cultura | 23 de Enero de 2018

Carlos Montemayor Foto catedracarlosmontemayor.org

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Marco Antonio Campos, La Jornada Semanal

1. Los poemas de Tsin Pau. Este libro, de nuestro extrañado amigo Carlos Montemayor (1947-2010), salió en una primera edición en las ediciones de La Cabra en 2007 y acaba de ser reeditado en diciembre de 2017 por el Instituto de Filológicas de la unam con un prólogo y una selección hecha por su hermana Martha Montemayor Aceves.

Los poemas de Tsin Pau es un libro en el que el autor, a la manera de Ezra Pound, uno de sus poetas favoritos desde su juventud, se convierte en un poeta chino, y crea poemas de belleza honda que a menudo llevan implícita una moralidad. A la manera de la tradición china, con delicadeza y hondura traza imágenes como si realmente estuviera en el Lejano Oriente y fuera realmente Tsin Pau. Se está en China, pero al lector que conoce la obra de Montemayor le parece que en buen número de momentos habla de México y más concretamente de Parral, Chihuahua, el pueblo en el que nació y creció. Incluso varios poemas tienen un vivo parentesco con algunos de su bello libro Finisterra (1982), en especial del capítulo “Memoria”, donde se recuerdan imágenes de infancia y adolescencia de paisajes o de situaciones cotidianas donde aparecen el padre y las hermanas. En los poemas, Montemayor parece hablar al lector en voz baja, pero en eso o detrás de eso se oyen también silencios, murmullos, bisbiseos, rumores, ligeros pasos, ecos…

En los poemas asimismo suelen hallarse dos lecturas donde se unen la descripción de la naturaleza y los hechos que le suceden a Tsin Pau o a otros hombres y mujeres. Por ejemplo, las tristezas por la llegada del invierno coinciden con la llegada de la muerte (“La espera”); o una doncella es tan hermosa que se iguala con los elementos de la naturaleza y “embellece a todo aquel que la toca y la ama” (“Lin Tao”); o la crueldad de la guerra puede dibujarse atrozmente en el recuerdo con un detalle final anticlimático (“Hung Huan, el victorioso”); o la escritura de signos que dibuja el autor –como en algunos textos de Borges– se vuelve el jardín que se describe (“Caligrafía”).

Menos que una traducción o versión, Los poemas de Tsin Pau son a la vez adaptación y creación. Tsin Pau es un heterónimo de Montemayor, como lo fueron, por ejemplo, los heterónimos creados por Fernando Pessoa (Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro) o el Sidney West que (se) inventó Juan Gelman o el Mardonio Sinta de Francisco Hernández. De esa manera, Montemayor se inserta en la historia de la poesía china y es también un poeta de la dinastía Tang, es decir, del siglo viii dc.

Lo hemos dicho otras veces: Montemayor no fue sólo un notable narrador, sino asimismo un poeta de valía. De sus libros de poesía, Finisterra y Los poemas de Tsin Pau son la mejor muestra.

 

2. A puerta cerrada. La editorial Visor publicó hace unas semanas, en noviembre pasado, A puerta cerrada, el último libro de poemas de Luis García Montero.

García Montero parece tener los ojos completamente abiertos para seguir las vicisitudes de su alma. A puerta cerrada, como casi todos sus libros, es una larga confesión melancólica en la cual cuenta su andar por este mundo que es a menudo un camino de sombras. En el libro aparece de continuo una figura peligrosa, el lobo, que proteicamente sale de los versos y pasea, haciendo el mal, en los lugares que frecuenta el poeta.

García Montero ha viajado incesantemente por Europa y América Latina. Sin embargo, detrás de todas las ciudades visitadas, están Granada y Madrid. Granada es el país de la infancia, el pájaro que lleva en el vuelo el aire andaluz, las hojas de los árboles que caen desde siempre de las laderas de la Sierra Nevada. Madrid es el ayer reciente y el hoy que se mira en el mañana, y donde el poeta ha conocido “los pasos de la ambición, el éxito, la angustia, la lealtad, las traiciones”. Después de todo, diría, se “aprende a vivir en dos ciudades”.

Si bien, entre otros, García Montero tiene en su ascendencia lírica a los clásicos españoles, a Bécquer y a Antonio Machado, a Lorca y a Alberti, a Gil de Biedma y a Joan Margarit, a César Vallejo y a Bonifaz Nuño, a Jaime Sabines y a José Emilio Pacheco, hay algo en su poesía que me recuerda, en una orilla devastada del bosque, la lírica de Georg Trakl: el cuerpo se pudre, el hombre se descarna, el ocaso ya entra en la noche, un mundo está a punto de derrumbarse. Las imágenes de destrucción, como las del poeta austríaco, parecen augurar un fin de época. Oscuridad, vacío, “los malos años”, las desgracias repartidas, los amores como “árboles caídos”.

