cultura | 21 de Abril de 2019

En México viven 39 millones de niños, niñas y adolescentes. El 38% vive en localidades rurales. Foto tomada de @UNICEFMexico

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Ana Matías Rendón / Ojarasca
En las historias de los pueblos originarios el despo­jo territorial ha sido el problema fundamental de las disputas contra los diferentes tipos de gobierno y la defensa de la propia cultura. Mi madre carece de estudios académicos, sin embargo entiende mejor que muchos estu­diosos y especialistas que existe una lucha por la vida. Por supuesto, sus conocimientos están avalados por los saberes comunitarios. Se indigna como si la expropiación al territorio maya fuera a las tierras mixes, que dicho sea de paso ya están en la mira y en algunos casos se ha cambiado el régimen de tierra comunal a privada para tales fines. Indignarse, en este sentido, es comprender que a los pueblos originarios los une la desgracia; por ello, permitir la invasión al Mayab es acep­tar la invasión a cualquier territorio indígena.

La invasión tiene siglos, lo sabemos, el asunto es com­prender cómo ha ido cambiando de máscaras. Ya sea en el Virreinato o en el Estado-nación, en un gobierno liberal o progresista, derecha o izquierda, la política ha sido la misma: la reducción del territorio y las personas mal denominadas “indias” para beneficio de una élite, aunque hay un cambio trascendental en el discurso empleado, pues ahora se ape­la a un bien para la sociedad (clase media nacionalista) que tiende a aceptar muchas acciones y es ella la que, involunta­riamente, legítima el proceder de los gobiernos. Lo cierto es que el incremento de asesinatos a miembros de los pueblos originarios es para que la élite siga viviendo cómodamente.

El tren maya y el proyecto del corredor del Istmo han sido una amenaza heredada de gobiernos anteriores. Así la situación en el sur: las desapariciones son cosa corriente, la violencia es un asunto normalizado; el despojo, una política de Estado. También al centro y norte del país. El problema siempre ha sido el territorio y la propiedad. El liberalismo-capitalismo-nacionalismo por muy izquierda y progresista que se sienta es despojo y asesinato. Es una condición adquirida de los procesos colonialistas europeos. Pero dicha condición no tie­ne por qué ser determinante.

El corredor planeado viene desde los países andinos para desembocar en los territorios zapotecos, atrave­sando el Mayab, aunque realmente los proyectos atraviesan todo el continente. Debemos pensar en los miles de pueblos amenazados desde la punta sureña al norte, sí “miles”, en los miles y miles de asesinados y encarcelados por defender su territorio, en las tretas gubernamentales, en las limitaciones para actuar en contra, en la forma en cómo devora un siste­ma epistemológico hegemónico y en tantas y tantas cosas en las que no escapan las posiciones de los mestizos y el problema de la ideología nacionalista, así como la pregunta eterna de la filosofía política ¿cómo obligar a los ciudada­nos a cambiar la forma de pensar o cómo le hacemos para transformar sin atentar contra la integridad de las personas? Dejar seguir el curso de las acciones tal y como se han venido dando es apoyar el genocidio.

También resultan inquietantes las posturas que confron­tan a los pueblos originarios, entre quienes sí quieren o no tal o cual proyecto; por ejemplo, los istmeños se muestran abiertos a los proyectos; los mayas no. Los pueblos nunca han sido homogéneos. No existe, no ha existido, y, tal vez, jamás exista una unidad “indígena”, en gran medida porque se parte de otro sistema epistemológico. Cada pueblo es un sistema epistemológico. Entiéndase “pueblo” no al conjunto de comunidades que hablan una misma lengua, sino a una entidad con una concepción propia, con sus costumbres, vestimenta, lengua (o variante) y territorio, y el cual tiene mi­les de años y no los doscientos de la “nación”. Por ello, cada pueblo, tiene sus razones para aceptar o rechazar un proyec­to: ninguna condenable, todas respetables.

Desde los Virreinatos cada pueblo tuvo que tomar sus decisiones: adherirse al nuevo régimen, luchar en contra con el riesgo de perder y someterse de mala gana o, bien, ganar y mantener cierta autonomía o, simplemente, negociar. Esto no quita que en diferentes momentos de la historia se hayan unido para formar bloques en contra de los regímenes esta­blecidos, ya fuera en el Virreinato o el Estado-nación, y que en éstos también hayan decidido con quiénes hacerlo, in­cluso formando organizaciones con miembros de diferentes lenguas y culturas, incluyendo a los hispanohablantes, tan es así que para establecer la frontera sur de México fueron importantes las decisiones que tomaron los mayas y los afro­descendientes. Si ellos no hubieran liderado las confronta­ciones del siglo XIX, la península de Yucatán se hubiera inde­pendizado de México. Los “blancos” tuvieron que adherirse a la “nación mexicana” para poder combatir a los “insurrectos”. De este modo, tal parece, que todos perdieron: los “blancos” el control político; “indios” y “negros” tuvieron que convertir­se en “mexicanos”.

