cultura | 17 de Enero de 2018

Foto María Meléndrez Parada/ 'La Jornada'

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Adolfo Castañón, La Jornada Semanal

Arturo González Cosío vivía en una torre. En el piso 11 de un alto edificio desde donde se podía dominar Chapultepec y el parque España. Su casa era una biblioteca y una galería de arte. Era, además, al igual que sus amigos Juan José Arreola y Eduardo Lizalde, un apasionado del ajedrez. De hecho, parte del tesoro que había en su casa eran las decenas de tableros de ajedrez de todos los países y épocas, hechos de diversos materiales, colores, tamaños y formas. Como muchos ajedrecistas, Arturo conciliaba la afición por la poesía y las bellas letras, por los misterios del lenguaje, la traducción y los arcanos de las formas artísticas del pasado y del presente de Asia y de Europa, con la pasión por la política, la historia, las ideas. Poco tiempo después de morir, su amigo de juego, el escritor, notario y abogado Ángel Gilberto Adame, escribió: “La tradición ajedrecística, de origen impreciso, ha inculcado en sus más altos exponentes la cercanía con la fatalidad. Los ejemplos abundan: jóvenes talentos que rompen amarras con la cordura y se retiran prematuramente, campeones que envejecen agobiados por revelaciones metafísicas y una notable lista de suicidas.”

Gracias a Arturo descubrí que, como bien dijo Helguera, el ajedrez requiere buen cerebro y buenas posaderas. A la par de esa lección me adiestró en las manías propias de los maestros y aficionados mexicanos. Uno de los más notables de la primera categoría, el yucateco Carlos Torre Repetto, era un esteta que prefería una gran exhibición antes que la victoria.

Nosotros, que siempre fuimos amateurs, comprendimos que ello no nos eximía de protagonizar grandes partidas. Arturo halló en Arreola a uno de sus mayores contrincantes. Con vehemencia me platicaba las interminables contiendas que sostuvo con él y cómo fraguaron un vínculo imperecedero; prueba de ello es la dedicatoria que inaugura el Bestiario, de Arreola.

Según Robert Graves, el ajedrez tuvo un uso oracular entre los sufíes de la antigua Persia, recuerda René Rebetez en el Preámbulo a Otras mutaciones del i Ching, el antiguo libro adivinatorio chino que condensó y reescribió González Cosío. Sobra decir que era un hombre libre y a la vez obediente a las cláusulas que él mismo se había impuesto desde muy joven. Políglota y viajero, poeta, político y lector, sobre todo lector. Fue sobrino nieto de Venustiano Carranza, contrajo matrimonio con una descendiente del villista y maderista Felipe Ángeles, militó en el movimiento opositor contra Miguel Alemán a favor del candidato Miguel Henríquez Guzmán, quien sostenía haber sido objeto de un fraude electoral, y se involucró en el movimiento de resistencia civil pacífica organizado como protesta. Esto lo llevó a Alemania, donde obtendría un doctorado en derecho. Perteneció a la generación de Medio Siglo, pero también a otros grupos y atmósferas. Junto con Eduardo Lizalde, Enrique González Rojo y Marco Antonio Montes de Oca, se adentró en los laberintos del poeticismo, aventura literaria cuyo naufragio describió Eduardo en su libro Autobiografía de un fracaso.

Tuve la fortuna de conocer a González Cosío desde distintos ángulos. Primero, como autor de manuscritos poéticos que se terminarían publicando en el Fondo de Cultura Económica en la época en que su amigo Miguel de la Madrid dirigía la editorial. Casi simultáneamente empecé a encontrármelo en distintos recodos del tablero. Era amigo de muchos amigos y conocidos: Enrique González Pedrero, Miguel González Avelar, con quien compartía la pasión por los palíndromos, y Salvador Elizondo. Luego me vine a enterar de que había sido muy amigo de Emilio Uranga (con quien compartía el hecho de haberse casado con una ciudadana de ese país y de haber realizado estudios universitarios ahí), Salvador Díaz Cíntora, Sergio García Ramírez y prácticamente todos los poetas de la república literaria. Vivía en una torre. Pienso ahora que esa era una torre de marfil, hecha de libros en distintos idiomas, levantada con tableros, peones, alfiles, caballos, damas, reyes y, desde luego, torres. Esos encuentros casuales culminaron con una encomienda que me hizo la Academia Mexicana de la Lengua cuando él falleció. Berenice Montes, su heredera y viuda, decidió donar a nuestra corporación los libros de la biblioteca de Arturo que tuviesen que ver con las disciplinas afines. Fui el encargado de ir a practicar esa criba. Los libros de la biblioteca de Arturo desfilaron por mis manos durante varias semanas. Pieza por pieza, fueron pasando por mis manos los diversos volúmenes e impresos del rompecabezas mental que armaba su vida. No sólo me emocionó comprobar la amplitud de los horizontes intelectuales de González Cosío, sino el hecho mismo de que esos horizontes, en cierto modo, lo vinieran a saludar a él en persona: los libros dedicados o las colecciones de las obras más preciadas que había podido reunir en sus viajes. De los poetas alemanes y pensadores, románticos y contemporáneos, a los historiadores, narradores, filósofos y artistas. La biblioteca se compone de muchos libros de historia, política, teoría política y filosofía. Una segunda parte la configuran los libros de poesía, poética, arte, teoría literaria, novela, libros de viajes, libros misceláneos. Berenice Montes resolvió que la primera parte de la biblioteca se diese a la Universidad y la segunda a la Academia Mexicana de la Lengua. El valioso donativo de los libros de Arturo que están en la Academia consta de 55 cajas y 4 mil 400 volúmenes. 

 

*Palabras leídas en el Homenaje a Arturo González Cosío celebrado en la sala Manuel m. Ponce, en el Palacio de Bellas Artes, el pasado 20 de noviembre.