Como en Memorial de Isla Negra, de Neruda, o en Pasado en claro de Paz, A puerta cerrada es un libro de quien se acerca a los sesenta años, el libro de alguien que en las “horas tardías” busca saber quién fue y en qué se ha convertido ese “joven español que se hace viejo”. Dónde –parece preguntarse– están las imágenes y las sombras del niño, del adolescente y del hombre maduro, esas imágenes y sombras que él mismo vio pasar, y que se repiten, modificadas una y otra vez en la pantalla de la memoria. Quiere saber en qué se ha convertido ese pasado y hasta dónde es posible saberlo en un tiempo que es una llama fugaz.

Del lenguaje de García Montero, hecho de las palabras y frases de todos los días, surgen de prontollamaradas de imágenes y metáforas que no se parecen a nada y sólo pudieron haber sido escritas por él: “Todavía camino por aquella ciudad/ y soy el habitante de lo que sucedió/ la semana que viene.”

Poesía de solitario, sus poemas parecen haber sido escritos en hoteles, en habitaciones sin domicilio, en salas de esperas de estaciones de autobuses y de aeropuertos, en compartimientos de trenes tediosos y monótonos, en bancas de parques abandonados, en cafés con luz ya casi ciega.

O para decirlo mejor: García Montero es un solitario solidario. Si mal no recuerdo, García Lorca, en un poema de Poeta en Nueva York, escribió: “Yo, poeta sin brazos, perdido entre la multitud que vomita.” Lorca, claro, decía esto porque en 1929 y 1930 los pasó en el dédalo neoyorquino, y podía sentirse solo, o más, perdido en la multitud de la gran ciudad que sentía tan adversa que a él le parecía simbólicamente que vomitaba, pero todos quienes lo conocieron, sabían que Lorca era también muy alegre y sociable. En los poemas de García Montero hallamos con alguna frecuencia la mención a su condición de solitario, pero todos quienes lo conocemos sabemos asimismo que es muy sociable y comprometido políticamente con la izquierda desde hace décadas, que es también, en fin, un solitario solidario. Quizá, si hubiera vivido entre los años treinta y sesenta, las izquierdas lo hubieran juzgado por su poesía como un desviacionista o un pesimista oscuro que descreía de la llegada inminente y radiosa del alba del socialismo. La soledad y la sociabilidad es uno de los contrastes en su poesía, pero también hay otros juegos de contrarios: el melancólico que tiene sentido del humor, el cobarde que puede ser valiente y viceversa, la libertad que nos pone grilletes, el otro o los otros que habitaron en él, ese “demasiado amor en tanto odio”, amoríos que, aunque se alejan con los años, vuelven a la memoria del corazón descorazonadamente… Su poema “Final de año” puede ser la síntesis, no sólo del año que pasó, sino de aquellos ayeres que no volverán: “Ya ha cerrado la puerta./ Da igual./ Si vivo en el presente de mis ojos/ es porque estoy ayer toda la noche/ y me pesa la historia.” “Estoy ayer toda la noche” es un verso bello, irrepetible. Igualmente hay un verso suyo, angustioso y terrible, un verso absoluto que deja al lector con el alma a la deriva: “vista cansada de vivir a ciegas”.

Quizá por eso, me digo, la palabra invierno sea una de las más familiares en su obra como lo son tristeza, lejanía, despedida, oscuridad, noche, soledad, otoño, pérdida… Unas palabras repetidas suelen definir un estilo, y estas son algunas de García Montero.

No faltan asimismo en las páginas de A puerta cerrada asuntos muy próximos al poeta granadino: la familia entrañable, el fervor y la rabia por España, la crítica política y social, los amigos que se fueron y los que aún lo acompañan.

En el libro hay brevedades magistrales como “Veneno”, “Crédito ilimitado” y “Epitafio”, el cual cierra el volumen y resume muy bien al hombre y al poeta: “Le han perdonado mucho/ sus libros muchas veces./ Quizá también lo hagan/ sus hijos, sus amores./ Y aquí sigue sin prisa,/ ante ningún altar,/ padre de mundos libres,/ poeta y perdonado.” El giro último, “poeta y perdonado”, causa en el lector una ternura tristemente piadosa.

En la poesía del comunista crítico Luis García Montero enraízan también hondamente los principios cristianos 

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