Se puede entender por qué muchos están de acuer­do con ser parte de la nación “mexicana”, “peruana” o “chilena”, pero con todo, pelean dentro de este sistema epistemológico nacional por la justicia. Otros pueblos lu­charán por su reconocimiento territorial (mayas); por tener su propia nación (mapuche), alguno más querrá tomar las riendas de la nación mestiza-criolla (los quechuas-aymara en Bolivia). También, dentro de los pueblos que se unen, de una misma lengua, hay diferencias a veces irreconciliables. El inconveniente: las implicaciones que las decisiones de al­gunos pueblos tienen sobre otros, cualesquiera que sean dichas elecciones.

Personalmente, estoy en contra de la idea de “nación”, es impuesta, porque encubre el despojo a los pueblos origina­rios, sobre todo aquellos que no quieren ceder el territorio que ocupan desde hace miles de años. Nunca hemos sido “una” nación. La “nación mexicana” es un invento, como lo fue “América”, y lo sigue siendo. ¿Qué es México, más cuan­do los pueblos originarios han caminado por otros rumbos? ¿Qué clase de México hemos vivido? El punto ha sido poner una narrativa de nación por encima de las personas, de los pueblos originarios. ¿Podremos pensar allende la idea de na­ción impuesta desde el siglo XIX?

Plantear una nación multicultural para integrar a los di­ferentes pueblos no ha solucionado casi nada. Creer que el diálogo o las buenas intenciones van a resolver algo, es pecar de inocentes. Ese “resolver algo” es un paliativo que provo­ca la muerte lenta. Cada vez hay una mayor reducción. Aun cuando la idea de nación actual siga cambiando sus leyes en pro de los pueblos, no responderían satisfactoriamente. Ya se ha visto con las reformas constitucionales y legales en los que se van articulando nuevas formas para seguir aprove­chándose de los vacíos que los mismos legisladores dejan, o recurriendo a la corrupción. Ojalá me equivoque.

¿Ayudaría el capitalismo suave para equilibrar las fuerzas de la nación? Tampoco parece una solución optar por un capitalismo suave donde la obsolescencia pro­gramada sea controlada o la ecología consciente reine como política pública, pues bajo el modelo económico-político neoliberal no podrían ser eficientes dichas medidas. Dada las circunstancias específicas de México, como del resto de paí­ses latinoamericanos, los modelos de moderación son inapli­cables: se requiere de la explotación a los territorios indíge­nas para mantener el sistema económico de las naciones en este continente como del resto del mundo; hay que recordar que así nacieron las naciones, endeudándose con los países extranjeros, dando como garantía las tierras indígenas que finalmente fueron neocolonizadas en el siglo XIX. La idea de nación permite y justifica el despojo territorial ya que engra­na la maquinaria del sistema-mundo.

Se han hecho avances o, mejor dicho, algunos pueblos han podido contrarrestar algunos daños y frenado algunos proyectos, el caso de la Cuenca del Valle de México contra el aeropuerto y la privatización del agua o la lucha del pueblo de Cherán, pero la realidad es que es una batalla entre tan­tas, pues quedan nuevos desafíos por afrontar. La amenaza es constante y las fuerzas que la contienen no pueden bajar la guardia.

La complejidad para tratar el tema del despojo territorial se define por las múltiples redes que lo entretejen. Las mo­dulaciones en los ejercicios del poder hacen que, defender a un pueblo para evitar el despojo o apoyar a otro que quiere negociar con un proyecto liberal, se convierta en el aniquila­miento de alguno de los dos.

Es inevitable pensar que la muerte de los pueblos puede suponer el triunfo de la nación, puesto que, si las personas carecen de la memoria colectiva, tendrán que adherirse al mismo sistema epistemológico de las sociedades naciona­les, sin embargo, hemos visto que una nación que supone compartir el mismo idioma y valores culturales tiene igual­mente sus conflictos, por lo que muestra que no es necesario tener diferente marco epistémico o lengua para confrontar al sistema dominante, sino experiencias que catapulten a las rebeliones. Así que, ante un panorama desolador en el que el etnocidio triunfe, la lengua y cultura de los pueblos origi­narios mueran, seguirá habiendo oposición y, si vamos más allá, podremos deducir que parte del sentido de las culturas milenarias la estarán impulsando.

