cultura | 13 de Enero de 2019

Foto La Jornada Semanal

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José María Spinoza

Ciudad de México, 13 de enero.- En estos tiempos que vivimos, los carteles que muestran fotos de delincuentes forman parte ya de la vida cotidiana: “Si lo reconoce denúncielo.” Hace unos meses el Museo Archivo de la Fotografía de Ciudad de México presentó una singular exposición, Se buscan, retratos inéditos de uno de nuestros mejores y más célebres fotógrafos, Manuel Álvarez Bravo, sacados de su acervo, de personas desconocidas. O al menos desconocidas hasta ese momento, y en la muestra se proponía al público reconocerlos. No se trata, en principio, de que ese hecho, saber quién es el de la foto, altere la calidad de la misma, ni tampoco necesariamente que le agregue un valor documental (aunque a veces sí). Se trata más bien de un aporte emotivo: ponerle nombre al rostro significa en cierta manera identificarlo e identificarnos con él, saber quién es en un sentido más profundo. Pero tal vez lo que conviene pensar es en lo que significa la experiencia de encontrar. Es famoso ya lo absurdo de la frase, perfectamente comprensible en ciertas zonas del sur del país, “lo busco, lo busco y no lo busco”, donde el tercer “busco” es sinónimo de “encuentro”.

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Así es lo que ocurre, de cierta manera irónica, en el terreno político: a los delincuentes “los buscan, los buscan y no los buscan”. Pero en los retratos fotográficos la búsqueda en cierta manera ya concluyó y ahora se busca, porque se ha perdido, su nombre y con él su identidad. Lo evidente es el pulso fotográfico de Álvarez Bravo. Lo que está ya en sus retratos más conocidos, vueltos célebres no sólo por ser él el fotógrafo, sino por quienes retrata, aquí se nos aparece de manera tal vez más desnuda, sin el filtro de la fama o el prestigio del modelo. Por ejemplo, se podrían establecer series de quienes miran a la cámara en el momento del clic o de quienes no lo hacen, sino que pierden su mirada en el horizonte de lo que en otra época se llamó “fuera de campo”. ¿Significan de manera distinta? Creo que sí, e incluso si cada toma establece una autonomía también es verdad que configura un estilo, como lo hace también la proximidad del modelo y la distancia que elige para el encuadre.

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Intriga qué entendemos cuando en el pie de foto se lee la expresión “personaje desconocido”, al grado de que suele usarse el más aséptico “no identificado”. Si seguimos analizando las ambigüedades de los usos verbales, cuando la exposición juega con el término “se buscan”, lo hace como una manera de trasladar la culpabilidad al fotógrafo. No se quiere para el retratado un castigo, como en el caso jurídico, sino algo menos –ponerle nombre– y algo más –hacer una anagnórisis. En otro lugar he escrito que la aparición del retrato fotográfico como un abismo de la mirada se da cuando, ante una de las célebres fotografías que Nadar hizo de Charles Baudelaire, éste, ya afectado en sus facultades mentales por la sífilis, pregunta ante su retrato: ¿quién es?

Eso es lo que nos preguntamos siempre ante un retrato, incluso si sabemos el nombre: ¿quién es? La foto nos obliga, incluso si está datada por el tiempo, a interrogarla en presente, que termina volviéndose un uso infinitivo. En la fotografía nunca se deja de ser o, mejor dicho, siempre se es. El rescatar este material inédito nos devuelve en cierta manera a Álvarez Bravo –creo que a don Manuel le habría gustado– a una cierta condición de fotógrafo callejero, casi “de agüita”. Tal vez por eso los editores del libro Se busca anteceden el texto con un epígrafe del propio Álvarez Bravo en donde señala, en una carta a Nancy Newhall, que nació en el centro de la ciudad, detrás de catedral, justo donde se realizó la exposición y en donde no hace mucho se descubrió un tzompantli enorme. ¿No es un conjunto de retratos, sea en una exhibición en una galería, en una instalación en honor de los 43 de Ayotzinapa, o incluso en un cartel de “se busca” una variante del tzompantli? ¿No es el retrato fotográfico la síntesis de todo rito funerario?

La edición del libro-catálogo está llena de detalles inteligentes en su diseño editorial, como el suaje que subraya la individualidad de los retratos y a la vez aporta la condición colectiva. Entre ellos también se inscribe el del fotógrafo pues, en muchos sentidos, es a él a quien alude el sentido del título, Se buscan. Se buscan otros Álvarez Bravo. Y prolonga el experimento, rinde cuenta de los retratos que adquirieron un nombre, es decir, han sido identificados los modelos. No deja de ser paradójico que aquellos que no lo han sido aumentan su misterio. A la vez, el gesto permanece abierto pues el libro invita a quien quiera, a través de la web, a visitar el archivo catalogado y a seguir el proceso de anagnórisis, como si se quisiera alcanzar ese momento clave en que la locura de Baudelaire se vuelve certeza absoluta y pudiéramos decir que ese fotografiado es nadie, es decir Ulises (y viene a mi memoria el extraordinario ensayo de Daniel González Dueñas, El libro de nadie, que ya merecería una reimpresión), el hombre que vuelve. Por lo pronto, ese lúdico juego de búsqueda, primero exposición y ahora libro, debido a la colaboración de Carmen Tostado (Museo Archivo de la Fotografía) y Aurelia Álvarez Urbatell (Asociación/Archivo Manuel Álvarez Bravo) es una espléndida oportunidad para revisitar la obra del gran fotógrafo .

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