cultura | 24 de Mayo de 2019

Amerindia se concibió como un grito. El joven poeta Raúl Rincón Meza lo expresaba así: “Hay quien cree que la poesía, sólo fue inventada para hablar de la inmortalidad y el alma y a los clásicos que los institucionalizan, de ellos venimos y tenemos una gran deuda, pero si queremos ser congruentes con nuestro tiempo histórico, tenemos que rechazar lo caduco, desenmascarar a los que se escudan en el bronce de las estatuas”; en la imagen, Ruth Vargas, Raúl Rincón Meza, Octavio Paz (con un ejemplar de Amerindia) y Rubén Vizcaíno. Foto tomada de http://cecutmx.blogspot.com  

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Elizabeth Villa

El acontecimiento literario más relevante del año 1973 en Tijuana fue la aparición de la revista Amerindia. Nacida bajo el patrocinio de la entonces incipiente Universidad Autónoma de Baja California, el primer número de la revista se presentó como el lanzamiento de una nueva postura y actitud plenamente consciente del cambio en las formas de la escritura.

Antes de su existencia, la única publicación periódica de contenido literario que se producía y circulaba en la localidad desde 1967 era la revista Letras de Baja California. Se caracterizaba ésta por un contenido que se había mantenido más o menos uniforme durante siete años (hasta entonces) y en la que abundaban los temas patrióticos, las alabanzas políticas y la denuncia social. Los formatos utilizados por sus colaboradores seguían los patrones heredados de la estética modernista, estilo que para la década de los setentas en México ya había sido superado. Aunque el lenguaje preciosista ya no era norma común en la poesía, la mayoría de los autores de Letras de Baja California no manifestaron nunca intenciones de experimentar con formas nuevas o apertura a los nuevos cambios sociales.

Amerindia, a diferencia de publicaciones anteriores a ella que surgieron como mecanismos legitimadores de la personalidad del “escritor”, nació como producto de un taller literario. Esa cualidad le hizo presentarse a sí misma como un espacio de intercambio y aprendizaje continuo. Tal actitud puede constatarse en las secciones que conforman cada uno de sus números. Si damos fe a lo que los títulos anuncian, los poemas que habían pasado por la revisión eran publicados en la sección llamada “Poemas del taller”. Si bien los productos trabajados son pocos, en ellos se deja ver una labor de corrección que los alejaba de las convenciones modernistas para encaminarlos hacia la estética de vanguardia.

Por supuesto, los afanes de rompimiento proclamados por Amerindia casaron mejor con los tiempos de rebeldía que la perpetuación del estilo que siguió Letras de Baja California. El énfasis con que la nueva revista estableció su distinción respecto a la generación anterior estuvo marcado discursivamente por la selección de un léxico específico. Una de las palabras recurrentes en los textos editoriales de la revista fue “grito”. Si efectivamente la revista había surgido del taller llamado Voz de Amerindia, la revista se concibió como una elevación resonante de esa voz; Amerindia se concibió como un grito. Un grito de insurrección que quiso ser contemporáneo a los procesos sociales que singularizaron a su momento histórico. El joven poeta Raúl Rincón Meza lo expresaba así: “Hay quien cree que la poesía, sólo fue inventada para hablar de la inmortalidad y el alma y a los clásicos que los institucionalizan, de ellos venimos y tenemos una gran deuda, pero si queremos ser congruentes con nuestro tiempo histórico, tenemos que rechazar lo caduco, desenmascarar a los que se escudan en el bronce de las estatuas”.

No me atrevo a asegurar que Amerindia haya surgido efectivamente de un contexto universitario, pues los espacios propios de la sociabilidad juvenil en Tijuana se encontraban más bien en las preparatorias. Para la mayoría de los miembros del taller Voz de Amerindia los encuentros e identificación como alumnos de la educación superior se dieron en años posteriores (entre 1974-1978) en sus respectivas estancias en universidades foráneas como la UNAM.

Pero en 1973, cuando los movimientos estudiantiles se habían convertido en un estado propio de las comunidades universitarias en México, la protesta estudiantil en Tijuana estaba conformada por alumnos preparatorianos, quienes dirigían sus energías al apoyo de los obreros del sector maquilador.

Esta presencia de los estudiantes como potenciales actores políticos de cambio social fue muy notable en la percepción que de ellos construyó la prensa en Tijuana. No obstante, en las notas publicadas por El Heraldo Baja California, los movimientos estudiantiles en general tendieron a ser descalificados, atribuyendo su rebeldía al consumo de drogas y a la disfunción familiar. También de manera pertinente, y precisamente en los momentos más álgidos de la presencia juvenil en eventos políticos, aparecieron notas que relacionaron el comportamiento de los jóvenes con enfermedades psiquiátricas.

La discursividad sobre la juventud que se construyó en la prensa enfatizó como algunos de sus rasgos predominantes la desorientación, la irresponsabilidad y la enfermedad. Las soluciones para curar el malestar juvenil, que se ensayaron en muchos artículos de opinión de circulación en medios públicos, fueron dos: la inversión en educación superior y la apertura de oportunidades laborales para los jóvenes de la clase trabajadora. En ese contexto de urgencia nació la revista Amerindia, una publicación que se presentó como juvenil, rebelde y universitaria.

Si ahora podemos señalar a la década de los setentas como parricida generacionalmente, los poetas de Amerindia también realizaron sus propios ejercicios de lapidación poética. La joven Ruth Vargas describía la manera en que acabarían metafóricamente con “los grandes hombres de la ciudad”: “Estaban todos, bajo el sol, una mañana escribiendo, pensando, profetizando, viendo pasar las nubes. Los condenamos a muerte por ociosos (…) Ahora no hay nadie que haga sentirnos pequeños.”

Otras de las aperturas artísticas de Amerindia fue dar cabida a la también joven poesía chicana. En un acto de hospitalidad, libre de los prejuicios de las generaciones de antaño, los versos de poetas como Sergio Alurista empezaron a normalizar el cambio de código entre inglés y español en la escritura literaria: “Fíjate que el mundo no es empanada/ capirotada/ pinnappled torta y buñuelo/ con miel camote con leche azul/ de la burra almendra/ mazapán/ with raisins yellow/ plátano/ frito/ pero/ muy sencillo/ vive/ en tus entrañas/ y respira en tus labios/ y nace en nuestros abrazos”.

La recepción a este tipo de escritura también fue una respuesta al compromiso de congruencia con su temporalidad histórica asumido por este grupo de poetas. Cuando en abril de 1973 la policía tijuanense disolvió de manera violenta una manifestación pública convocada por la Alianza Obrero Estudiantil, 400 miembros de varias organizaciones mexicoamericanas respondieron replicando la manifestación en el poblado fronterizo de San Ysidro. Entre estas organizaciones se encontraban: Estudiantes Demócratas, Aztlán, MAPA, MECHA, CASA, Centro Cultural La Raza y Chicano Power.

A partir de este viernes, una vez al mes, Elizabeth Villa (Tijuana, 1974) inicia una colaboración con La Jornada Baja California, en la que abordará los temas de su especialidad. Escritora, historiadora, ha publicado textos como Memorias de una molécula (poesía) o Entre el vacío y la orfandad, un acercamiento a las prácticas culturales de Tijuana entre los años 1942-1968,  fundamentales en la construcción del discurso público de la ciudad. Doctora en historia por la Universidad Autónoma de Baja California y licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la misma institución, se ha dedicado a la enseñanza de la literatura y al mismo tiempo a la investigación y estudio de los productos culturales que han ido moldeando la forma como los tijuanenses se ven a sí mismos

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