cultura | 16 de Septiembre de 2019

José López Portillo y Pacheco fue el último mandatario mexicano de ese apellido, del siglo pasado. Foto Cuartoscuro / archivo La Jornada

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Diego Fernández del Castillo

Antes del cambio de siglo (año 2000), nuestro país tuvo tres presidentes con apellido López. Me refiero a Antonio López de Santa Anna, Adolfo López Mateos y José López Portillo y Pacheco.

El tener un apellido no es sinónimo de ser buen o mal gobernante. En las siguientes líneas trataré de exponer de manera objetiva los aspectos más representativos de cada una de esas administraciones.

Por orden cronológico el primero es Antonio López de Santa Anna, uno de los villanos favoritos de nuestra historia oficial. Si bien fue presidente en 11 ocasiones, intercaladas entre 1833 y 1855, si sumamos el tiempo de cada período, no llega ni a seis años de gobierno total. Por ejemplo Juárez, el bueno por excelencia, estuvo durante cinco períodos que sumados son 15 años. Dejó la presidencia al morir.

Pero sigamos con Santa Anna, veracruzano, jugador, le encantaban las mujeres y las peleas de gallos, pero amaba profundamente a México, y aunque no se diga mucho, casi siempre que  ganaba la presidencia le dejaba los poderes a su vicepresidente, Valentín Gómez Farías, y se iba a donde fuera necesario, dejando la capital encargada, y lo mismo fue a defender de una invasión al puerto de Veracruz en donde pierde una de sus piernas de un cañonazo o a defender Texas (en invierno), que en ese momento estaba buscando independizarse de México con un “ejército” de 6 mil hombres, la mayoría de a pie, muchos de ellos con sus señoras e hijos.

 Son muchas las imprecisiones en el tema de la pérdida de Texas, pues realmente desde la campaña presidencial en Estados Unidos del entonces candidato y luego presidente demócrata Polk, prometía adueñarse de los territorios de California, Nuevo México, Arizona, Texas y lo que se pudiera para ampliar sus fronteras. Por parte de México fue nuestro presidente Peña y Peña, y no a Santa Anna, el que cerró las negociaciones para la entrega del territorio.

En el tema de los muertos del El Álamo, Texas, existen evidencias de que Santa Anna les ofreció el perdón de sus vidas si entregaban la plaza. Este personaje no parecía tener una ambición por el poder, siempre lo abandonaba para ir a las batallas (generalmente mal peleadas), o disfrutar de sus haciendas (y mujeres), especialmente la llamada Manga de Clavo, en la periferia de Xalapa.

Siempre que se le necesitó y se le pidió, él respondió aceptando la presidencia. Y si fue 11 veces presidente, 11 veces le pidieron que aceptara el cargo. Las peticiones siempre eran en nombre del pueblo y las hacían personajes ligados al muy poderoso obispo de Puebla. En esa época la iglesia católica era el principal poder fáctico del país.

Si algo que hay que mencionar, es que sus reformas educativas fueron muy buenas y adelantadas para la época. Convocó a un concurso para hacer nuestro Himno Nacional, que hoy tenemos.

Su política de cobro de impuestos fue terrible, sobre todo en últimos gobiernos en los que trató de imponer un impuesto por cada ventana que tuviera la casa y hasta por cada perro. Lo que sí es claro es que en el tema del dinero le encantaba, fue considerado el mayor bandido de la época. Su capital lo invertía en tierras, llegó a ser dueño de casi todas las haciendas entre Xalapa y el puerto de Veracruz.

Adolfo López Mateos
Fue el segundo presidente con apellido López. Nació en el Estado de México y tomó posesión del cargo a los 49 años, de 1958 a 1964. Priista, su gestión se caracterizó por un crecimiento de la economía que llegó en promedio al 6.37 % anual y, en 1964 al 11.01% con una inflación del 2.2%.

Este crecimiento parece increíble hoy día (la 2a. guerra ya había terminado y no “jalaba” a nuestra economía). A esta expansión se le llamó en México “desarrollo estabilizador” y en el mundo “el milagro mexicano”, tuteladas por el abogado Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda, de 1958 a 1970.

