapuche significa leal, para hablar de ese valor. Foto Daniel Mordzinski

Claro, fue para justificar todo un expolio, robo de tierras, y el claro intento de exterminio de todo un pueblo, así como exterminaron a otras etnias de más al sur, que fueron por los ganaderos, un genocidio, con la diferencia de que los mapuches siempre han resistido; son un pueblo muy resistente, dice el autor de Un viejo que leía historias de amor, éxito de ventas traducido a varios idiomas.

En Historia de un perro llamado Leal, publicado por Tusquets, Luis Sepúlveda regresa a la fábula, género en el que ya tiene otros tres libros:Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, Historia de Max, de Mix y de Mex e Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud. Como en toda fábula, humaniza a un animal, en este caso aAfmau, que en lengua mapuche significa leal, para hablar de esa cualidad del ser humano.

La lealtad es el germen de otras actitudes humanas, las mejores. Intento, a través de esa humanización, destacar valores que lamentablemente están siendo olvidados, como la lealtad, la solidaridad, el respeto al otro, un valor muy necesario; en todos mis libros están muy presentes esos valores.

A lo largo del libro aparecen palabras mapuches y al final un breve glosario. La palabra es un vehículo fundamental para conservar la memoria. La lengua mapuche es muy rica, de una sonoridad muy especial y, bueno, también reivindico algo que cuesta, que es en una región habitada por más o menos 600 mil mapuches a los que no se les permite tener educación bilingüe, que reciban educación en su lengua, pero, como digo, es una comunidad muy resistente; mantienen su lengua, sus tradiciones, su cultura, su hermosísima relación con el medio ambiente. Tienen una relación muy sana con todo lo que los rodea y eso es parte de una gran cultura.

–Es una fábula que no termina con una moraleja escrita. 

–Sí, queda abierto. La moraleja es que hay que resistir, que la lealtad es algo que da mucha fuerza, que conviene ser leal, que es muy bueno ser leal, que te permite superar muchas cosas. No estoy muy de acuerdo con que la literatura cambia el mundo, o que puede cambiarlo; quiero hacerlo, pero como ciudadano: participo en cosas en las que la sociedad exige que participes; entiendo que la literatura debe tener enorme carga ética.

El único papel de la literatura es recordarnos que somos seres humanos, justamente porque podemos optar por tener una existencia ética, por tener una vida ética y por proyectarnos hacia el futuro desde nuestra ética.

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