cultura | 21 de Abril de 2016

Antes de ser fotoperiodista, el zacatecano fue pastor, vendedor de periódicos y bolero. Foto La Jornada Semanal

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Ana Luisa Anza, La Jornada Semanal

Así como el viejo que guía sus pasos por el sendero trazado por las vías del tren –en una imagen tomada en algún lugar de Zacatecas hace casi treinta años–, Pedro Valtierra camina por la vida con un destino preciso, marcado por él mismo, creado por la vocación del fotoperiodista pero también por esa necesidad tan suya de mirarlo todo.

Antes que nada, Pedro es un caminante perpetuo y un observador en alerta permanente. No hay otra manera de explicarse la búsqueda constante del detalle oculto en una calle oscura; el instante justo en que una figura traspasa un umbral; las figuras y formas que caracolean a través de una escena o la traspasan en extrañas formaciones; o el cuadro construido por los personajes en un entorno que da sentido a la ironía.

Para abrirnos la vista el mundo, tuvo que caminar mucho. Y, sobre todo, observar. Quizá todo esto es un remanente de sus largas jornadas de pastoreo en su infancia campesina en los cerros zacatecanos de Ábrego, allá a principios de la década de 1960, cuando se detenía sólo para mirar hacia el cielo e imaginar mundos desconocidos. Veía las nubes y la naturaleza porque no había nada más que ver. Pero supo desde entonces que había mucho más que sus ojos atraparían. Era el fermento de una especie de hambre en la mirada.

Los pasos constantes se remontan también a su ir y venir por las calles de Fresnillo cuando –en un primer y lejano acercamiento al periodismo–, vendía los diarios locales y los que llegaban de la entonces sólo imaginada capital.

Ese caminar incansable seguro que también es un pedacito de aquellos días en que recorría avenidas, mercados y parques con su cajón de bolear, ya expulsado del terruño y adoptado por Ciudad de México. Pasos y pasos que lo llevaron a convertirse, primero, en bolero oficial de Los Pinos –su rumbo siempre fue Tacubaya–, y luego auxiliar en el laboratorio de fotografía de quienes cubrían las actividades del entonces presidente Luis Echeverría Álvarez.

Envuelto en la oscuridad y acompañado por el olor de los químicos, vio aparecer una imagen en la charola del revelador y la vida cobró sentido ante la magia testimoniada. Desde entonces supo hacia dónde quería dirigirse.

Vinieron luego sus primeros pasos en El Sol de Mé-xico, donde comprendió que la vida cotidiana merece retratos lo mismo que los “hechos” periodísticos; el Unomásuno, de un Manuel Becerra Acosta, que creyó tanto en la trascendencia de la imagen como en Valtierra, a quien convirtió en reportero de guerra mediante la cobertura de los conflictos en Centroamérica a finales de la década de 1970 y principios de la de 1980; y luego la fundación de La Jornada, proyecto que ayudó a crear y en el que la fotografía tenía un papel protagónico.

De ese largo período son quizá sus fotografías más conocidas y emblemáticas. Seguramente habrá muchos que desconozcan el nombre de quien captó la famosa imagen de una aparentemente frágil mujer indígena empujando a un soldado en X’oyep, luego de la terrible masacre de Acteal de 1997, o la mirada serena de la joven guerrillera que lo deja todo por luchar contra los somocistas en la convulsa Nicaragua de finales de los años 1970, pero son fotos que trascendieron a su autor y se convirtieron en símbolos que otros frentes han seguido utilizando.

Las guerras intestinas de El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Haití; la lucha suigéneris que se sigue librando en la República Árabe Saharaui, y los movimientos magisteriales, estudiantiles y sociales son sólo una ínfima parte del archivo que Pedro Valtierra ha ido reuniendo a lo largo de más de cuarenta años de labor periodística, continuada desde hace treinta años en su propia agencia de fotografía de prensa, Cuartoscuro.

Es por ello que para esta exposición de la sexta edición del Festival Internacional de la Imagen se decidió a hablar –a través de la obra– de una faceta menos conocida y revelar algunas imágenes inéditas que han permanecido guardadas durante años en hojas de contacto, en sobres membretados y con datos precisos, en cajones y archiveros.

Diez ejes representan en gran medida su pasión por lo cotidiano. ¿Arbitrarios? Sin duda alguna. Extender negativos, tiras, impresiones vintage y una que otra imagen digitalizada, permiten saber aproximadamente la dimensión y características básicas del universo en cuestión y, a partir de éste, agrupar con base en los temas que parecen ser una constante en el trabajo de este fotógrafo.

Ahí está, sin duda, la mirada. Quien mira busca otras miradas. Son ojos que miran a otros plasmados en una imagen, como aquella donde un fragmento de multitud mira al papa Juan Pablo ii. Y no es el pontífice el foco: son los otros, los que lo miran.

Están los niños y las mujeres que han sido siempre un blanco de su quehacer, las escenas urbanas que dejan transparentar algo de su niño rural todavía asombrado por la ciudad, y su clarísima preocupación por la importancia de la educación, justo el tema del festival de este año.

Más en el ámbito de lo estético, hay una serie que incita a seguir el movimiento de los elementos que componen la imagen; otra en la que es casi inevitable dejar de contar pues los números llegan a la mente, y una más que permite ver al ser humano, en solitario, en diversos ambientes.

Ese otro carácter más lúdico permite hablar a los muros en una serie en la que la foto no puede prescindir de ellos, y la última en mencionar, la de los caminantes, nos concede la oportunidad de ir junto a él, siempre mirando la oportunidad de retratar el movimiento, para que los retratados sigan su sendero, como él, fotógrafo andariego que no puede dejar de mirar •

*Sobre la autora: México, 1957. Periodista y narradora, estudió Ciencias de la Comunicación en el ITESM. Realizó cursos de historia del arte y humanidades en Florencia, Italia, y una maestría en Periodismo Internacional en California y el Colmex. Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1999 por El vestido de animalitos.

 

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