cultura | 19 de Febrero de 2018

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José Mar

Al empezar estas notas tuve la duda de si el título debía ser el anterior o debía ser “Juan García Ponce y los pintores”, porque los artistas plásticos que se congregaron en su entorno son tan importante como el marco general y genérico de ese arte. Y el motivo del texto, la aparición del libro La colección pictórica de Juan García Ponce, con la que se inicia lo que espero que sea una intensa conmemoración de los quince años del fallecimiento del autor de De anima. Se ha dicho muchas veces que la llamada Generación de la Ruptura encontró en el escritor su crítico insignia, que su libro Nueve pintores mexicanos es a la vez resumen y manifiesto, y que la amistad en torno suyo congregó no sólo a le generación de Rojo y Felguérez, sino a muchos de los pintores más jóvenes que siguieron en la misma línea –Irma Palacios, los Castro Leñero, Gabriel Macotela. El libro da cuenta de la colección reunida gracias a la amistad y a la generosidad correspondida y correspondiente entre los pintores y García Ponce, una colección que no es la de un coleccionista, ni la de un galerista, ni la de un marchante, ni la de un rico inversionista, sino aquella que se forma en torno a esa experiencia que llamamos amistad.

En el brillante texto que Jaime Moreno Villarreal escribe como presentación del catálogo, entiende muy bien lo que eso significa, y por eso parte del relato personal –cómo visita al escritor y ve por primera vez esa colección colgada en los muros de la casa, es decir, entra en contacto con la presencia de las obras en un contexto cotidiano, habitado por la continua contemplación y convivencia– para desde allí entender el gesto de su escritura sobre artes visuales. Uno de los elementos implícitos en el ensayo de Moreno Villarreal es precisamente la condición de objeto de los cuadros y dibujos, de concreción material de las obras. Juan (le gustaba que se refirieran a él con ese familiar a la vez que rotundo apelativo) siente y habita la presencia de esos objetos, convive con ellos como o si fueran seres vivos y hace costumbre de ese habitar sin entrar nunca en la rutina, pues su presencia es cada día una (nueva) revelación. No rehúye Jaime en su ensayo la condición física en la que el escritor vive las últimas tres décadas de su vida, confinado en una silla de ruedas por una esclerosis múltiple, como elemento de esa mirada, misma que resulta también esencial en su narrativa y en su ensayística.

Por la mirada se hace presente la presencia. Parece una verdad de Perogrullo, pero tiene mucha miga. Y es, además, una presencia subrayada: la del otro, la de la otredad. Es el arte como creación lo que permite sentir al otro sin despojarlo de su condición de otredad y en esa misma medida entrar en una relación de seducción. Con la abstracción, eje fundamental de la Ruptura, se deja atrás el discurso didáctico que lastró definitivamente al muralismo a partir de la muerte de José Clemente Orozco en 1949. Pero el abstraccionismo no debe ser entendido como una ausencia de forma sino como una búsqueda de ella. Por eso García Ponce sabía ver los pliegues que ofrecían cualquier discurso y cualquier obra a la que le aplicara un discurso. Su crítica no es sino una búsqueda de seducción entre la obra y el que mira a través de ese tercero presente que mira al sesgo para poder ver de frente. Por eso García Ponce podía ser muy crítico a la vez que celebratorio y festivo ante la aparición de la presencia y su sentido revelado. Por eso podía, sin tener una disposición religiosa, sentir empatía con la aparición de lo sagrado.

Un buen acompañamiento para este libro La colección pictórica de García Ponce es el pequeño libro antológico De la pintura, compilado por Francisco Castro Leñero hace cinco años, a los diez de la muerte del escritor, para la editorial Ficticia. En éste se ve el discurso más conceptual y menos centrado en la obra de cada artista que acompaña como elemento armónico a sus ensayos sobre pintores. García Ponce escribía con la misma necesidad que tenía de respirar para estar vivo, y en torno a ese escribir, que era un pensar en voz alta, congregó a sus amigos y admirados pintores a pensar (y pintar) como un organismo vivo, justo lo que define a una generación en el sentido más pleno. Los espacios y lugares –La Casa del Lago, la Revista Mexicana de Literatura–, los lenguajes alternos –teatro, cine–, todo formaba parte de ese sentido de vida colectiva, pero no gregaria, que define a la Generación de la Ruptura, sea pictórica o literaria.

Pocas veces se forma una colección pictórica de la manera en que se constituye ésta. Es raro, pero no tanto, que un crítico tenga su colección, pero que ésta tenga tan a flor de piel el sentido emocional, de homenaje, a un escritor, es más raro. García Ponce es un admirable modelo en su concepción de la literatura y el arte, capaz de tener distancia crítica sin perder condición afectiva. Mirar, como ser mirado, es un acto creativo. Ya lo señaló Antonio Machado. Pero en el autor de De ánima hay un subrayado: mirar es siempre ser mirado por otro, incluso si hacemos intervenir el espejo. Incluso la mirada se animaliza, como ocurre en el relato “El gato”, para volverse a la vez más otra y más inquietante. Lo que ocurre en sus ficciones, pero también en sus ensayos, es que el intruso se vuelve paradigma del artista: todo escritor (o pintor) se entromete en lo que escribe o ve (vive).

Jaime Moreno Villarreal en su ensayo entiende muy bien este asunto. La crítica sobre artes plásticas que el escribe tiene también esa condición afectiva e intrusiva, lo que evita que se adquiera el aspecto de una crítica “profesional”. Mantiene el rigor y la exigencia, pero se relaciona afectivamente con el cuadro. Cuando describe su recorrido por la casa de García Ponce, hace evidente que no hay nada más lejos del adorno o la decoración, propia de los cuartos de hotel, pues se trata de un espacio, como de una mirada, habitado