10 de Diciembre de 2019

Columna
Luis Hernández Navarro

Tirada en el suelo, una maestra rural es agredida por un campesino. El labriego le jala el pelo con la mano derecha, empuña un fajo de billetes con la izquierda y patea un libro descuadernado. El agresor tiene un cómplice. Otro hombre, con el rostro cubierto por un enorme sombrero de palma, que propina a la profesora un culatazo en el rostro. A la distancia, escondidos tras una columna, dos niños y una niña observan temerosos el ataque.

La imagen forma parte del mural Atentado a la maestra rural, pintado por Aurora Reyes, en 1936, en el Centro Escolar Revolución, cerca de la estación de Metro Balderas. En el fresco, la pintora, durante parte de su vida comunista, profesora, sindicalista y luchadora por los derechos de la mujer, ejemplificó la labor heroica de los docentes mexicanos y la represión que padecieron.

Desde dos años antes, con la misión de promover la educación socialista cardenista, los profesores rurales se enfrascaron en una batalla contra el fanatismo religioso, la ignorancia, la superstición y en favor de la reforma agraria y el fomento de la higiene. El clero reaccionario y los latifundistas respondieron desatando una segunda Cristiada. Decenas de maestros fueron asesinados, desorejados, empalados y golpeados.

La combatividad, el compromiso pedagógico y la vocación revolucionaria desplegada por el magisterio en aquella época no nació con el cardenismo. Eran anteriores a la llegada del michoacano a la Presidencia, aunque florecieron de la mano de su proyecto transformador.

El fresco de 4 por 2 metros de Aurora Reyes es un homenaje a las luchas de los trabajadores de la educación comprometidos con las mejores causas. Irónicamente, pocos años después, el Estado mexicano los combatiría y trataría de domesticar, con la invaluable ayuda del charrismo sindical de Jesús Sánchez Vite.

“Se ha destruido –declaró Sánchez Vite, cachorro del alemanismo en el SNTE– la leyenda negra que forjaron los enemigos de nuestra causa, al concluir falsamente, que el maestro era en sí mismo un germen de disolución, cuando en verdad no es sino un ser dotado de ge­nerosos e infatigables impulsos de superación, que si en ocasiones manifiesta justamente rebeldía, es porque no encuentra en el ámbito que lo circunda, ni estímulo a su obra trascendental como mentor, ni incentivos como ciudadano a su colaboración dentro de la comunidad.”

Su cruzada fracasó a largo plazo. En diciembre de 1979, 43 años después de que Reyes pintó el mural, los maestros a los que honró emergieron nuevamente en casi todo el país. Ya no como casos excepcionales, sino como un gran movimiento de masas que ha sobrevivido a ocho presidentes. En sincronía con lo mejor de ese pasado, los educadores comprometidos con la defensa de educación pública, la recuperación democrática de su sindicato y la emancipación política y social fundaron la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

Más allá de la lucha por democratizar su sindicato y elaborar proyectos de educación alternativos, el magisterio disidente ha participado en muchos de los combates por la democracia en el país. Sus integrantes han organizado y conducido asociaciones campesinas e indígenas, movimientos urbano-populares, sindicatos independientes, grupos de defensa de los derechos humanos, asociaciones feministas, colectivos ecologistas, fundado escuelas en zonas paupérrimas, promovido radios comunitarias y proyectos culturales contrahegémonicos.

A pesar de no participar electoralmente como CNTE, cuando en 2006 se instaló en Paseo de la Reforma, en la Ciudad de México, el campamento para denunciar el fraude electoral que sufrió Andrés Manuel López Obrador, miles de sus integrantes participaron en su organización, animación y funcionamiento cotidiano. La enorme cantidad y diversidad política de los maestros con los que uno se topaba al caminar entre las tiendas de campaña y los improvisados comedores instalados en la calle, eran equiparables a los restos prehispánicos de distintas etapas que se encuentran en una excavación arqueológica.

Al igual que sucedió al magisterio rural cardenista, durante estas cuatro décadas los profesores de la CNTE han sido asesinados, torturados, encarcelados, perseguidos y estigmatizados. Prácticamente desde su surgimiento, en 1979, se ha construido desde el cine, la radio, la televisión y la prensa escrita, pero también desde el SNTE y la academia, una nueva leyenda negra sobre el movimiento, que nada envidia a la propalada en la década de 1930 por cristeros y carcas.

La imagen de un magisterio ejemplar construida por muralistas y grabadores como Aurora Reyes, Diego Rivera, Leopoldo López, Máximo Pacheco, Pablo O’Higgins, Ramón Alva Guadarrama y, más adelante, José Hernández Delgadillo, contrasta diametralmente con la elaborada sobre la coordinadora por cartonistas o por panfletos fílmicos como ¡De panzazo!, empeñados en ­denostarla.

A 40 años de su fundación, la CNTE enfrenta (entre muchos más) el desafío de reconstruir su imagen pública. Fotógrafos, diseñadores gráficos, pintores, escultores y cineastas tienen allí, como sus antecesores lo tuvieron entre 1920 y 1940, un tema apasionante y vital para producir una obra socialmente relevante.

Twitter: @lhan55