Baja California | 30 de Abril de 2015

En los siglos XVI y XVII persisitió la imprecisión cartográfica sobre este territorio. Foto Wikipedia

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Manuel Guillén Guillén*

Ensenada, 30 de abril.- La imaginación literaria y de los exploradores españoles se combinó con el deseo de fama, riqueza y prestigio social para impulsar una serie de navegaciones, con el fin de explorar América y sus inmensos recursos naturales, sus climas, vegetación, fauna y población, que a la vista europea resultaban una gran novedad y fuente inagotable de riqueza.

Las exploraciones en lo que hoy es México crecieron a partir de 1519. En 1521 los españoles tomaron Tenochtitlan, capital del señorío mexica, y se extendieron a territorios donde llegaban noticias sobre lugares míticos y ciudades fabulosas, como Cíbola y Quivira, que según la leyenda estaban hechas de oro y se localizaban al actual noroeste mexicano o suroeste estadunidense. Igual corrían rumores de lugares habitados únicamente por mujeres, eso hacía pensar en la isla California, descrita en Las sergas de Esplandián.  

Entre los siglos XVI y XVII hubo diversas exploraciones, unas financiadas por la corona española, otras por aportaciones privadas; unas con pérdidas de embarcaciones y hombres, otras con resultados alentadores, pero todas motivadas por el gobierno español que quería acrecentar su dominio al norte de la Nueva España y arribar a los mercados asiáticos, y por exploradores que buscaban el ascenso social. 

Hernán Cortés organizó exploraciones hacia esta península, a partir de 1532, sin resultados favorables, por lo que él mismo encabezó una tercera expedición en 1535 y logró llegar a La Paz, bautizándola como Santa Cruz. Estos viajes son importantes en cuanto al nombre California. Se organizaron nuevos proyectos de descubrimiento y se hizo común hablar de California y usarla como referente en mapas y cartas de navegación. 

Sin embargo, persistió en los siglos XVI y XVII la imprecisión cartográfica sobre este territorio. En la mayoría de los mapas California era una isla, incluso después de algunas exploraciones que ya daban idea de su carácter peninsular, como la de Francisco de Ulloa en 1539, quien recorrió gran parte de las costas oriental y occidental de la península. 

Juan Rodríguez Cabrillo recorrió en 1542 el occidente de la península, llegando a la Isla de Cedros, Bahía de San Quintín, San Mateo (Ensenada) y San Miguel (San Diego, California). La expedición de Sebastián Vizcaíno, entre 1602 y 1603, logra la demarcación de bahías, puertos, islas y ensenadas, a fin de establecer lugares seguros para las embarcaciones españolas. Su viaje se extendió al norte hasta el cabo Mendocino y en el trayecto rebautizó lugares como San Mateo, al que nombró Ensenada de Todos Santos. 

Los misioneros Eusebio Kino y de forma contundente Fernando Consag, en 1746, ratificaron que esta tierra es una península, corrigiendo uno de los errores geográficos más notorio de la historia. 

California representó enorme reto para el gobierno español que aspiraba a establecer una colonización permanente, a fin de ampliar sus dominios territoriales y comerciales. 

Entre los siglos XVI y XIX, la corona hizo múltiples esfuerzos para lograr su cometido. Pero encontró que esta tierra no era una isla, sino una península; no estaba poblada únicamente por mujeres, sino por una diversidad de grupos indígenas repartidos a lo largo del territorio peninsular: al sur los pericúes y guaycuras; en la porción central los cochimíes y al norte los kiliwas, kumiais, paipais y cucapás, quienes tenían sus propios sistemas de vida en los ámbitos social, cultural y político, que les habían permitido adaptarse y sobrevivir con recursos que ofrecía la península. Sus modos de subsistencia fueron alterados radicalmente con la imposición del sistema misional, primero los jesuitas (1697-1768), luego los franciscanos (1768-1773), quienes vinieron a relevar a los jesuitas después de su expulsión de los dominios españoles, y finalmente los dominicos (1773-1849), que llegaron para continuar la evangelización y avanzada territorial.  

En los siglos XVIII y XIX se recrudecieron las ambiciones imperiales europeas entre rusos, ingleses, franceses y holandeses, a las que se suman las estadunidenses, después de su independencia en 1783. Esto impactó la conformación del norte de América, y en particular de California, pues ante la amenaza de expansión de sus enemigos, España priorizó el crecimiento misional hacia al norte, y el territorio peninsular pasó a segundo plano. 

El nombre de California ya no solo se aplicaba a la península, sino también a lo que hoy llamamos California (Estados Unidos). 

La Antigua California 

En 1777, la primera división política de las Californias afianzó los conceptos de Alta o Nueva Cali-fornia y, por otro lado, la Antigua o Baja California. Después, con la Independencia de México, en el siglo XIX las Californias experimentaron cambios en sus demarcaciones y estatus políticos; pero el suceso que marcó significativamente la frontera fue la guerra de invasión estadunidense sobre el suelo mexicano, conflicto que terminó con el Tratado Guadalupe-Hidalgo en 1848, cuando nuestro país perdió más de la mitad de su territorio, incluida la Alta California. 

Posteriormente, la Antigua o Baja California transitó por una serie de rangos políticos y administrativos. 

En 1850 la península fue dividida en Partido Norte y Partido Sur, cada uno gobernado por un jefe político nombrado en la capital del país. En 1888 ambos Partidos fueron referidos como Distritos y a principios de la década de 1930 ostentaron la categoría de Territorios Federales. 

El territorio norte de la Baja California alcanzó rango de estado el 16 de enero de 1952; en cambio, el territorio sur, logra esa categoría hasta el 8 de octubre de 1974.

Patrimonio e identidad

El nombre de California se aplicó originalmente a nuestra península, pero, en la actualidad, los estadunidenses se refieren a nuestro estado como Baja (además de apropiarse del nombre “América”). Incluso, las autoridades estatales fomentan de manera torpe esa pérdida de identidad, a través de programas institucionales donde figura el nombre mutilado de Baja, sobre todo en los ámbitos deportivo y turístico. Debemos recordarles que la Ley de Preservación del Patrimonio Cultural del Estado, en su artículo 40, establece que el nombre de Baja California es un patrimonio cultural de los bajacalifornianos. 

El nombre trae un cúmulo de raíces históricas, por lo tanto, una identidad. Dejar de usar el nombre de California es perder parte de nuestro patrimonio. Los bajacalifornianos debemos fomentar el uso de nuestro nombre histórico y el conocimiento de nuestra historia. 

Nuestra región fue imaginada como un lugar muy apegado al paraíso, repleto de oro, y si bien es cierto que no es el metal que más abunda, cuenta con recursos naturales preciosos para el pleno desarrollo de sus habitantes, tanto nativos como migrantes¸ recursos que debemos defender, ya que son saqueados por acaparadores extranjeros y nacionales que no tienen amor por México ni por Baja California, menos aún por el pueblo, al cual han excluido de tierras y derechos.

*Historiador, docente en Instituto Latinoamericano