cultura | 13 de Agosto de 2019

En la fotografía se encuentran -de izquierda a derecha- Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Toni Morrison. Foto Fabrizio León Diez / La Jornada Maya

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Fabrizio León Diez / La Jornada Maya
Tijuana, 13 de agosto.- Habrá sido en la primavera cuando conocí a Toni Morrison en una cena en la casa de Carlos Fuentes, y como comensales estaban Silvia Lemús, Mercedes Barcha, Natasha Fuentes, Gabriel García Márquez, Eduardo Matos Moctezuma, su hermano y el hijo de la Premio Nobel de Literatura, en cuyo honor era la particular velada en el barrio de San ángel de la Ciudad de México.

Nunca supe si el privilegio de estar ahí y el trato que se me dio fue producto del azar y la buena suerte, o porque el director fundador de La Jornada, Carlos Payán, les dijo que yo iba en su representación, pues la sorpresa fue mayor cuando se me asignó un asiento en la mesa, mientras yo pensaba que era una orden de trabajo por estar de guardia en el periódico. Las tres cosas, obvio.

La poeta era una hermosa mujer que al verla sentada presidiendo la mesa parecía una efigie, y en su andar y hablar una inteligencia de dama absoluta.

De la mesa pasaron a la sala donde la mezcla de ideas, citas, recitaciones y anécdotas tenían diferentes idiomas. Natasha en francés, Toni en inglés y Mercedes en español, mientras Silvia mutaba en un solo párrafo o inspiración una línea en cada lengua.

Un momento culminante fue ver juntos en un sillón blanco a Morrison en medio de Carlos Fuentes y Gabo; pudo ser la hormiga que describió García Márquez o la oración de la raza vocalizada por la enorme voz de Toni, pero el anfitrión lo llevó a la escena gesticulando con una pasión de enamorado, sentado a la izquierda de la invitada y politizando la discusión.

La cena me supo mejor en la cocina con la cocinera y los meseros, poco antes de partir, pues entre los wiskis y la peculiar manera que tenía Gabo y Fuentes de poner en ambiente a los invitados y las intervenciones de Matos Moctezuma en los momentos cúspides de una teoría de conspiración milenaria, la reunión tornó en bohemia y García Márquez nos confesó su plática con la señora Morrison.

En un privado, nos sentó alrededor de una pequeña mesa a Natasha y a quien escribe para decirnos que mientras nosotros los veíamos a ellos en el sillón, ellos nos veían a nosotros, dos treintañeros en esa época, y que era obligación, de ellos, decirnos de “que va” la vida, en la jerga colombiana de García Márquez donde el “mire” del usted, lo conjugaba con la astucia de un viejo que usaba sacos cuadrados y le daba símbolo a los detalles que hay que evitar “para que no suceda una desgracia”, recuerdo que dijo. Pocas pláticas se me han quedado tan grabadas.

“Mire usted”, comenzó diciendo, y ya no paró por cinco minutos.

La vida va en tres pistas para aterrizar. La vida pública donde los demás creen lo que usted quiere que crean o ellos quieren ver; la privada, en donde habita y comparte con quien usted elija y quiere; y la vida secreta, que realmente es la única que nos pertenece. “La vaina es ejercer las tres y al mismo tiempo”. Así, pero en prosa hablada por el señor Gabriel.

No recuerdo en qué más abundó, pero me sentí aboyado y Natasha le respondió en perfecto francés. Las escenas que siguieron fueron captadas y encapsuladas. Los protagonistas estaban en perfecta forma, salvo el representante del director que, al despedirse de la poeta, ésta lo tomó con sus manos el rostro y le implantó su voz, a la mitad de los ojos, mientras García Márquez al fondo del jardín titiritaba de risa y gozo. “Ya se lo dije”, exclamó en perfecto colombiano.

Hace unos días murió la señora Morrison.

 

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