cultura | 19 de Septiembre de 2017

Las músicas dormidas, 2012, dibujo/ acrílico y grafito sobre cartulina de Javier Padilla, que mostró en su exposición Parkinson, hace cinco años; ahora soy más dibujante que cuando presumía de ello, afirma en entrevista con La Jornada Foto cortesía del artista

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La Jornada

Ciudad de México, 19 de septiembre.- El artista plástico Javier Padilla Morales, a quien hace nueve años diagnosticaron el mal de Parkinson, bromea con su característico humor negro: Ya nada hay de qué preocuparme, me dije, si quiero seguir pintando no tengo más remedio que dedicarme al puntillismo.

La noticia no lo paralizó, continuó trabajando y ahora, explica, soy mejor dibujante que cuando presumía de ello. En estos días expone Frida: magia y enigma (serie El juego de la paráfrasis) en la Casa de Coahuila, en Coyoacán, muestra que el año pasado se exhibió en Barcelona.

Padilla recuerda que el médico familiar le había anunciado que padecía ese mal y fue el neurólogo quien se lo confirmó. “Al abrir la puerta del consultorio me recibió con estas palabras: ‘No se sabe dónde ni cómo se origina el Parkinson, y no tiene cura’.

“Lo que me preocupaba –prosigue el artista– era que la mano no me respondiera para trazar, pues soy eminentemente dibujante. No sentía nada, tenía que demostrarme que padecía ese mal”, explica en entrevista con La Jornada. El pintor, nacido en Múzquiz, Coahuila, en 1940, lo descubrió al verse en un video que grabó para su exposición titulada Kikapoo, en 2008. Vi que me temblaba la mano y lo empecé a aceptar.

Línea, color y composición

Padilla, quien cultiva la línea, el color y la composición, revela en su obra sus pasiones y obsesiones: la desnudez femenina; los rostros; los perfiles (que fueron inspirados en los mayas y que con el paso del tiempo se han vuelto griegos); las naranjas, que significan el origen de su historia familiar; los huevos estrellados, parte esencial de su alimentación, y siempre, amorosamente, a su lado está la entrañable Rosalinda, su esposa.

Gentil, paternal y perseverante, afirma que no es valiente, que sólo enfrenta las cosas como vienen y que lo hace más en broma que en serio, pues esa también es una forma de defensa.

El Parkinson avanza, así como su creatividad y búsqueda por vencer el reto.

Relata: “En 2012 monté una exposición, Parkinson, con la idea de evaluar mis facultades motrices. Jugué con ocho obras para ver la calidad de línea y de claroscuro que podía generar. Establecí dinámicas con líneas cortas y largas, paralelas y sincopadas, así como círculos grandes y pequeños. Fui de lo sencillo al extremo barroco.

Me he visto en momentos de gran tensión, no sabes cómo se va a presentar la enfermedad, pero, algo curioso, tras esa y otras autoevaluaciones me he vuelto más cuidadoso en el desarrollo de la línea y el claroscuro. Ahora mi dibujo es más fino que cuando presumía de ser dibujante.

El maestro, quien entre los múltiples reconocimientos a su obra posee el que recibió de la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) como mensajero de la paz, aprovecha el tiempo al máximo. El medicamento me da dos o tres horas sin movimiento, en un periodo de seis. Sin embargo, cuando empieza la temblorina es ponerme en tensión y me engarroto, normalmente los pies, los pongo duros para controlarla y seguir dibujando.

Entre risas y gestos de resignación, añade: Hay características de la enfermedad que van en aumento. Una no la tolero, pero sencillamente sucede. A veces las emociones también me generan gran tensión.

Experimenta todo lo que está a su alcance para controlar la enfermedad, como nadar e imitar en la alberca los ejercicios que haría si manejara una bicicleta. Su leitmotiv es seguir dibujando.

“El Parkinson –explica Padilla– provoca contracturas; me ha afectado la columna, a la altura de las lumbares. Sin embargo, una doctora maravillosa alineó esas vértebras, lo que me ayuda muchísimo. Aquí seguimos.”

Más allá de ese padecimiento, su vida artística es prolífica. Su relación con la Frida de sus cuadros parte de un deseo de su madre, Zenaida María del Consuelo Morales, quien le pidió que le dibujara a la pintora. Después, esto se volvió un desafío. Tomó dos retratos de la artista para seguir con su serie El juego de la paráfrasis, que comenzó hace más de 40 años.

Esta etapa de ese conjunto reúne “pinturas, ensambles, arte objeto y dibujos, entre los que destacan obras intervenidas a las que he bautizado padigrafías”, expone en el texto que presenta la reciente exposición.

Se trata, precisa, de “un juego que invita a la creación (…) una metáfora, un hacer y un deshacer. Busco conectar significados y significantes. Navegar en la técnica y fortalecerla, desarrollar más la capacidad de trabajo y de análisis y transitar en el mito, el rito, la magia y el símbolo”.

Surrealismo y absurdos

Javier Padilla lamenta no haber nacido años antes para haber sido alumno de Frida Kalho, pero su “consuelo es que tomó un taller de mural con Guillermo Monroy, uno de los llamados Fridos”.

Al preguntarle si su pintura, grabados y dibujo son surrealistas, Padilla, quien se define artista figurativo, responde que no. Considera al surrealismo un arte con cierta magia y tiene que ver con absurdos de los cuales estamos imbuidos y nos llevan hacia uno u otro lados. En el caso de los artistas lo hacemos de manera más consciente y en el de la personas comunes es parte de su vida.

Considera que su obra se inscribe en el transclásico, que tiene un paralelismo con la transvanguardia, en auge en Italia. Entusiasmado, adelanta que se dispone a comenzar una nueva etapa creativa. “Preparo la exposiciónTransvanguardia”.

La muestra Frida: magia y enigma…, montada en la Casa de Coahuila (Prolongación Xicoténcatl 10, Coyoacán, San Diego Churubusco, frente al Museo de las Intervenciones), concluirá el 30 de octubre. El recinto abre de lunes a domingo de 10 a 14 y de 15 a 20 horas. Entrada libre.

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