espectáculos | 22 de Febrero de 2019

Desgraciadamente en la industria del entretenimiento de nuestro país es una excepción: el que un indígena represente el papel de un personaje indígena, tal como lo hace Yalitza Aparicio con la trabajadora del hogar “Cleo”. Foto Rocha

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Gonzalo Rocha / La Jornada

Ciudad de México, 22 de febrero.- De entrada creo que hay que congratularse de que Cuarón haya hecho en Roma algo que debiera ser una norma, tan simple, pero que desgraciadamente en la industria del entretenimiento de nuestro país es una excepción: el que un indígena represente el papel de un personaje indígena, tal como lo hace Yalitza Aparicio con la trabajadora del hogar “Cleo”.

De hecho, por tratarse del film de un director previamente reconocido y mutipremiado por Hollywood con todo lo que esto implica, el mérito de Roma en esa, llamémosle “reivindicación” cinematográfica, pareciera no tener precedente.

La historia del cine mexicano (y ni se diga la televisión) están plagadas de ejemplos donde los indígenas quedan proscritos de representar los papeles principales aunque les sean naturales, ahí tenemos a Dolores del Río como María Candelaria (Emilio Fernández 1943) junto a Pedro Armendáriz como “Lorenzo Rafail”, o a María Félix en el papel de Maclovia (Emilio Fernández 1948), o un mestizo Pedro Infante actuando en el papel de Tizoc (Ismael Rodríguez 1957) , y hasta el japonés Toshiro Mifune en su excelente actuación del picaresco indígena Ánimas Trujano (Ismael Rodríguez 1962).

Estas películas de la Época de Oro tenían como sello general la sobreactuación, por lo que los estigmatizados y estereotipados indígenas quedaban convertidos en sus formas de caminar y hablar en “inditos”. En los límites de la susodicha época apareció Raíces (Benito Alazraki 1955), una película excepcional con gran influencia del soviético Eisenstein y el neorrealismo italiano, dividida en cuatro cuentos en donde participaron indígenas que no eran actores profesionales actuando sus propios dramas.

Para los años sesenta y setenta hubo películas con un trato digno a la hora de proyectar al indígena, como en Tarahumara de Luis Alcoriza, interpretados por Jaime Fernández (medio hermano de “El Indio”) y Aurora Clavel, (actriz nacida en Pinotepa Nacional, Oaxaca, de fuerte raigambre indígena, quien hizo carrera interpretando papeles de mujer india del norte en películas mexicanas y hollywoodenses).

Otra película excepcional donde un indígena representa su propia problemática, es Juan Pérez Jolote, (Archibaldo Burns 1973) nuevamente con la fórmula de no-actores y ¿cómo ubicar las películas de “La India María”? cómicas, desgraciadamente basadas en buena medida en un humor denigrante y estereotipado hacia la propia mujer indígena no dejan de tener al final el mérito de haber sido populares por muchos años y de que en un mundo e industria poblada de hombres, una actriz como María Elena Velasco, indígena mestiza urbana de la Ciudad de Puebla, escribiera, produjera y actuara sus propias películas.

En los años, correspondientes al siglo XXI siguen existiendo por supuesto películas en donde los indígenas son parte del reparto actoral de sus historias, como la excelente Cochochi (Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas 2007) pero se trata de un tipo de producciones cinematográficas independientes, con menor proyección y mucho menos publicidad.

Creo sin lugar a dudas que el gran mérito de Roma, y en esto sí, no hay precedentes en México, es que se retrate al personaje indígena en un espacio urbano, sin exotismos ni más aislamiento que aquel que provoca la segmentación de la clase social.

Esta cinta no trata de indios legendarios trágicos o cómicos ataviados en sus ropajes étnicos, que usan hondas o flechas y viven en mundos aislados, como la isla de Janitzio, un mítico Xochimilco, una cueva o alguna cima apartada de la sierra, donde se rigen por rústicos usos y costumbres, burbujas de las que salen para visitar tangencialmente el mundo “civilizado” donde habitan también los mestizos y blancos.

En Roma, “Cleo” es una mujer migrante que vive en un cuarto de azotea y sube y baja escaleras aseando una casa enclavada dentro del perímetro céntrico del entonces D.F. (la colonia Roma que da nombre a la película) está rodeada de otros habitantes, asimilados urbanitas de los años setenta que viven bajo un cielo donde pasan aviones, caminan sobre banquetas y calles pavimentadas que son transitadas por automóviles, camiones sucios y tranvías, las casas tienen garaje, se escucha la radio, se ve la tv de noche, hay teléfonos. En los días libres “Cleo” se entretiene yendo al cine, en suma, se deja atrás el mundo legendario y rural que la industria cinematográfica se había encargado de asignar como único lugar posible para los indígenas.

