méxico | 20 de Febrero de 2018

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Armando Bartra

Si con la expresión “hacer milpa” nos referimos no tanto a un policultivo como a una forma de vida; si “hacer milpa” es patrón, modelo, paradigma, metáfora de un orden social virtuoso en el que los diversos se entreveran armónicamente, entonces la milpa no empieza ni termina con lo que se hace en la parcela (huerta, potrero, corral, acahual, traspatio…), sino que abarca también lo que se hace en el hogar (alimentación, cuidado de la salud, educación, vestido…). Hacer milpa remite a la integralidad de la vida y si dejando a un lado la comunidad -que también es milpa- nos circunscribimos a la familia campesina, dicho concepto ordenador hace referencia a la indisoluble unidad de lo que malamente diferenciamos en “productivo” y “reproductivo”, a la continuidad que existe o debiera existir entre la pluralidad del agro-ecosistema y la polifonía de las labores domésticas.


Quema de brujas en Alemania, durante la Edad Media

En estos editoriales he insistido más de una vez en la necesidad de reconocer y ponderar la mitad oscurecida, desvalorizada y femenina de la milpa. Reivindicación necesaria porque la modernidad capitalista que separó el valor de uso del valor de cambio y que invirtió la relación originaria poniendo al segundo sobre el primero, también escindió y volteó la relación originaria entre la parcela y el hogar, la relación entre lo que el sistema considera productivo y lo que considera reproductivo, la relación entre los “trabajos” del hombre y las “funciones” de la mujer.

La mercantilización a ultranza, dice Silvia Federici en Caliban y la bruja, “rompió la unidad de producción y reproducción que había sido típica de todas las sociedades basadas en la producción-para-el-uso”. Pero no solo fracturó la vida, también desvalorizó la parte de la misma que ancestralmente había sido asignada a las mujeres.

El resultado fue no solo una división injusta del trabajo, que venía de atrás, sino también la transformación de la parte femenina del mundo en una suerte de prolongación de la naturaleza mientras que la gestión de cultura -o cuando menos de su parte sustantiva- se la reservaban los varones.

El razonamiento era más o menos como sigue: si reproducir no es producir y el doméstico no es trabajo propiamente dicho, las mujeres y sus capacidades no son más que un recurso natural disponible que pare, alimenta, cura, educa, amortaja… de la misma manera que las semillas germinan, las plantas dan frutos y las gallinas ponen huevos. Por su naturaleza las mujeres están siempre a disposición y como el entorno: tierras, aguas, bosques, animales… pueden ser libremente utilizadas.

La injusticia, entonces, no está tanto en el inequitativo reparto de las tareas entre ellos y ellas como en su complemento: el estrechamiento de la libertad de las mujeres -pues el albedrío es atributo de la cultura y no de la naturaleza- y el oscurecimiento de su función creativa como gestoras de bienes, saberes, significados, valores… 

El proceso histórico conocido como “acumulación originaria de capital” les arrebató a los campesinos las tierras comunes, transformándolos en trabajadores asalariados o en productores agrícolas de mercancías. Pero el otro saldo de esa violencia fue la reducción de las mujeres -que habían sido coproductoras- a simples reproductoras de los campesinos varones.

Además, si antes ellas tenían dominio sobre su sexualidad y en general sobre sus cuerpos, ahora lo habían perdido. En Europa, según nos cuenta Federici, esto transitó por una guerra: la caza de las brujas, mientras que en nuestro continente cobró la forma de una satanización de las curanderas, las parteras y aun las viudas, que todavía continúa.

Ellas resistieron protagonizando los que llamaron “motines de mujeres”. No solo respondieron a la ofensa con aquelarres y otras ceremonias rituales también impulsando potentes movimientos sociales. En 1607, en Yorkshire, Inglaterra, cuando la expansión de las minas de carbón se comía las tierras comunes de los campesinos, las mujeres encabezadas una lideresa conocida como Capitán Dorothy se alzaron contra los cercamientos.