Los reconocimientos a quienes han luchado por pre­servar la lengua y la cultura, en el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, parecen tener frutos, pero hay que detenernos un poco, como lo indica el poeta maya Pe­dro Uc Be: “Las instituciones de gobierno que celebran la lengua maya en el marco del día de las lenguas maternas, tendrán legitimidad, si y sólo si se pronuncian por la cance­lación de los megaproyectos que invaden nuestro territorio maya en donde creamos nuestra lengua y cultura maya. ¡No queremos consulta, queremos territorio!”. La lengua se de­fiende con el territorio y con las personas. Cuidado con pen­sar que las lenguas son más importantes que las personas, porque puede parecer que, para los organismos institucio­nales, está bien defender los idiomas indígenas y, por otro, ser cómplices de los asesinatos al “fortalecer” la economía por medio de las empresas transnacionales y, finalmente, caer en los mitos en que la lengua se defiende, cuando en realidad le pertenece a la élite: el guaraní de Paraguay no es el guaraní de los indígenas; el maya aporreado de los yu­catecos no es el de los hablantes mayas, el náhuatl de la academia no es el de los nahuas, son lenguas desvincula­das de los sentidos que le dieron vida. Cuando Elicura Chi­huailaf, poeta mapuche, versa que la poesía es “la tristeza por el muchacho/que conserva la lengua/pero ha perdido el alma”, indica justo la vacuidad de la Palabra.

La lengua puede quedar vacía de sentido si no vemos los vínculos que tiene con la comunidad: la lucha que se sostie­ne. La muerte de una lengua no, necesariamente, se da cuan­do mueren los hablantes o se deja de practicarla, asistimos al lecho de un moribundo cuando los sentidos de las pala­bras se han desplazado para ser anidadas por los sentidos de las lenguas dominantes, pero del mismo modo, pueden que­dar los sentidos de una lengua muerta en el nuevo idioma, como fue el caso de la lengua de los taínos del caribe, de quienes hemos heredado más de lo que somos conscientes, aunque las personas fueron aniquiladas. Pensar que deben sobrevivir las lenguas sin las personas que le dieron origen es, nuevamente, juguetear con que los indígenas no impor­tan, es afirmar la legitimidad de una nación con un pasado indígena pero no actual. Por ello, a los escritores indígenas los vemos peleando junto a su comunidad. El escritor, la es­critora, es la misma persona a la que se le aplaude en las pre­sentaciones de libros y a la que se le insulta cuando participa de la lucha de su comunidad.

Pregunta: ¿cómo atravesar sin crear daños colaterales? El problema también son las fronteras, lo hemos visto con los migrantes. Los migrantes no son el problema, tampoco los mestizos y blancos (categorías arcaicas, pero bien percep­tibles). Es decir, no las personas en sí, sino las acciones que se desprenden por el entramado de múltiples intereses de personas que no están dispuestas a perder y que parece que su astucia tiende a generar efectos bien certeros. Y no digo que las luchas de los pueblos no hayan servido, pues por algo muchos seguimos con vida, pues nuestros abuelos pe­learon, y otros se mantendrán en nuevas generaciones por la lucha que se lleva actualmente. Sólo insinúo que es hora de cambiar el modelo nacionalista, pensar más allá del “Estado”, de la forma de gobierno democrático que hasta ahora no ha funcionado, para “inventarse” otro modelo, otro sistema epistemológico en donde moverse. ¿Será mucho pedir hacer un cambio en las placas tectónicas del “mundo occidental”? Otra invención, por supuesto.

¿Qué tipo de crímenes hay que cometer para es­tablecer un nuevo orden? Tal vez no sea necesa­rio cometer ningún crimen para cambiar de régimen sino crear un mecanismo que escape a la lógica de los actuales dueños del mundo para trastocar sus cimientos: generar un dispositivo. Así funciona “su” mundo. Por eso estamos atrapados. Sólo que este dispositivo deberá cambiar la ló­gica de los valores, de tal modo que no les quede de otra que cambiar de régimen. Se trata de superar los límites epistemológicos, de los límites que nos impiden ver otras soluciones: la narrativa de la nación nos lo impide y se ex­tiende cada vez más a los pueblos originarios. Es cierto, me gustaría ver un gobierno indígena: mixe, maya, nahua, za­poteco, mixteco... o simplemente una forma de gobierno in­dígena al frente de la nación mexicana, pero esto último es difícil y parece un sueño imposible cuando comprendemos el origen y los propósitos que tienen las naciones gestadas por los criollos, pero legitimadas por los mestizos, para que los indígenas y afrodescendientes fueran desplazados. Es inevitable pensar que de no romper el sistema epistemo­lógico actual de la nación, tendremos que presenciar más asesinatos y despojos, al punto que mayas, zapotecos, mi­xes, mapuches quedarán en el olvido y parte de la memoria histórica. Igualmente es imposible pensar un gobierno sin los mestizos y blancos, estamos compartiendo los espacios que fueron invadidos.

