cultura | 17 de Febrero de 2019

Todo comenzó rentando cintas vhs en Ciudad de México, en Tlalpan. Ahí Sebastián veía las películas de directores como John Landis, David Cronenberg y John Carpenter Foto La Jornada

Por

Por 

Carlos Díaz Reyes

“De pronto llega el momento donde te cansas de ser un rebelde, te cansas de siempre querer llevar la contra”, dice Hofmann. “Me imagino que en un punto ya agarras ese cheque de 10 millones de dólares, te compras una pinche casa con alberca y aseguras tu vida y la de tus hijos, que me imagino que es lo que hicieron Burton, Sam Raimi, Peter Jackson.”

Siempre aspiramos a algo mejor, como los personajes de sus cintas. En Halley, un zombi antisocial. En Tiempo compartido, dos parejas dentro 
de una malvada corporación hotelera. Esa es la culpable del éxito, su película de mayor presupuesto a la fecha, con gran distribución y 
hasta presencia de actores reconocidos como 
Luis Gerardo Méndez y Miguel Rodarte.

Un legado congruente

Todo comenzó rentando cintas vhs en Ciudad de México, en Tlalpan. Ahí Sebastián veía las películas de directores como John Landis, David Cronenberg y John Carpenter. “El cine de horror lo que tiene, y siempre me atrajo, es que son parábolas. Usan el lenguaje de los sueños y lo fantástico. Y, por supuesto, siempre he tenido una fijación por lo grotesco –cuenta–. Ese era el tipo de cine que a mí me gustaba de chavo, el romanticismo siempre me daba hueva, Forrest Gump y esas películas siempre me dieron hueva porque yo era otro tipo de bicho.”

En los años noventa, casi por accidente, se convirtió en niño actor, con participaciones muy breves en las cintas Bandidos (1991), Cándido de día, Pérez de noche (1992) y El tesoro de Clotilde (1994). Después comenzó a hacer experimentos. “Mi papá es fotógrafo, desde muy chavito agarré la cámara –recuerda el cineasta–. En algún punto yo quería ser artista, no sabía si ser más como videoartista, como que intenté por ahí. Mientras todos querían hacer un corto de tres actos, yo filmaba cosas muy abstractas, más atmosféricas, imágenes.” Sebastián estudió Artes Plásticas en una universidad en California, con una especialidad en cine y fotografía y durante sus veintes trabajó como fotógrafo de películas y editor de algunas otras.

En 2010 estrena en internet la serie cómico-surrealista de cinco capítulos, Los micro burgueses, realizada con recursos mínimos en la colonia Tacubaya. Creada, escrita y protagonizada por él, esa locura de un mundo enfermizo refleja su filosofía de aquel tiempo. “Me valía verga, siempre me valió verga. Si yo tenía tres lápices y una camarita de video, me valía verga. Hice tantos videoclips y cosas, yo no podía parar. Siempre tenía una camarita, me robaron el equipo varias veces. Iba a la Casa de la Computación en el Centro y agarraba cualquier otra chingadera de cámara, lo que fuera; eran como pinceles. Todavía hasta la fecha lo veo así. Yo parto desde ahí, creo.”

Pero, aunque ya es un director profesional, viéndolo en retrospectiva, considera que las mismas ideas prevalecen a través de esos videos amateur que todavía se pueden encontrar en internet. “Mis primeros experimentos narrativos todos son Tiempo compartido. Es muy cabrón cómo ahora se ven mejor, ahora hay mejores presupuestos, pero como que viene del mismo lado. Claro, hay una evolución. Durante muchos años me avergonzaba de mi trabajo, pensaba que no tenía mucho sentido y ahora siento que otra vez estoy reconectando 
con eso a través de leer a otros intelectuales analizando mi trabajo. A lo mejor Los micro burgueses vale más hoy que hace diez años que la sacamos […] Para bien o para mal, si yo me muero ahora pues ahí está mi legado; raro, corto, no tan extenso, pero congruente.”

Hofmann no ha dejado atrás su rebeldía. La tentación de entrar en el sistema sigue latente, más cerca que nunca, pero él se rehúsa. Prefiere seguir por su lado, con su productora Somos Piano. “Siempre quise ser artista. Nunca voy a hacer cine comercial, yo no hago series, a mí no me contratan para hacer una serie de Netflix, no puedo. Nunca he dirigido algo que no venga de un lugar muy personal”, sentencia, aunque Tiempo compartido ya ese encuentra en el servicio de streaming desde noviembre del año pasado.

El secuestro de la pantalla

 

Tiempo compartido se proyectó por primera vez en México en el Festival de Cine de Guadalajara y aunque el director asegura que no estaba tan nervioso como en Sundance, desde ese punto hasta el momento de la entrevista hay cuestiones que lo atormentan. “Le película se estrenó [en los cines] hace cuatro días y a mí todos los días en el teléfono me llueven elogios y me llueven insultos”, confiesa. Aunque los críticos especializados han sido generosos, el público general no tanto. Y esta doble recepción lo inquieta. “Obviamente no haces una película como Tiempo compartido para gustarle a todos. Para eso haces Coco o una comedia ligera, una comedia simplona, de ésas que puedo verme en un avión, de Adam Sandler.”

