Baja California | 20 de Agosto de 2019

Román tenía 17 años cuando fue obligado por el padre Jaime Reyes Retana a masturbarlo. Foto tomada de @silviojbaez

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Ángel Ramírez
Tijuana, 19 de agosto. - Román comenzó la secundaria en el seminario menor de los Salesianos de San Juan Bosco en 1990 en Tlaquepaque, Jalisco.  Al terminar, con 15 años cumplidos, continuó sus estudios de preparatoria en Guanajuato. Ahí conoció al sacerdote Jaime Reyes Retana, quien era “formador” –daba clases y asesoría espiritual- en el Seminario Salesiano de Irapuato.  

“Es común en el seminario que tus compañeros se pasen de bromas; yo sufrí lo que hoy llamamos bullying. No siempre estudiábamos con gente de nuestra misma edad, algunos eran mayores y en una ocasión mis compañeros pintaron varias cosas sobre mí en el pizarrón; hicieron que me sintiera mal”, relata el jalisciense.

“En ese momento, estas situaciones ni se trataban, ni se decían, era como un juego. Él (Jaime Reyes Retana) fue el único que se acercó a preguntarme cómo me sentía, qué había pasado. Fue el primer contacto que tuve con él. Me inspiró confianza, me preguntaba cómo me sentía porque mis compañeros eran muy pasados conmigo. A raíz de eso me siguió buscando, generaba más confianza. Empecé a verlo como una persona que me apoyaba, y apreciaba”.

La primera señal de abuso

“Con esa confianza, yo le platico a él sobre cierta inquietud que estaba sintiendo por las chicas, era un adolescente y no sabía si sentir eso era correcto- explicó- y él se fue metiendo en ciertos temas y yo los compartía con la intención de aclararlos. Me preguntaba que si me masturbaba y yo en ese tiempo no sabía lo que era masturbación. Era un tanto inocente por la formación que tuve en casa”.  

En esa época hubo ocasiones en las que Reyes Retana le pedía platicar en su oficina en horarios que no eran regulares, cuando ya todos se habían ido a dormir: “En una ocasión me preguntó ¿sabes dar masajes?, le dije que no, y respondió que me iba a enseñar a tocar la espalda. En principio no le vi nada malo puesto que era un formador y a veces jugábamos”.

Pero en una de esas veces, jugado a las “luchitas”, entre jugo y juego, rozaba y tocaba mis genitales. “Sentí algo raro, parecía un juego, pero yo sabía en mi interior que algo no cuadraba. Él justificó que estábamos jugado y que no tenía la intención de tocarme”.

Al año siguiente Román cambió de seminario, se fue a San Luis Potosí. Pero en una ocasión tuvo que viajar a Irapuato, a un encuentro de seminaristas salesianos, en el seminario; “tenía que dormir ahí para viajar al día siguiente de visita a mi pueblo”. Reyes Retana le ofreció un cuarto de visitas, el seminario estaba medio vacío porque todos habían salido de vacaciones a sus casas. Me dijo “te quedas en este cuarto; él entró primero, no prendió las luces, se acostó en la cama y me dijo “ando muy cansado, ven y dame un masaje. Se me hizo muy raro, y de repente él ya estaba sobre mí. Intentó tocarme, lo evadí y se fue”.

“La situación fue muy bochornosa, después me pidió disculpas, y yo le dije que no había problema”. Era diciembre y Román trataba de no pensar en esos episodios, intentaba convencerse de que no tenían importancia. Sin embargo, hubo otra reunión y todos fueron a la huasteca potosina. “De regreso a la ciudad de Guadalajara el camión iba lleno, era de noche y me tocó sentarme al lado de Jaime Reyes Retana”.

“Al principio normal, platicando. De repente, mientras platicaba, comenzó como a jugar con las manos y a ponerlas sobre mis genitales. El camión iba lleno y viajábamos de noche. Unos iban platicando y otros durmiendo. De repente también jaló mi mano y la puso sobre sus genitales, sobre la ropa comenzó a masturbarme, a frotarme… y se masturbaba”.

“La verdad en ese momento no supe que hacer, quedé bloqueado, no sabía si gritar, sentía vergüenza ¿qué iba a pasar?, ¿qué iban a decir de mí?, continuó tocándome y frotándome de una manera agresiva, y me sostenía la mano obligándome a que yo también lo tocara. Creo que en un momento terminó (eyaculó). Me soltó, y yo ya no pude dormir en todo el camino”.

Al llegar a su casa revisó sus genitales y encontró que, por la fricción, tenía cortadas en el glande y el prepucio, “quedé muy lastimado y no platiqué con nadie de esa situación, estaba por cumplir 17 años.

“A partir de ese momento no volví a tener contacto con él, cuando por cuestiones de la orden nos encontrábamos, lo evadía. No quería tocar el tema ni con él ni con nadie. Me entró coraje conmigo mismo. Me enojaba porque no reaccioné, me preguntaba “¿por qué no grité, por qué no me fui?”.  (Primera Parte)