cultura | 25 de Junio de 2019

Quería ir a los barrios menos comunes, a los lugares donde la comida en la calle es una cosa común, escuchar a la gente y sus experiencias. Su vida estaba dirigida a aprender y amar, por ello la apreciaba tanto. Foto tomada de internet

Por

Por 

Juan Pablo Guerra Cuéllar

Uno esperaría que nuestros héroes nunca murieran. Comúnmente los vemos como seres aparte, fuera de lo ordinario, y no hay nada más difícil que aceptar que también son humanos.

Anthony Michael Bourdain era la persona menos ordinaria en el extenso mundo de los chefs de televisión. La comida parecía ser solo un pretexto para contar historias, dentro y fuera de la cocina. Al mismo tiempo que sus shows se volvían relevantes en la conversación “vox populi”, un boom cultural sobre la comida torno al chef en un nuevo héroe incansable. Desde Ramsey hasta Plasencia, la figura a la cabeza de una cocina también se volvió una figura de entretenimiento. Pixar ya había hecho lo suyo para hacer de la cocina algo llamativo para los más pequeños con Ratatouille.

Pero entre toda esta nueva percepción culinaria, Bourdain dio un paso mas allá. Lo “chic” parecía importarle poco, lo relevante en las tendencias culinarias le daba risa y su situación monetaria no parecía serle importante. Él quería cocinar, para sus amigos, su familia, e incluso para desconocidos. A él le interesaba aprender, no para recrear los platillos y venderlos en la gran manzana, sino por la simple curiosidad de saber cómo se producía algo que le causaba placer. De alguna manera era como un niño, queriendo probarlo todo, preguntando, riendo disfrutando de la vida.

Para Bourdain la vida era profundamente importante. Las vidas de otros y sus anécdotas le permitían entender las raíces, usos y costumbres que él nunca se habría imaginado. Sus viajes no eran para observar monumentos, tomarse fotos y comprar souvenires. Quería ir a los barrios menos comunes, a los lugares donde la comida en la calle es una cosa común, escuchar a la gente y sus experiencias. Su vida estaba dirigida a aprender y amar, por ello la apreciaba tanto.

Esta semana habría sido su cumpleaños, y hace dos fue el primer aniversario de su muerte. Para aquellos que lo seguíamos, que esperábamos su regreso de algún país lejano para agasajarnos con historias o simplemente verlo en la televisión, disfrutando de manjares que a muchos nos gustaría probar algún día, aún nos es difícil entender un mundo sin él.

Aún hoy, cuando estoy en los tacos que Anthony visitaba en sus viajes a Tijuana, no puedo hacer más que reflexionar sobre su vida y obra. Siempre preocupado por causas sociales. Literato, melómano y cinéfilo de paladar salvaje, siempre llamando a la acción, al movimiento.

Revisar las redes por historias sobre Bourdain hoy es más fácil que hace un año. Hoy no es su muerte lo que se conmemora, es su vida. Sus amigos y colegas organizan reuniones altruistas para recordarlo, aquellos que lo conocieron en vida se dan una oportunidad para recordar sus ideas e intenciones. Aquellos que jamás han escuchado de él tienen nuevamente la oportunidad de aprender, no solo sobre cultura, cocina y el mundo, sino también de cómo ser un ser humano decente, agradecido por estar vivo.

Clasificar a Anthony Bourdain solo como un chef sería no hacerle honor suficiente. Creador de historias y sentimientos, periodista de lo inusual, seguidor del camino más complicado.  No hay título que pudiera describir a alguien tan diverso como Anthony.

Se le extraña profundamente, chef...