El director asegura que México no es como París o Buenos Aires, ciudades que menciona como orgullosas de su cine, cuyo contenido tiene toda la intención de distinguirse de lo que se hace en Estados Unidos. “Aquí sí tenemos una bronca: estamos secuestrados por las comedias pendejas de Eugenio Derbez, que se hacen con la única función de ganar dinero, y hacen muchísimo dinero, y Derbez se pudre en lana, pero no aportan absolutamente nada en un nivel cultural, al contrario, hay un retroceso. Y los blockbusters gringos. Tenemos el mercado secuestrado por esas películas.”

Asegura que la recepción negativa no le sorprende en México. Recuerda que Halley ganó sólo un Ariel y un par de premios más, mientras que en el resto del mundo obtuvo catorce galardones. “Nos pasa mucho eso de ser mejor entendidos en otros lados”, dice. No por nada los mexicanos tienen, en los últimos años, una fuerte presencia en festivales como 
el de Berlín o Cannes. “Estamos en todos los festivales de cine más importantes cada año, cabrón. Siempre que salgo de este país me aman por ser director mexicano, apenas me bajo del aeropuerto y dicen: ‘no mames lo que está pasando en México a nivel cinematográfico, la nueva ola de los últimos quince años para acá’. Y no sólo los güeyes estos que se fueron a Hollywood, que la están rompiendo por allá con Leonardo DiCaprio. Y en México mucha gente cree que el cine mexicano es malo; es una tragedia.”

Menos margaritas

 

Hofmann cuenta que pertenece a la Sociedad de Directores, donde hablan de cosas como proteger el acervo cultural del país, sus derechos de autor y un tema común, casi ancestral: el tiempo en las pantallas. “Con México no se acaba la Colonia. Aquí llegan los gringos, les ponemos una alfombra roja y les regalamos margaritas, ‘here, take a margarita’. En otros países están atorándose a Netflix, a Amazon con impuestos; ‘a ver, oye, si vas a llegar acá y vas a apañarte el mercado, pérate’.”

“Es como si fueras a la Comercial Mexicana, al Superama y sólo hubiera productos gringos, diez pasillos de productos gringos y un pasillo al final oscuro, húmedo, con productos mexicanos. Así nos sentimos. Vamos a presionar para que eso se legisle, somos el cuarto mercado más grande del mundo, los gringos lo saben, por eso están aquí. Están robándonos todo el oro y la plata, nos están saqueando. México es el país del saqueo.” Es por ello que está entusiasmado con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia.

“Hemos tenido cien años de gobernantes pendejos y una negligencia gubernamental y güeyes que no cuidan a sus hijos y estamos pagando el precio –señala–. Pero estamos muy unidos y está chingón. Ojalá pasen cosas, pero, no mames, vamos a estar súper encima. Con Alejandra Frausto que es una chingona, que es de Morena y es la nueva secretaria (ministra) de Cultura, vio Tiempo compartido y la celebró muchísimo, me encanta esa mujer. Me parece que por fin tenemos una secretaria de Cultura que además es alcanzable. Yo una vez traté de decirle algo al dinosaurio éste (Rafael) Tovar y de Teresa, en una cena de la Academia y me detuvo un guardaespaldas para que no me acercara al señor. Imagínate qué país teníamos, donde un director de cine de treinta años no puede llegar y decirle algo al secretario de Cultura.”

Dice que es una cuestión ideológica, más que nada. No cree que amlo vaya a salvar al país, pero le agrada sentir que deja atrás un gobierno que “tocó fondo”. “Peor no nos puede ir, ya tocamos fondo con Enrique Peña Nieto, en cuanto a que no podemos tener un peor presidente que ese güey. No existe en el mundo.” Ahora, ya que amlo asumió la presidencia del país, dice que el asunto está en no quitarle la vista de encima. “No depende de él y hay que ser sus mayores críticos, hay que observarlo con lupa. Ha hecho un par de cosas raras, (Manuel) Barlett y la madre. Pero tampoco hay que brincar a conclusiones, yo creo que hay que darle el beneficio de la duda y hay que ayudarle a él, ayudarnos a nosotros. Hacer lo que podamos desde nuestras trincheras, cualquiera que sea, tú como periodista, yo, cada quien.”

El futuro es incierto, pero él está tranquilo. Se anotó un buen éxito con su nueva película que 
le puede dar para mucho. Está en un punto donde puede seguir; claro, siempre y cuando no pierda su esencia, ni esas ideas que lo llevaron a donde está ahora. “Qué bueno, a mí me alegra, porque una película como ésta pudo no haber funcionado. Y me hubiera valido verga, la película se pudo haber ido al Festival de Cine de Puebla con pésimas críticas, no la hubiera visto nadie, me hubieran dicho: ‘Sebas, la cagaste’. Igual yo hubiera entrado en crisis: ‘bueno a lo mejor tengo que regresar al formato Halley, hacer una película no tan cara’.”.