El crecimiento durante la presidencia de López Mateos es y debería ser ejemplo de que sí se puede hacer crecer a nuestro México.
Durante su presidencia destaca la nacionalización de la industria eléctrica (1960) y una política exterior en la que viajó a un sinnúmero de países, de ahí el sobre nombre de López “paseos”.

Consiguió que los Estados Unidos nos regresaran una porción de tierra denominada El Chamizal (en Ciudad Juárez), consistente en 177 hectáreas de terreno, que por un cambio de rumbo del Río Bravo, que se dividió en dos con lo que se formó la llamada isla de Córdova, donde actualmente está el puente internacional Córdova-Américas. Dicha división hizo que México perdiera la
superficie de la isla Córdova. Pasaron casi 100 años y, en pláticas directas tanto con John F. Kennedy como con Lyndon B. Johnson, López Mateos logró rescatar esas hectáreas para México.

En su periodo fundó el Issste (1959), se implementó el libro de texto gratuito (1959) y construyó el Museo Nacional de Antropología (1964). entre muchas otras cosas. Se destacó como un gobierno muy equilibrado en todos sentidos. El lado sombrío es que en el puesto de secretario de Gobernación tuvo tanto a Gustavo Díaz Ordaz como Luis Echeverría Álvarez, con lo que sobra decir que existió una muy fuerte represión a los grupos contrarios, sobre todo a los guerrilleros.

Pero con todo es un expresidente que se le recuerda mayoritariamente con respeto y admiración. 

José López Portillo y Pacheco
El último de los López del siglo XX. Priista, fue presidente de México entre 1976 y 1982. Llega al cargo con un problema económico grave pues su antecesor y amigo de la adolescencia Luis Echeverría había devaluado el peso de 12.50 a casi el doble, después de 25 años de estar estable dicha paridad, y la deuda externa al triple (de 8 mil a 26 mil millones de dólares).

A los que nos tocó vivirlo, el inicio del sexenio fue apenas la mitad de lo que después se conoció como la “docena trágica” con ambos presidentes. López Portillo puso los cimientos de una pésima política petrolera pues como en ese entonces se descubrieron muchas reservas petroleras, se le hizo muy fácil llevar la deuda externa de los ya muy malos 26 mil hasta los 80 mil millones de
dólares, violando los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, lo que nos ocasionó el descrédito como país.

Fue en su sexenio, en donde la corrupción y el nepotismo eran bandera de su orgullo, poniendo en puestos clave a una hermana, a un hijo y una hija, además de una secretaría de Estado que en las calles se decía que era su amante. Sus parientes viajaban en el avión presidencial Quetzalcoatl, nombre que el mismo presidente le puso pues se sentía heredero y reencarnación del mismo dios mexica. 

Los fines de semana sus familiares iban lo mismo a Italia, o a San Antonio Texas y literalmente les cerraban las tiendas para no molestarlos. Durante sus últimos días de gobierno se hizo famoso por la nacionalización de los bancos, que con lágrimas en los ojos dijo que con esa medida “ya no nos volverían a saquear a los mexicanos”. 

Se hizo de una colina completa en la parte alta de Bosques de las Lomas, Cuajimalpa, Distrito Federal y construyó una serie de mansiones faraónicas, a este lugar se le denominó “la colina del perro”, por un dicho (y decía muchos por cierto) de que él defendería a el peso, “como un perro”.

Uno de sus colaboradores cercanos fue su amigo de la infancia, Arturo Durazo Moreno, a quien nombró jefe de la policía capitalina. Las construcciones de este personaje fueron también fuera de proporción, aunque éstas con aspecto entre griego y romano, y tanto en cerro del Ajusco como un Partenón que construyó en Ixtapa, Zihuatanejo. A Durazo Moreno siempre se le ligó al tráfico de drogas, control del robo de vehículos y al asesinato y cremación de sus enemigos.

López Portillo recibió la primera visita del Papa Juan Pablo II (1979) y a muchos se nos olvidó lo malo, como una inflación acumulada de 459 %, entre muchas otras cosas.

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