méxico | 21 de Septiembre de 2019

Migrantes Haitianos en México. Foto Luis Castillo / Archivo La Jornada

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Jorge Volpi

Los humanos no somos como los árboles, escribió Juan Goytisolo: a diferencia de ellos, nos movemos. Esta voluntad por desplazarnos de un lugar a otro del planeta, hasta poblar hasta sus más intrincados rincones, es lo que nos vuelve justamente humanos. Todos, hasta quienes se piensan más sedentarios, somos herederos de generaciones y generaciones de hombres, mujeres y niños que, huyendo del hambre, la pobreza o la violencia, se atrevierdon a recorrer interminables planicies, profusas selvas y lánguidos desiertos, a atravesar cordilleras y cañones, a navegar por ríos y océanos ignotos en busca de una vida mejor. Quienes tuvieron el coraje de dejar atrás sus terruños o sus patrias, de abandonar lo conocido por lo desconocido, de aventurarse en paisajes agrestes u hostiles, son los mejores de entre nosotros. Los grandes sobrevivientes de nuestra especie. Héroes anónimos. Todos somos, en este sentido, migrantes. Y deberíamos sentirnos orgullosos de serlo.

En una perversa inversión, hoy proliferan quienes se empeñan en hacernos creer lo contrario: que los migrantes son villanos en potencia, enemigos infiltrados y aviesos, dispuestos a pervertir nuestra raza, a minar nuestra seguridad o a desafiar nuestras costumbres, a quienes se juzga, en el mejor de los casos, como aliens, extranjeros de torvas intenciones, y, en el peor, como criminales o asesinos. No necesitábamos de la genética para saber que todos los humanos tenemos el mismo valor, pero hoy sabemos con certeza que provenimos del mismo origen. La humanidad no es solo una de las más hermosas ficciones que hemos inventado, sino una realidad asentada en lo más profundo de nuestras células y de nuestros cuerpos.

Una de nuestras más perniciosas ficciones han sido, en cambio, la necesidad de fijar fronteras entre nosotros: líneas trazadas arbitrariamente por los poderosos en turno, destinadas a dividirnos entre nosotros y ellos. Ellos: los bárbaros frente a los cuales, como en el célebre poema de Cavafis, siempre debemos mantenernos en guardia. Los bárbaros que han sido el pretexto para construir murallas, vallas o alambradas. Los bárbaros que han sido usados para exacerbar el nacionalismo —otra ficción asesina—, para señalar a los responsables de cualquier catástrofe en tiempos de zozobra, para desatar el miedo hacia los otros, para exaltar nuestros peores instintos y justificar nuestra propia barbarie.

Esta obscena inversión de la ética recuerda la practicada, en su momento, por los nazis: perseguir a los judíos, gitanos y homosexuales dejaba de ser deleznable y se transformaba en algo deseable y recto. Esa es la misma receta que hoy ponen en marcha Donald Trump y sus secuaces: frenar a los migrantes —a esos indeseables que se atreven a cruzar nuestras sacrosantas fronteras— se convierte en un imperativo. Para lograrlo, vale cualquier estrategia. La primera, para referirnos ya solo al caso mexicano, es valerse de la naturaleza: la árida hostilidad del desierto en el norte o la densa profusión de la selva en el sur. A la cual sigue la formación de corporaciones armadas destinadas a perseguir y detener a los migrantes, convertidos de pronto en delincuentes: de la migra a la Guardia Nacional, es decir, a las dos guardias nacionales, la estadounidense y ahora también la mexicana. Y, por si no bastara, los campos de concentración donde se retiene a quienes se juzga de ilegales —hombres, mujeres y niños—, y las nuevas medidas que acotan o impiden el derecho de asilo.

Y, como epítome, el Muro. Poco importa que éste sea impráctico o inútil: al igual que la muralla china —al menos como la cuenta Kafka en su célebre cuento de 1917—, funciona más como un símbolo que como un auténtico obstáculo. El símbolo por antonomasia de la discriminación. Y, en tanto símbolo, mejor si puede extenderse para englobar ese vasto territorio salvaje que, a ojos de Trump y sus votantes, se extiende al sur del Río Grande, que nosotros llamamos Bravo. Ante la imposibilidad de financiar su enloquecido proyecto, el presidente estadounidense convirtió a México en su Muro y a los mexicanos en sus celadores.

En esta nueva y trágica inversión, pasamos de ser un país de emigrantes, que luchó por protegerlos de la barbarie del norte, a ser un país de contención de los migrantes del sur —así escapemos de la denominación de tercer país seguro—, y un lugar cuyo gobierno es capaz de regocijarse por haber logrado disminuir, en unas pocas semanas, el número de personas que atraviesan nuestro territorio hacia la frontera con Estados Unidos con las mismas políticas que antes se aplicaron a nuestros compatriotas: verjas y vallas, detenciones masivas y arbitrarias, deportaciones forzadas. Es probable que, frente a la brutal presión de Trump, no tengamos otra alternativa, pero al menos deberíamos denunciar que somos rehenes de un tirano en vez de presumir con orgullo nuestra cuota.

Vivimos tiempos oscuros. Tiempos que nos obligan, en México, a ser cómplices de la misma barbarie que hemos sufrido. Pero tiempos en los que sigue habiendo justos entre las naciones que, como los galardonados este año con el Premio Alfonso García Robles —figura capital de nuestra diplomacia, arquitecto de la paz—, se arriesgan a defender los derechos de los migrantes y a resistir, así, la siniestra inversión de los valores que los castiga y criminaliza y a enarbolar, en cambio, los más altos valores de la humanidad.

Discurso del escritor Jorge Volpi, en entrega de la Medalla Alfonso García Robles

Tomado de Gaceta UNAM