méxico | 12 de Diciembre de 2015

José Sarukhán Kermez. Foto Cortesía Semarnat

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​Lourdes Rudiño, La Jornada

Ciudad de Mèxico, 12 de diciembre.- No hay por qué satanizar a los organismos genéticamente modificados o transgénicos, pues han demostrado ser útiles en la medicina o para remediación en casos de derrames tóxicos; asimismo, para el caso de México en específico, en todas aquellas plantas modificadas que no son originarias del país, no habría problema en abrirles la posibilidad de siembra comercial, siempre y cuando haya una buena evaluación de impactos ambientales de la propia planta y de todo lo que su cultivo implica, herbicidas, insecticidas, etcétera.

José Sarukhán, coordinador general de la Comisión Nacional para el Conocimiento de la Biodiversidad (Conabio), afirmó lo anterior, y aclaró que en todas aquellas plantas donde México es centro de origen, como es el maíz, como producto icónico, “lo menos que necesitamos es que nos traigan cosas de ese tipo [transgénicos], pues [el maíz y todas las demás plantas nativas] son nuestro patrimonio y éste nos ha permitido gozar la diversidad que hoy tenemos”.

Consideró que lejos de buscar maíces transgénicos, lo que debemos hacer en el país es unir el conocimiento de los campesinos mexicanos y el de la ciencia moderna, “y ponerlos juntos para crear un gran proyecto nacional de mantenimiento de la soberanía alimentaria, de la seguridad alimentaria, un proyecto propio, no de una compañía a la que hay que comprarle las semillas”.

Explicó: además de ser México un país de gran diversidad biológica, silvestre, es, junto con el resto de Mesoamérica, uno de los cuatro o cinco centros de origen líderes globales. “Eso quiere decir que hubo una interacción entre la diversidad cultural del país y la diversidad biológica que resultó en la producción de decenas de plantas cultivadas en México, muchas de las cuales son utilizadas en todas partes del mundo. El maíz es icónico, y es el cereal más ampliamente cultivado en el mundo hoy, pero también tenemos jitomates, frijoles, chiles, calabazas, toda una lista enorme, y hay que hacer ver que estas plantas no existen en la naturaleza, son creaciones humanas, y fundamentalmente de las mujeres, que históricamente han observado, seleccionando, sembrando…

“¿Qué quiere decir esto? Tenemos un gran conocimiento que se ha ido trasmitiendo oralmente. Se han producido muchas razas de maíz en México, y en este momento tenemos vivas 59 que se cultivan a pesar de que eso no es un negocio para los campesinos. Toda esta gente lo aprecia porque tiene para ellos un valor especial, nutritivo a veces, por sabores a veces, por ceremonias a veces, y prefieren pagar un monto mayor por estas razas nativas que por el maíz que pueden encontrar en Diconsa. Lo que tenemos aquí es una gran diversidad genética que permite la adaptación a los diversos ambientes, y cuando tenemos un cambio climático que está generando muchas modificaciones en el clima, esto es una mina enorme  de diversidad genética y lo que debemos hacer es conocer y entender esa diversidad genética, para poder utilizarla y desarrollarla. No hay una tecnología que pueda repetir esto, por mucho que los biotecnólogos digan que sí la hay.”

Sarukhán explicó que las razas nativas que hoy tenemos no son las mismas que existían hace cinco mil años, pues se han venido modificando progresivamente. Entonces la idea de tener semillas en bancos de semillas supuestamente para preservarlas y utilizarlas cuando las necesidades alimentarias del planeta lo requieran es algo equivocado. Lo que se tiene en bancos de semillas “es apenas un cuadrito de la película, pero no se tiene la película”. Lo que tenemos en campo “es la película completa, con los procesos de diversidad genética, pero además tenemos a quienes han estado filmando la película, que son los campesinos y que nos están dando un proceso evolutivo enorme que no hemos sabido apreciar.