Han existido demasiados genocidios en América, oculta­dos en el amor a la patria. Los insultos a los líderes indígenas en Latinoamérica tienen mucho en común: son los mismos que se repitieron a Marichuy acá en México, a Kajkoj Ba Tiul en Guatemala, a Máxima Acuña en Perú, o los que les gritan a los mapuche en Argentina y Chile; quienes los expresan son los mismos que sostienen que aman tanto a “su” nación que los indios son culpables de que el país se divida. Algo que me recuerda a los textos del Virreinato escritos por los pe­ninsulares y criollos, pues de fondo se encuentra el miedo a un levantamiento generalizado de los indios (así nos han llamado “indios”, perdón por los dulces oídos).

Hay que pensar más allá de la idea de nación homo­geneizadora que despoja del territorio, asesina o des­aparece a las personas, como del que comete etnocidio. Más allá del “Estado” y de la “democracia”, un modelo que permi­ta la reterritorialización y reconfiguración política de modo que los pueblos que quieran hacer “nación” con otras cultu­ras, mestizas o indígenas, lo hagan bajo términos que no los perjudiquen y aquellos que quieran hacer su propia nación indígena (sustitúyase “indígena” por “mapuche” o cualquier otra sociedad) puedan hacerlo con las mismas garantías de los Estados-nación legalizados.

Si los pueblos decidieran ser parte de las naciones, con­servando sus propias concepciones u olvidando la lengua, entregando el territorio para compartirlo con otras socieda­des culturales, olvidarse o no de sus ancestros, de tal manera que lo hagan de forma voluntaria y convencidos de ser parte de las naciones “latinoamericanas” sólo podemos respetar­los. Finalmente, nada es blanco o negro, y para leer el por­venir no estamos. Los pueblos también han cambiado a lo largo de los 500 años después de la invasión española. Con ello, no comparto la reducción de los pueblos, sino que afir­mo la complejidad de la actual territorialización.

Si revisamos un mapa de los proyectos extractivistas en Latinoamérica, notaremos las razones de los conflictos con­tra los pueblos indígenas por las empresas multi/transnacio­nales dedicadas a explotar los recursos, los cuales van más allá de los partidos políticos y de las formas de gobierno (iz­quierda o derecha). Así puede verse la necesidad de un Bol­sonaro en Brasil, la invasión a los territorios guaraní y a todo el Amazonas —temo que los más desprotegidos—, las leyes antiterroristas contra los mapuche, el aislamiento a los nasa y demás pueblos que están en Colombia —que cada vez se quedan con menos estrategias de sobrevivencia por la estre­chez del narcotráfico y del Estado—, y de las desapariciones “silenciosas” a los quechua-aymara en la zona andina, o el re­ciente asesinato en México de Samir Flores. Por ello, también es necesario que caigan los mayas, son la última conexión de Centroamérica.

Aunque en Honduras, Bertha Cáceres “ganó” después de su muerte la lucha por el agua, las empresas encontraron el modo de invadir otros territorios lencas y nahuas, por eso en parte el éxodo que estamos recibiendo en México. Y de los mayas ixil de Guatemala ¡ni qué decir!, el genocidio no les fue reconocido, por lo que están sufriendo una mayor embesti­da. Evidentemente, después de los mayas —porque en Chia­pas tsotsiles, tseltales y tojolabales llevan años errantes—, entraran con fuerza a Oaxaca (Chimalapas), lo que hemos visto hasta ahora son tentativas, con todo y que el despojo comenzó en los setenta, según recuerdo, en la zona mixe. Y si vemos la sierra que atraviesa Guerrero para subir por el país, apreciaremos que las violencias siguen la misma lógica. En Puebla y Tlaxcala es un asunto de estrategia, así que hay que esperar. Tampoco se nos puede escapar el extractivismo minero al norte del país ni los gasoductos y las termoeléc­tricas. Tampoco lo que sucede en Estados Unidos y Canadá. En fin, lo que es indudable es que algunos podremos dormir esta noche en nuestras camas, mientras otros buscarán a sus desaparecidos, o se estarán preparando para las luchas del día siguiente o serán acribillados durante sus sueños por las ambiciones empresariales envueltas de nacionalismo.