“Cleo” deambula en ese mundo vestida y calzada de manera sencilla, sin ropa autóctona aunque conserve palabras del vocabulario mixteco para comunicarse con su compañera “Adela” interpretada por la otra actriz indígena Nancy García.

Para el caso particular del cine mexicano lo anterior es histórico. De Roma podemos vaticinar con seguridad, será por ello y muchas otras razones un referente, aunque no está de más recordar que el tratamiento de un personaje de esas características a nivel latinoamericano (mujer indígena que migra a la ciudad para trabajar en un hogar donde protagoniza una relación compleja con su patrona) lo realizó hace diez años la directora Claudia Llosa con la película La teta asustada (2009) interpretada por la actriz andina Magaly Solier (realización que por cierto también recibió premios internacionales y alcanzó nominación al Oscar como mejor película de habla no inglesa, primera nominación hollywoodense para una película peruana).

Aunado a estos méritos, Roma cuenta con una excelente fotografía y más aún con una muy trabajada estética. Da la impresión que Cuarón en su vertiente de fotógrafo ha estudiado a consciencia a pintores figurativos contemporáneos como el neoyorkino Eric Fischl (escena del mar) y el alemán Neo Rauch (incendio en la casa de campo) , tal como Gabriel Figueroa estudiaba a los muralistas mexicanos para la fotografía en blanco y negrode las películas del “Indio Fernández”.

Ni qué decir del trabajo producción y arte que recrea cada detalle de la ciudad de México de los años setenta, que va desde una reconstrucción digital perfecta de la avenida Insurgentes a la altura del Cine Las Américas, a el detalle del juguete Scalectrix con el que juegan en casa los chavos, hasta las rúbricas sonoras de la radio de 590 AM “la pantera” o la XEQK Haste, Haste la hora de México…

Una vez dicho lo anterior me viene la pregunta ¿todo ello convierte a Roma en la obra de Arte maestra como un mayoritario coro de opinadores la califican? Sin que desmerezca en absoluto, no recuerdo que Y tu mamá también (Alfonso Cuarón 2001) del mismo director hubiera despertado siquiera un cuarto de estas expectativas.

Me atrevo a conjeturar que mucho del recibimiento de la multinominada película tanto en México como en el extranjero tiene que ver con la corrección política que implica su tema; el servicio doméstico, la crítica a el machismo, la solidaridad entre mujeres a pesar de clases y colores de piel distintas y, por supuesto, el protagonismo indígena con el que la sociedad y la industria cinematográfica mexicana y hollywoodense tienen tan enorme deuda, (a los actores y realizadores afroamericanos ya se les ha premiado antes).

Por supuesto todo lo anterior abona más en premios que una crisis de dos chavos calenturientos y una mujer madura que se despiden de su edad adolescente como en Y tu mamá también. No se puede obviar tampoco que esta es la primera vez que el nuevo monstruo de la industria del entretenimiento Netflix, productora de Roma, esté apostando (y muy fuerte) a ser una empresa merecedora del reconocimiento de la Academia.

Sin duda Roma es una película hecha con mucho arte, si bien sería muy pretencioso dictaminar aquí si es o no es una obra maestra de arte, diré que si esta actividad tiene como requisito y atributo el problematizar y romper con el discurso establecido, Roma trató su tema con una cierta autocomplacencia; la escena insigne del póster, en donde toda la familia de blancos abraza a “Cleo” de alguna manera le da a la cinta el happy end, (te queremos mujer indígena porque salvas a los güeritos).

Heroísmo no legendario como las películas de antaño, pero necesariamente melodramático, para no agitar demasiado la conciencia ni estremecer excesivamente con tragedias, (no obstante el blanco y negro me recordó a esa campaña publicitaria conciliatoria de “United Colors of Benetton) queda bien con los parámetros artísticos de la Academia de Hollywood, a la que Cuarón conoce a profundidad y a la cual, como director de esa industria a la que pertenece, no deja de tener en mente aunque filme una película mexicana.

No me queda más que decir que Roma, más allá de si es o no es esa gran obra de arte maestra en sí misma, ha demostrado serlo en todo lo que rodea a la película, y eso es mérito del propio Cuarón: la convocatoria para realizar esa película de ficción basada en sus memorias infantiles, el casting de una maestra de Tlaxiaco que no es actriz, la producción detrás de cámaras, las polémicas suscitada sobre clasismo y racismo provocadas por la película y sus nominaciones, el reconocimiento a la nana “Libo” de la vida real y la promoción de Yalitza Aparicio hasta convertirla en toda una celebridad y quizá en la primera mujer indígena aspiracional del cine mexicano.

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