cultura | 17 de Febrero de 2019

Jesús es como Don Quijote arremetiendo contra ese Retablo de las Maravillas que es el mundo Foto Eve Gil

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Eve Gil

Cuando en uno de sus ensayos Flannery O’Connor afirma que la narrativa, como el ser humano, está hecha de polvo, “y si desprecias cubrirte de polvo, entonces no debes intentar escribir narrativa”, lo sustenta con su propia vida, injustamente breve y, no obstante, prolífica. Salvo un par de estancias efímeras en residencias para escritores y un intento por vivir en Nueva York, sus treinta y nueve años sobre la Tierra empiezan y terminan en el estado de Georgia, “cinturón bíblico de los eu”. Hija de católicos irlandeses, O’Connor nace en Savannah, el 25 de marzo de 1925 y sus cartas, reunidas en El hábito de ser, genuino monumento a la vocación literaria, reflejan un temperamento feliz y luminoso que ni el terrible lupus, mismo que aniquilara a su padre, logró doblegar. “El bastón me otorga distinción”, dirá cuando, a los veintinueve años de edad, le detectan la artritis en la cadera, uno de los primeros síntomas del lupus que se le diagnosticará en 1951 y no le permitirá concluir la lectura de El tambor de hojalata, que deja justo a la mitad antes de pasar a la sala de operaciones, el 3  de agosto de 1964. ¿Cómo pudo una mujer tan joven, tan enferma, criada para ser granjera, escribir cartas maliciosas, crear caracteres tan complejos y configurar escenarios tan angustiantes? La propia Flannery responde: “Tengo un gran sentido del demonio.”

Antes de que su mala salud la postre, Flannery vivirá en Yaddo, una residencia para escritores en Nueva York donde, antes de los venticinco, redactará su primera novela: Sangre sabia, llevada al cine por John Huston en 1979. Sus relatos exploran la naturaleza humana con mucha más claridad y menos escrúpulos que los libros sagrados o la horda de sabios que han pretendido filtrarlos a través de sus propias conciencias; nos enfrenta con Dios en lugares y circunstancias inesperados, situándonos en el centro de conflictos tan emotivos como violentos. Con la misma sensibilidad con que describe un geranio, expone la oscuridad del alma de un psicópata. La anciana mentalmente confundida de Un hombre bueno es difícil de encontrar, escucha a lo lejos la masacre de su familia a manos de los cómplices de lo que pareciera un compasivo interlocutor, no del todo convencida de que ese hombre sea un asesino despiadado. Después de todo, la bondad es como el rostro deforme de su Mary Ann: dulce de un lado, deforme del otro. La domesticación de la bestia que forma parte de la naturaleza humana, a veces, no hace sino exacerbar dicha bestialidad, como en la nouvelle La buena gente del campo. Dios ha hecho al ser humano a su imagen y semejanza, conformado por una compleja red de emociones que han de bordarse –o deshilacharse– con el transcurso del tiempo y de las circunstancias: una idea típicamente roussianana, empática con el cristianismo.

La buena gente del campo, cuyo título, como el de Un hombre bueno es difícil de encontrarpodría parecer anodino, olorosos a Biblia, a campo, a caca de caballo, a silbidos de granjeros, pero nadie que lea estos dos monumentales relatos olvidará que tras la ternura y la bondad puede agazaparse el mismísimo demonio, en sentido más práctico que bíblico. Lo más atractivo de La buena gente… es que se le anuncia como semiautobiográfico pues, en efecto, la protagonista tiene muchos puntos en común con su autora: es una joven de treinta y dos años que aparenta diecisiete, emplea gafas, es rubia, alta y espigada… y tiene una pierna artificial a razón de un accidente. Ha cursado estudios universitarios de Filosofía –Flannery asistió al Georgia State College for Women, hoy Georgia College and State University y obtuvo un máster en Creación Literaria en la Universidad de Iowa, lo que despierta admiración, morbo y desconfianza en torno a ella por parte de los vecinos de aquella pequeña zona rural de Georgia, como le ocurre a la propia Flannery. La escritora, como su personaje, tenía una pierna inservible, pero no empleaba prótesis. Este fue el primer relato que publicó, en 1855, en Harper’s Bazaar. La protagonista se hace llamar Hulga, aunque su verdadero nombre es Joy –que significa “alegría– y su madre, la señora Hopewell, se niega a nombrarla Hulga. Si las cartas personales de la autora no nos engañan, la relación con su madre distaba de ser tan conflictiva como la de sus personajes. Se advierte, sin embargo, una cierta codependencia madre-hija, producto de la enfermedad de ésta. El relato se desarrolla en perfecta calma campirana, alterada apenas por los chismes de la señora Freeman –ayudante de la señora Hopewell–, pero la anodina existencia de la asexuada Hulga, que rechaza la felicidad tanto como a su nombre, comienza 
a alterarse con la incursión de un atildado vendedor de biblias en quien Hulga, con ese cierto “sentido del demonio” del que habla la propia Flannery, empieza a ver una oportunidad para darle un giro interesante a su vida. Y ella, que no es precisamente una femme fatale, se propone seducir a ese “buen hombre de campo”, como reiteradamente llama la señora Hopewell a Mantley Pointer.