“Todas nuestras plantas cultivadas vienen de plantas silvestres. El maíz se origina del teosintle, los jitomates vinieron de parientes silvestres, los chiles provienen de dos o tres especies silvestres. Todos esos parientes silvestres los tenemos por toda la República. Es una riqueza no de miles de años, sino de millones de años. Están allí listos para poder utilizarlos y ser solución a crisis alimentarias. En el siglo XIX el tizón tardío de la papa propició una crisis brutal alimentaria en Europa y fue en México donde se encontró la especie resistente al tizón. El valor de encontrar eso es gigantesco. Y en Conabio queremos impulsar la preservación de las especies y la continuidad de su diversificación. Y no hay mucho tiempo, pues los jóvenes están emigrando del campo. Tenemos que hacer un esfuerzo muy grande y movernos rápido. Poner a trabajar a genetistas, agrónomos, sociólogos y economistas rurales, antropólogos y campesinos como actores centrales”.

Sarukhán destacó el hecho de que la producción agrícola en México se realiza fundamentalmente a pequeña escala; alrededor de 80 por ciento de los predios son minifundistas, y sólo el 20 por ciento utiliza maquinaria y sistemas sofisticados, agroquímicos y demás. La diversidad y la preservación de las plantas están en el minifundio.

Destacó la labor que realiza la Conabio en proyectos a nivel local y que van a tono con la preservación de especies y plantas y al tiempo con el bienestar económico campesino.

Desde hace unos diez años la Conabio trabaja directamente con comunidades, sobre todo del corredor biológico mesoamericano, que comprende Oaxaca, Chiapas, Tabasco y la Península de Yucatán, impulsando proyectos económicos y colectivos de aprovechamiento de recursos naturales, orientados a garantizar la permanencia de bosques y selvas al tiempo que la gente que vive allí, los campesinos, obtienen ingresos y valorizan sus recursos.

“Es un trabajo absolutamente a nivel local, pues nuestra preocupación es ayudar a las empresas sociales a poder funcionar mejor, a capacitarse, a tener contactos. Hay situaciones donde no podemos hacer nada; por ejemplo, si la gente no tiene capacidad de producción, ciertamente no va a poder producir, pero hay otras donde sí podemos ayudar de forma importante aportando un mayor conocimiento de los recursos.”

Comentó que este trabajo inició con comunidades productoras de una fibra natural, la pita, que es la más resistente conocida hasta ahora, larga y sedosa, con la cual se elaboran cinturones y artesanías, muchos orientados a la charrería. La Conabio impulsó para que los productores obtuvieran el registro de la marca “Pita de la Selva”. “Lo que hicimos fue estudiar la biología de esto, su distribución; les dimos a los productores toda la información para que hicieran el registro de la marca colectiva, para que nada más pudiera llamarse Pita de la Selva”, dado que esta fibra enfrenta la competencia de otras fibras artificiales como el nylon.

De acuerdo con información de la Conabio, el impacto del manejo de la pita, que ocurre bajo manchones de selvas, vegetación secundaria o cafetales, “constituye una opción viable para la conservación de la cobertura vegetal en el trópico húmedo del sureste de México”.

La Conabio también se involucró en el tema del Río Balsas, donde identificó las especies con que las comunidades estaban trabajando y también áreas de distribución; la Conabio les dio elementos técnicos para que pudieran reproducir los copales pero sin agotarlos, “para que tuvieran una materia prima que pudiera permanecer más tiempo”. Un área de acción más fue la de los mezcales de Oaxaca, Guerrero, Michoacán y Durango, para que los productores pudieran tener el registro de denominación de origen, pues su materia prima son siete u ocho especies diferentes de agave silvestre.

“En el corredor biológico mesoamericano trabajamos con las comunidades para ver cómo aprovechar sus selvas y bosques que están entre las áreas naturales protegidas; aprendimos muchísimo y a veces las cosas no salieron como queríamos, porque los proyectos de inicio no fueron muy claros, pero esto ha llevado a que trabajemos en cadenas de valor productivas para seis o siete productos”. Uno de ellos es café orgánico, porque tiene la virtud de que mantiene el bosque o la selva, no usa agroquímicos y es el café de mejor calidad, de altura; otro cultivo es el chicozapote, originario de México, cuyo producto es el chicle natural muy valorado en los mercaos europeos. El chicozapote es un árbol predominante en la selva del Petén, en Chiapas, Tabasco y Campeche.

A los chicleros la Conabio los ha ayudado a dar pasos en la industrialización y marca de su producto, y el chicle se vende con una leyenda que dice que es cosechado por nativos de la zona de las selvas y que ayuda a la sustentabilidad y a la permanencia de las selvas, además de que ayuda a vivir a las comunidades.