mundo | 16 de Noviembre de 2018

Hay 419 menores de edad de los cuales 144 son mujeres y 275 varones. Foto Jorge Heras 

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Antonio Heras / La Jornada
Tijuana, 16 de noviembre.- Mientras que en Mexicali empiezan a quedarse migrantes a descansar antes de llegar a su destino, Tijuana amaneció con más de dos mil hombres y mujeres, además de la saturación de los albergues instalados por autoridades locales y organizaciones de la sociedad civil.

El último censo señala que entre los centroamericanos que se encuentran en esta entidad hay 419 menores de edad de los cuales 144 son mujeres y 275 varones, y que el universo de adultos es de 441 mujeres y mil 148 hombres.

Al menos un centenar de personas durmieron afuera del albergue Benito Juárez que autoridades municipales y estatales instalaron en la zona norte de esta ciudad fronteriza, cuya capacidad es de 360 espacios pero ya se encuentra rebasada desde la tarde de este jueves por el arribo gradual de más personas.

Algunos viajan en grupos a bordo de autobuses, financiados por gobiernos locales del Pacífico mexicano, para acercarlos a la frontera con Estados Unidos.

En tanto, las historias se repiten, en cada autobús que arriba a la frontera coinciden los testimonios de quienes sufren violencia, inseguridad y la problemática de las fuentes de trabajo, y que buscan mejores opciones de vida en Estados Unidos o México.

Su destino es Tijuana, pero empiezan a quedarse unas horas en albergues de Mexicali, como es el caso del centro Covina que se ubica a unos metros de la frontera con Calexico, California, donde durmieron 96 migrantes centroamericanos.

Ya no puedo sufrir otra cosa peor más que la sufrí en mi país, asegura Ludy, una hondureña de 16 años de edad que forma parte de la Caravana del Migrante que se dirige a Tijuana para pedir asilo al gobierno de Estados Unidos.

La adolescente hondureña fue víctima de violación a los 14 años y cuatro meses de edad, viaja en compañía de uno de sus compañeros de clases, quiere ser médico forense, dice estar alegre por estar cerca de la frontera y cruzar a Estados Unidos aunque piensa en quedarse en México si se complica el trámite.

Elena Aranda y su hijo quienes vivían del comercio en Honduras pero estaban obligadas a pagar derecho de piso a cambio de preservar la vida de su vástago, señalan que “dejamos todo, no se vale la pena de vivir amenazados”.