Baja California | 18 de Febrero de 2015

María y su hijo Damas. María vive en la casa hogar tras fugarse de un marido violento. Foto Roberto Armocida

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Roberto Armocida

Tijuana, 18 de febrero.– María Esther Figueroa Torres, fundadora y responsable de la casa-hogar Unidos por Siempre, ubicada en Terrazas del Valle, delegación Rojo Gómez, en la extrema periferia oriental de Tijuana, es contundente y no tiene dudas: “Amo mi Tijuana, amo mi vida aquí. Pero en Tijuana muchos parecen haber olvidado sus orígenes, y las personas van perdiendo la capacidad de ayudar a los demás”.

Tijuanense, 43 años de edad, la Madrina, así como todo mundo la conoce entre las calles de esta degradada colonia, apela a la solidaridad de las personas para seguir apoyando a los 80 niños que diariamente acuden a su casa.

Entre las viviendas de la colonia, entre calles a menudo de sola tierra, en una situación social y económica profundamente deteriorada, la casa-hogar de María Esther representa uno de los pocos baluartes contra la indiferencia y el olvido, un lugar donde decenas de niños reciben apoyo, comida y ropa.

La gran mayoría de ellos proviene de situaciones de verdadera emergencia social, con padres presos o desempleados, hijos de madres víctimas de violencia domestica, cuyas condiciones económicas bien se pueden definir como de extrema pobreza.

“Yo también me crié en una casa hogar de niños, la casa Santa Julia, y al ser ya grande empecé a cuidar un grupo de catorce pequeños. De allí no me he detenido”, nos relata la Madrina.

Unidos por Siempre inició en 2002 como un comedor, para asistir y apoyar a los niños de la colonia que no contaban con el suficiente apoyo de sus padres y de las instituciones, continúa María, conviertiendose en 2011 en casa-hogar.

Una casa sencilla. Desde su entrada lucen pequeños pantalones, camisas y calcetines tendidos al sol después de haber sido lavados, una evidente señal que por aquí viven numerosos pequeños.

“Son doce en total los que aquí viven a diario, mientras los demás vienen en diferentes momentos del día para comer, hacer sus tareas y jugar”, continua la fundadora.

En la parte baja hay una cocina y una sala comedor, equipada con mesas y sillas de plástico, mientras en la parte alta de la estructura se halla un dormitorio común, compuesto por camas muy a menudo apoyadas sobre bloques de cemento. “Todo lo que hay aquí es lo único que tenemos y lo hemos conseguido poco a poco, con nuestros esfuerzos y dedicación”, afirma.

Las clases han terminado y los niños empiezan a llegar. En la cocina María ayuda a otras mujeres voluntarias para preparan la comida: hoy se sirve ensalada de atún, sardinas y tomates frescos.

“Para saber lo que verdaderamente necesita un niño hay que mirarle sus piecitos y sus zapatos”, afirma la Madrina, mientras los niños inician a ponerse en fila ordenadamente para recibir su plato y un vaso de refresco.

Todo empezó en el patio de su casa, que aún ocupa el otro lado de la construcción, y a lo largo de los años esta casa-hogar se ha convertido en un verdadero refugio, incluso para muchas mujeres que han sufrido violencia domestica.

María se detiene un momento. Parece perder su mirada en el tiempo, pero solo está recordando. Su memoria regresa a cuando ella misma fue violada, cuando su propia infancia fue dañada por siempre.

“En 2007 me mataron a un hijo adoptivo. En una balacera. Una bala perdida, apenas tenía 15 años”, cuenta María, recordando cuando la depresión y la desesperación llegaron otra vez a su vida. “Pero mi mejor terapia fue esta casa, me metí mas a fondo en esto. Se me había ido uno, pero entendí que si no venimos a este mundo para ayudar, ¿para que venimos?”.

María invita todo mundo a que vengan a conocer este lugar perdido en la periferia de Tijuana, pero lamentablemente existe una realidad que no puede vencer: “La gente tiene muy poca memoria, porque se les olvida, y día tras día es siempre mas difícil encontrar apoyo”, afirma,

La Madrina de Rojo Gómez no solamente se refiere a su propia realidad, si no a las tantas casas-hogares que necesitan apoyo, aportaciones y voluntarios. “Nunca he pedido dinero a un niño, ni siquiera 50 centavos. Me encargaba, y aún me encargo, de salir todo el tiempo a buscar ayuda. En la central de abastos, con empresas o personas que nos apoyan, para cubrir las necesidades de los pequeños. Pero nunca he pedido dinero a los que vienen aquí a buscar ayuda”, continúa María Esther.

Poco a poco los niños terminan de comer. El ambiente es muy sencillo y no parece faltar nada, aunque haya obras en la parte alta de la casa y a un costado, donde se está construyendo un dormitorio para las niñas.
“Fue una condición que puso el DIF para podernos así apoyar, es decir convertirnos en una verdadera casa-hogar para niños. Pero se necesita separar los dormitorios y ofrecer mas espacio. Y en esto estamos poco a poco”, nos explica.

Los niños ya se fueron a jugar afuera, el silencio regresa poco a poco a la casa tras el maravilloso desorden que solo los más pequeños saben imponer en cualquier espacio, con su alegría y vitalidad.

“Veo muchos niños en la calle, mucha pobreza extrema, y se que muchas madres no salen a trabajar porque lo que ganarían ni siquiera sería suficiente para pagar a alguien que les cuide a sus hijos”, nos explica la Madrina.
Y aunque quieran trabajar, añade, la gran mayoría recibe un sueldo mínimo, que no alcanza para la comida diaria.

Algunos de los papás de los niños que aquí se quedan de forma permanente son adictos, acuden a centros de recuperación, pero no pueden mantenerlos ni cuidarlos, dice María Esther: “Es por eso que tratamos de ayudar, dándoles una cama y asegurando que vayan a la escuela y reciban una educación”.

“Muchos niños sufren de soledad y cuando llegan aquí inician a mostrarse hiperactivos, como si quisieran llamar la atención. Sin embargo solo una vez un niño se ha mostrado verdaderamente violento”, destaca.

Lo único importante es romper este circulo sin fin, donde marginación y pobreza demasiado a menudo condenan estos niños a una vida de violencia y degradación, indica María.

“Es por eso que quiero ayudar esta juventud, porque ellos son nuestro futuro”, afirma. Por su experiencia un niño que no come aprende a robar, y de allí empezar a consumir drogas y caer en el crimen el paso es muy corto.

“Somos unidos por siempre, es lo único que me anima en todo este trabajo diario. Los que se van regresan e invito a cualquier persona de buena voluntad a asomarse aquí, a vivir esta experiencia, y a no olvidarse de nosotros”.

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