cultura | 21 de Febrero de 2019

Gonzalo Celorio fue elegido como nuevo director de la Academia Mexicana de la Lengua para el periodo 2019-2023 Foto tomada de @AMLengua

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Gaceta UNAM

Ciudad de México, 21 de febrero.- El 14 de febrero, el pleno de la Academia Mexicana de la Lengua me eligió por mayoría de votos director de la institución para el cuatrienio 2019-2023.

Mucho me honra que cinco ilustres universitarios, Miguel León-Portilla, Margit Frenk, Margo Glantz, Diego Valadés y Javier Garciadiego hayan postulado mi candidatura a dirigir tan ilustre institución, que ha sido encabezada por eminentísimos académicos y que ha acogido en su seno a los más destacados exponentes mexicanos de la lengua española.

Instaurada en 1875 como una de las primeras corporaciones correspondientes de la Real Academia Española en Hispanoamérica, sólo después de las de Colombia y Ecuador, la Academia Mexicana es una de las instituciones culturales de mayor raigambre y antigüedad en nuestro país.

A partir de 1951, cuando se celebró en México el Primer Congreso de las Academias de la Lengua Española, la Academia Mexicana adquirió una identidad propia. Dejó de ser filial de la de Madrid para establecer con ella una relación fraternal, si bien la consideró -prima inter pares- su hermana mayor. Se incorporó como miembro de la Asociación de Academias de la Lengua Española, cuya creación, por iniciativa suya, se impulsó en aquel congreso, al cual la Real Academia Española, por cierto, no pudo enviar ningún representante a causa de la censura franquista.

Desde entonces, y de manera más sistemática en las dos últimas décadas, la Academia Mexicana de la Lengua ha participado en la elaboración de las grandes obras producidas por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, como el Diccionario -la obra académica de mayor antigüedad y sin duda la más consultada-, la Nueva gramática, la Ortografía, el Diccionario de americanismos, el Diccionario panhispánico de dudas, etc.

“Limpia, fija y da esplendor” reza el lema de la Real Academia Española. Así lo heredó, en su primigenio estado de institución correspondiente de aquella, la Academia Mexicana. El lema obedece puntualmente al espíritu canónico, prescriptivo e ilustrado propio del siglo XVIII, cuando se fundó la institución española.

Hay quien dice de él, en son de broma, que más se antoja hoy día anuncio de algún detergente que lema de una corporación solemne, grave y sentenciosa, según suelen ser calificadas tanto la Real Academia Española como las demás academias hermanas.

Creo, por mi parte, que la labor actual de las 23 academias de la lengua española no es tanto la de limpiar y fijar la lengua, sino la de registrar las diferentes maneras en que la usan normalmente sus únicos y verdaderos dueños -los hablantes- y consignarlas, de acuerdo con ciertos criterios de ejemplaridad, en sus obras fundamentales -la gramática, el diccionario, la ortografía-, donde adquieren el carácter normativo que los propios hablantes les reconocen e incluso les solicitan. Pero el esplendor -el lustre, la nobleza, el auge, el apogeo, según define esa palabra el Diccionario de la lengua española- lo dan, con sus obras y con su amor a la palabra, quienes forman parte de esas corporaciones.

La Academia Mexicana está integrada por 36 académicos numerarios, que son elegidos por el pleno y tienen condición vitalicia. Si bien la mayoría de ellos son escritores, filólogos o lingüistas, el elenco académico es rico y variado, pues en él también figuran filósofos, historiadores, juristas, científicos, antropólogos y ahora un arqueólogo y un músico. El común denominador de todos ellos, con independencia de su formación y su área de conocimiento, es el amor por la lengua y en particular por la lengua española, en la que han expresado su sensibilidad y su sabiduría.

Con relación a las demás academias, la Mexicana, en mi opinión, tiene una responsabilidad de mayor envergadura, pues México es el país que cuenta con el mayor número de hablantes de español. Uno de cada cuatro hispanohablantes es mexicano. Su labor primordial, como lo dicen sus estatutos, consiste en el análisis, el estudio y la difusión de la lengua española en todos sus ámbitos, pero con particular atención a los modos y sus características de expresión oral y escrita en México, así como a sus relaciones e intercambios lingüísticos con las lenguas originarias de México.

Cumple con esta función de describir y registrar la lengua que hablamos y escribimos y que constituye nuestro más rico patrimonio cultural. Gracias a estos conocimientos, la Academia Mexicana puede ofrecer obras de enorme importancia, algunas de ellas producidas en colaboración con las demás academias, como el Diccionario, la Gramática y la Ortografía, en las cuales la impronta mexicana es cada vez mayor, y otras elaboradas por sí misma, como el Diccionario de mexicanismos o algunas ediciones críticas de los Clásicos de la Lengua Española; puede también brindar servicios de gran utilidad, como responder a las numerosas consultas que se le formulan vía electrónica, emitir dictámenes sobre dudas lingüísticas que involucran controversias jurídicas, comerciales, laborales o financieras; revisar y asesorar la producción de materiales educativos; dictar conferencias, difundir el conocimiento de la lengua española a través de sus publicaciones, su página electrónica, programas radiofónicos o redes sociales, etc.

En mi gestión como director de la Academia, pretendo desmentir la imagen que, por desconocimiento, cierta opinión pública tiene de la corporación: una institución anacrónica, conservadora, purista y hasta colonialista. No. La Academia Mexicana de la Lengua es una institución nacional y autónoma, tan viva como la lengua que estudia, con autoridad pero sin autoritarismos, sensible a los cambios lingüísticos (inherentes a la condición de organismo vivo que la lengua es) y al mismo tiempo observante de la tradición; comprometida con la unidad del idioma y gustosa de las peculiaridades mexicanas.

La Academia que quiero y en la que creo:

Una Academia pura sin ser puritana, seria sin ser acartonada, solemne, cuando el caso lo amerite, sin ser distante. Libre pero volcada a las necesidades educativas del país -que son muchas en lo que se refiere a la competencia comunicativa, expresiva y cognoscitiva de nuestros estudiantes-, dadivosa en sus saberes y sesuda en sus estudios. Una Academia con sentido del humor, en la que fluya la sabiduría, la palabra que habla, enamorada, de sí misma. Una Academia amada y disfrutada por sus miembros, dispuestos todos a compartir este gozoso privilegio con sus pares y con todo el mundo, más allá de sus 36 sillas estudiosas, si se me permite la hipálage. Una Academia abierta.