Alzamientos femeninos que se reprodujeron en Lincolnshire y en Warwickshire. En 1624, en York, las destructoras de cercados privatizadores de plano se pasaron, pues se supo que “habían disfrutado tabaco y cerveza, después de su hazaña”, motivo por el cual terminaron en la cárcel.

La reclusión de la mujer en su “natural” función reproductiva y en los derivados de esta, es inadmisible. Y no es para nada liberador el intento de pachamamizarla, de exaltarla como proverbial representación de madre natura. La ya citada Federici parte lanzas contra esta “imagen degradada de la feminidad, construida a través de la identificación de las mujeres con la naturaleza”. Y al respecto trae a colación a la escritora Virginia Wolf, quién en Una habitación propia, texto autorreivindicativo de 1929, “regaña a su audiencia femenina y, por detrás, al mundo femenino, por no haber logrado producir otra cosa que niños”. Escribe la autora de Al faro


Mujer de maíz. Óscar González, “Guache”

“Jóvenes, diría que ustedes nunca han hecho un descubrimiento de cierta importancia. Nunca han hecho temblar a un imperio o conducido un ejército a la batalla. Las obras de Shakespeare no son suyas… ¿Qué excusa tienen? Está bien para ustedes decir, señalando las calles y las plazas y las selvas del mundo plagadas de habitantes negros y blancos y de color café, hemos estado haciendo nuestro trabajo… Hemos alzado y criado y enseñado, tal vez hasta le edad de seis o siete, a los mil seiscientos veintitrés millones que de acuerdo a las estadísticas existen, algo que requiere tiempo…”

La ironía de una brillante novelista que en su tiempo se dio el quién vive con sus colegas varones, convoca a las mujeres a compartir el mundo con los hombres en condiciones de igualdad y a rechazar su reducción al estatus de reproductoras, por mucho que se exalte dicha función que, en todo caso, es posibilidad electiva y no fatalidad y condena. No hay nada indigno en ellos, pero el metate y el petate no son destino manifiesto de las mujeres.

Y la propensión machista a reducir y degradar a las mujeres la encontramos no solo en las sociedades patriarcales modernas sino también en las antiguas. Por ejemplo, en las mesoamericanas y andinas devenidas guerreras que, por lo mismo, habían arrinconado al sexo femenino. Así, en los mitos, leyendas y relatos de los pueblos de cultura maya está muy presente la mujer… pero casi siempre en su condición de madre.

El maíz como pilar agrícola y cultural mesoamericano es por lo general un dios varón, aunque en la historia de su nacimiento tenga un cierto papel la madre que lo parió. Veamos una de sus múltiples variantes. Radicados hoy en la huasteca, los tének son representantes remotos de la cultura maya. Y de este pueblo, Nelly del Ángel, brillante antropóloga y tének ella misma, recogió en 2003 una versión sobre el origen del maíz, narrada por dos señores de Chontla: Alejandro Betancourt y Gerardo Santiago. Sabroso relato que con su permiso aquí reproduzco.

“Eso lo decían los de antes, que un día que estaba la muchacha bañándose en el río, era la calabaza, así se estaba bañando, se lavaba el cabello. Y entonces pasó el pájaro, era el tordo (o el papán) y ese traía en su piquito una semilla, así la dejó caer en el mero momento en que la muchacha miró pa’ rriba y le cayó en su boca, esa se lo tragó, casi ni se dio cuenta. Entonces después vino que estaba embarazada, pero ella vivía con su abuelita, que era una señora muy enojona y la abuela se enojó porque no le creyó que se había embarazado con la semilla, creyó que se había portado mal. Y ya cuando nació el niño, la abuela nunca lo quiso, ese niño es Dhipák. Era un niño bueno, quería mucho a su mamá y ella sí lo quería, pero la abuela no lo quería, pensaba que nació porque la calabaza se portó mal. Por eso que la abuela siempre lo maltrató, siempre no lo quiso y pensó que lo va a matar. Un día que va donde estaba el niño, el Dhipák, estaba así sentado y que le dice su abuela, tú niño atízalo la lumbre, anda arrímalo la leña y cuando el niño fue a ver la lumbre entonces la abuela fue y lo empujó y el niño se cayó a la lumbre, pero cuando ahí se cayó en medio de la lumbre de allí salieron los maicitos, el niño se hizo en maíz y por eso es que ya tuvimos maíz para comer. Por eso sabemos que el maíz también tiene su vida, también tiene vida, por eso nace, porque tiene vida, porque igual que nosotros también tiene su corazón. Y yo he escuchado cuando el maíz está bien cuajado y cuando ya terminó de reventar, va uno en la milpa así solito es el medio día, como que anda uno platicando en la milpa, como que alguien platica, pero no es cierto, es el mismo maíz que también platica, como que alguien como que ahí anda, pero es el maíz, es el niño el Dhipák”.

