cultura | 26 de Enero de 2019

Segmento azul, 1921 Foto Solomon R. Guggemheim Founding Collection

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Pablo Espinosa

Ciudad de México, 26 de enero.- Una experiencia individual entre el tumulto: la exposición Kandinsky: pequeños mundos, que este fin de semana culmina su exhibición en el Palacio de Bellas Artes, es un estallido de sonidos, una sinfonía de óleos, una sesión de escucha. Es música callada.

Entre los aciertos de esta muestra internacional figura la distinción de obras en devenir musical. Queda claro al espectador, cuando abandona el recinto, que presenció un concierto, palpó sonidos, recibió el mensaje que lanzó hace medio siglo este pintor ruso: la música interior ocurre en nosotros cuando nos desproveemos de distractores sensoriales, emotivos, anecdóticos, y nos dejamos conducir por la vibración de los colores, el ritmo de los espacios en el cuadro, la melodía infinita que habita en cada curva, cada diagonal, cada intersección.

Queda claro, también, que se trata de una interpretación individual, muy personal, pues Vasili Kandinsky siguió siempre la certeza de que así como todos escuchamos de manera muy diferente la misma obra musical, cada uno de nosotros recibimos impactos visuales muy distintos, de acuerdo con nuestro contexto, formación, deformación y sensibilidad. Cada cuadro de Kandinsky es cada espectador.

Dada la aglomeración en Bellas Artes y la intención creativa de Kandinsky, el impacto de los óleos del pintor ruso sobre el espectador resulta en una experiencia al mismo tiempo individual y tumultuosa.

Y como esta es una zona de recomendaciones discográficas, pongamos a sonar la música.

Enlistaré títulos y autores que vienen al caso, algunos de ellos, como Skriabin, influyeron en el trabajo de Kandinsky y todos ellos compositores que gozaron (antes decían: padecían, porque el temor al diferente hacía aparecer como enfermos a quienes en realidad son privilegiados) de sinestesia, esa capacidad de poner en actividad más de uno de nuestros cinco sentidos al mismo tiempo, para el caso el sentido de la vista y el del oído.

Ya sea que lo tenga usted, querida lectora, amable lector, en su discoteca personal en cidí, o que lo busque en cualquiera de las plataformas disponibles (Spotify, YouTube, Deezer, Apple Music, et. al), ponga a sonar Poema del éxtasis, del compositor ruso Aleksandr Skriabin, poderoso autor sinestésico. Tendrá usted una experiencia singular. Y sin tumultos.

Vasili Kandinsky no sólo gozaba de sinestesia, desarrolló su trabajo en función de los sonidos. Además de sus escritos y teorías, sus cuadros son obras musicales.

Para quien haya visitado la exposición en Bellas Artes puede resultar coherente todo esto que venimos diciendo en este Disquero. Pero habrá quienes no. Ya dijimos que todos escuchamos diferente. Y en consecuencia, vemos diferente.

Lo que para algunos pueda ser confluencia de colores en vectores, para otros puede resultar una sonata.

Kandinsky dirige la energía hacía lo físico, es decir el impacto a la vista y hacia la conmoción emocional, bajo esta convicción: El color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es el teclado. El alma es el piano con muchas cuerdas.

Antes de pintor, estudió violonchelo y piano. Sus conocimientos musicales lo condujeron en su senda desde lo figurativo hacia la fundación del arte abstracto, trazo museográfico que despliega la exposición en Bellas Artes.

Los violines, los profundos tonos de los contrabajos, y muy especialmente los instrumentos de viento personifican para mí toda la fuerza de las horas del crepúsculo. Vi todos los colores en mi mente, estaban ante mis ojos. Líneas salvajes, casi enloquecidas se dibujaron frente a mí: Kandinsky.

Entre tumultos, en Bellas Artes observamos, a través de las cinco secciones en que se divide la exposición, el trance de Kandinsky desde sus primeros óleos, verdaderas rarezas que para muchos resultaban desconocidas, hasta el franco estallido del sonido.

La zona más apasionante es el momento donde se asoma Kandinsky, es decir, el autor que todos conocemos: las obras donde comienzan los trazos abstractos y desaparecen, se desvanecen las figuras.

Pongamos a sonar ahora Cuadros de una exposición, de Mussorgsky, a placer: en la versión original, para piano solo (solito y su alma) o en la portentosa orquestación de Maurice Ravel.

Continuemos el recorrido por la exposición en Bellas Artes:

Cuando llegamos a las obras abstractas queda claro el procedimiento que siguió Kandinsky: al liberar el cuadro de la representación física de objetos, figuras, objetos, libera la mente del espectador de ideas concretas hacia ideas abstractas y al desaparecer todo tipo de relación conceptual, se genera energía a través de sensaciones.

Ese proceder implicó investigaciones acerca de la naturaleza del color, de cada color, y la manera como los colores, las líneas y los componentes de la imagen en su manera de incidir en la mente.

A eso denominó Kandinsky el sonido interior abstracto.

Bajo esta convicción: Todo objeto, sin excepción, ya sea creado por la naturaleza o por la mano del hombre, es un ente con vida propia que inevitablemente emite algún sonido.

Eso merece un brindis. Y también amerita poner otro disco: Stimmung, de Karlheinz Stockhausen. Habilita experiencias sinestésicas. El Disquero, por ejemplo, al escuchar esta obra ha visto colores lilas tenues, rojos suaves, naranja intenso, luego verde. Como una aurora boreal.

El propio Kandinsky estableció un código: el blanco equivale a una pausa, el rojo suena a trompetas, el naranja tintinea, el azul es una flauta, el violeta es el fagot.

Ponga ahora a sonar, querida lectora, amable lector, Lontano, de György Ligeti. Y dispóngase a escuchar colores y ver sonidos.

Así fue como el Disquero escuchó colores y vio sonidos en los óleos de Kandinsky, entre el tumulto y la algarabía que se vive en estos días en el Palacio de Bellas Artes, dentro de la exposición Kandinsky: pequeños mundos.

Sin olvidar que se trata de experiencias que pertenecen solamente a una persona: usted, querida lectora, usted, amable lector, si es que le fue dado escuchar sonar los óleos de Kandinsky, o bien enmudecieron frente a sus ojos.

Ya lo dijo el gran sinesteta William Shakespeare en su Soneto 59:

Si nada es nuevo y todo antes ha sido

es nuestro cerebro quien se encarga

de sostener invenciones vagas

Por cierto, tales invenciones vagan por la zona más arcaica de nuestro cerebro, la más primitiva, las regiones reptilianas del vermis, la más primitiva pero donde se realizan las operaciones cognitivas más sofisticadas: la membrana basilar de la cóclea, formada por fibras transversales más cortas en la base y varias veces más largas en la cúspide y ese conjunto de fibras asemeja un arpa.

Es por eso que cuando escuchamos música, o cuando vemos un óleo de Kandinsky, nuestro cuerpo se estremece como las cuerdas destensadas de un arpa.

Y esa sí que es una experiencia muy personal, que se vive hoy y mañana por últimos días en Bellas Artes, entre multitudes.

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