Hulga es cruel, acaso porque está demasiado habituada a ser el centro de la crueldad de los demás. No hay una pulsión sexual en su plan con Pointer, sólo una curiosidad nacida de sus estudios de filosofía; algo, digamos, “científico”. Pointer es su conejillo de indias. Lo considera un tonto y un fanático como a la mayoría de la gente que 
la rodea –Hulga es atea, rasgo que, definitivamente, no comparte con Flannery, si bien ésta afirmaba que moriría por su religión, pero no haría el 
ridículo por ella– y los sentimientos son todavía más insondables que su súbita necesidad de “retozar” con alguien que ni siquiera le resulta atractivo. Lo que le atrae de Pointer es que representa lo que desprecia. Ella alberga demasiada amargura y desprecio en su corazón, algo que nadie esperaría de la tierna y paciente Flannery O’Connor, que escribe extensas cartas a sus admiradores y amigos. Lo primero que vuela por nuestra mente es que Pointer será víctima del capricho de una joven que de pronto se quiere graduar de “mala”. Pero con Miss O’Connor nunca sucede lo que el lector espera… mucho menos lo que el más ateo de sus lectores ruega al cielo que no suceda, y lo que empieza como un acto de seducción por parte de la joven de la prótesis, termina siendo la peor de sus pesadillas. Los “malos” siempre serán “los otros”, incluso si se nos presentan como salvadores, –¡Eres un cristiano! –susurra Hulga/Joy cuando ve venir algo peor que un ultraje sexual a manos de Pointer… algo que le arrancará su último jirón de libertad –¡Eres un buen cristiano! Eres como todos ellos…; dices una cosa y haces otra.”

A lo que “el Perfecto Cristiano” responde: “Puede que venda biblias, pero sé cómo son las cosas….”

Flannery no puede explicar la creación literaria de determinados autores en otros términos que no sean estrictamente teológicos. Ve en la escritura una prueba y una esperanza: “La gente sin esperanza no escribe novelas. Escribir una novela es una experiencia terrible, durante la cual a menudo se cae el pelo y los dientes se carían [...] Si el novelista no está sostenido en una esperanza de dinero, entonces debe estarlo en una de salvación.”

Nuevamente afirmo que los relatos de Flannery son congruentes con lo que predica. En ellos hay un sufrimiento intenso, un compromiso con el dolor humano, aunque también hay mucho humor negro, inherente a la personalidad de su autora, según consta en sus cartas. “Hay –dice Joyce Carol Oates– algo de magnitud irreversible, a menudo la muerte por medios violentos.” A todo esto, Flannery le llama “misterio”. La misión 
del escritor, de hecho, parece entrar en contradicción con el ser católico, para quien el misterio debe ser eliminado, mientras que el escritor intenta redescubrirlo en disciplinas que exigen menos que la religión. Define al pecado como una contradicción: el abandono de un bien mayor por otro menor; en ese sentido, sus personajes “buenos” son los que más pecan. El mayor “pecado” o 
debilidad de Flannery: la vanidad. Continuamente se lamenta de salir tan mal en las fotos, y su mejor amiga y compiladora de su correspondencia, Sally Fitzgerald, admite que era mucho más atractiva en persona. Su mayor virtud: la seguridad en sí misma. Sin falsa modestia admite sentirse orgullosa de su trabajo y releerse con placer. No obstante, a la escritura la llama “don”.

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