Dhipák es para los tének un dios importante: el padre del maíz, el patrón del maíz, el espíritu del maíz, el maíz mismo. Y en esta historia la joven calabaza es su madre. Pero ella no es dios, es solo la madre de dios.

De la misma cultura mayance, el Popol Vuh nos cuenta, entre otras cosas, las aventuras de Hunahpu y Xbalanque, dos héroes culturales engendrados por Unhuanahpu Hucub Huanahpu, quienes más tarde serán el dios sol y la diosa luna. Pero, como todo mundo, Hunahpu y Xbalanque necesitan también una madre biológica. Y esta es Xquic.

La historia de cómo la pobrecita Xquic de los quichés engendró semidioses, es muy semejante a lo acontecido con la muchacha calabaza de los tének, pues queda embarazada, no cuando se traga una semilla mágica que le cae del cielo, sino cuando el árbol con calaveras como huajes en que han sido transformados Unhuanahpu Hucub Huanahpu, le escupe en la mano. Así se lee en el Popol Vuh:

“`¿Por ventura deseas de todo tu corazón esta fruta?´ `Sí deseo´. `¡Pues extiende la mano derecha!´, dijo la calavera. Y, extendiendo ella la mano, le vino derecho a la mano como un chisguete de saliva, y mirándose luego ella la palma de la mano, y no halló cosa alguna; y díjole la calavera: `Esta saliva que te he arrojado es la descendencia que de mi dejo´” 

Y tampoco a Xquic le creen. En este caso la desconfiada es la suegra: “`¡No quiero que seas mi nuera, porque lo que traes en tu vientre es procedido de tu deshonestidad. Y así eres una mentirosa porque mis hijos son muertos!´”. Para probar que su divina maternidad es legítima, Xquic tiene que traerle a su suegra maíz de una milpa seca que no tiene mazorcas. Lo que logra con creces gracias a la ayuda de los Xtoh y Xcanih Xcacavix, dioses del bastimento. Y a resultas de la milagrosa multiplicación de los granos la suegra por fin reconoce que lo que Xquic lleva en su vientre son sus nietos.

En estas dos narraciones el maíz se encuentra muy presente, como lo está la mujer. Pero ella solo en su sacrificada condición de madre. Una madre involuntaria a quién, para colmo, su embarazo le es echado en cara. Xquic y la joven calabaza cumplen en sus respectivas historias papeles insoslayables, pero también infaustos pues todos dudan de la honestidad de su divino embarazo y las hacen responsables de haber autogestionado su sexualidad. Lo que al parecer es culturalmente inadmisible. 

Calabazas: si van a ser madres de un dios más les vale tener una buena excusa para haberse embarazado. Si no, pregúntenle a María.

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Víctima de una maldición que se antoja transcultural, la mujer es la madre: la madre naturaleza, la madre de dios, la madre del maíz, la madre del obrero, la madre que nos parió…

Y del machismo madreador no escapan ni las mentes más brillantes. Si no me creen lean El laberinto de la soledad y verán que en Octavio Paz -como en todos los filósofos, sociólogos y sicólogos del mexicano- el tema es el varón y la mexicana solo aparece como la madre del mexicano: como la chingada.

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