mundo | 17 de Junio de 2018

La polarización es extrema y los odios compartidos se imponen, al menos en esta etapa inicial, al sosiego necesario para buscar salida a un conflicto que, desde el pasado 18 de abril, ha cobrado 170 muertes. Foto archivo

Por

Por 

Josetxo Zaldua Enviado La Jornada
Managua, Nicaragua, 17 de junio.- La matazón sabatina en esta capital comenzó a las 6:30 de la mañana. Llovía sobre Managua, pero eso no impidió que un grupo no identificado atacara con cocteles molotov y morteros una vivienda de tres plantas en el barrio Carlos Marx. Murieron cinco adultos y dos menores de edad. Dos horas después, no muy lejos de ahí, una cuadrilla de personal de limpieza estaba haciendo su trabajo en la calle cuando fueron atacados y asesinados a balazos. Murieron dos. Los agresores los rociaron con gasolina, los rodearon con llantas y les prendieron fuego para rematar la faena.

No hay manera de saber a qué bando pertenecen esos paramilitares. Pueden ser sandinistas pro Daniel Ortega, o sandinistas contrarios a él. Lo obvio es que su grado de coordinación y eficiencia es elevado. No son improvisados, están entrenados.

En el ínterin, el diálogo nacional amenaza con ser un parto inconcluso. La polarización es extrema y los odios compartidos se imponen, al menos en esta etapa inicial, al sosiego necesario para buscar salida a un conflicto que, desde el pasado 18 de abril, ha cobrado 170 muertes.

Aquí están todos los organismos habidos y por haber. Y, por supuesto, la Iglesia, siempre omnipresente en este país profundamente creyente. Tanto, que hasta la pareja presidencial, Daniel Ortega y Rosario Murillo, su alter ego, son más papistas que el Papa, nada que ver con la confrontación que los nueve comandantes sandinistas mantuvieron con la nomenclatura del cardenal Obando y Bravo, su enemigo acérrimo, durante la década de los 80, durante la cruenta guerra contra Estados Unidos y su brazo armado interno contrarrevolucionario.

Hoy la Iglesia nicaragüense, con quien Ortega y Murillo se pelearon a muerte después de años de luna de miel, vuelve a tener un enorme protagonismo en el marco de la convulsión social que sacude el país.

El quid de la cuestión descansa en la propuesta de la Conferencia Episcopal de fijar marzo de 2019 como fecha para celebrar elecciones. El planteamiento no parece haber hecho mucha gracia al presidente Ortega, pertrechado tras el ejército y la Policía Nacional. Alejado de la jerarquía católica, el gobernante se ha inclinado hacia los cristianos. Este domingo, en la inmensa Plaza de la República, los orteguistas se reunirán para rezar sin parar, bajo la batuta de un líder traído de Puerto Rico. Acarreo, chescos y tortas están garantizados. Será una demostración de fuerza... y de dizque fe.

Este es un pueblo de carácter caliente, bravo y acostumbrado a guerrear, a manejar armas y explosivos, a jugarse la vida despreocupadamente. La historia de Nicaragua está repleta de épocas violentas. Igual sucede con prácticamente el resto de los países centroamericanos.

Desde el surgimiento del movimiento antimperialista que encabezó el general Augusto C. Sandino, este país ha vivido de convulsión en convulsión. Hombre inquieto, de vida luchadora y azarosa (el inolvidable historiador argentino Gregorio Selser lo rescató mediante un inmenso trabajo), Sandino llegó a vivir en México, en Cerro Azul, Veracruz, donde trabajó en empresas petroleras estadunidenses. Cuentan que ahí, en una huelga, conoció la bandera rojinegra, colores que identificaron el sandinismo para siempre.

No son pocos los vecinos de la casa incendiada en el barrio Carlos Marx que aseguran que los paramilitares iban protegidos por policías. Lo más seguro es que quién sabe. Al igual que sucede en no pocos países, el rigor a la hora de informar brilla por su ausencia. De una hora a otra la versión puede cambiar. Asegurar que los paramilitares son orteguistas o de la oposición es una temeridad. No hay detenidos, no hay pruebas para acusar con fundamento a nadie.