deportes | 12 de Junio de 2018

Directivos de la FIFA realizaron visitas casi clandestinas al país antes de dar su voto a Rusia  Foto Tomada del Facebook de la FIFA

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Juan Pablo Duch Corresponsal / La Jornada
Moscú, 12 de junio.- Ya va a empezar la fiesta y todavía hay muchas personas que, aquí y en el resto del mundo, se preguntan cómo le hizo Rusia para obtener el derecho a ser sede del primer Mundial de futbol en Europa del este, el mismo día que los honorables miembros del Comité Ejecutivo de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) también otorgaron la gracia de otro Mundial al emir de Catar, quien prometió poner aire acondicionado al desierto de la península arábiga, así como cerrar los ojos cuando por las tribunas de sus estadios, construidos por migrantes convertidos en casi esclavos, fluyan torrentes de cerveza de la compañía gringa con derechos exclusivos como patrocinador oficial.

Lástima que el desenlace –con escena de éxtasis incluida: serios funcionarios gubernamentales trajeados brincando de gusto y apretando los puños como si hubieran anotado el golazo de su vida– se produjo el 2 de diciembre de 2010, en la ciudad suiza de Zurich y no en alguna zona arqueológica del sureste mexicano, cuna ancestral de los mayas, en lo que hubiera sido un merecido homenaje a los inventores de otro juego de pelota, cuando se competía no por un dineral como ahora, sino por el honor de ser sacrificado para contentar a los dioses.

Con una intensa agenda de encuentros y como principal promotor de las bondades de la propuesta rusa, el entonces primer ministro con facultades de verdadero jefe de Estado, Vladimir Putin, puso todo su empeño para inclinar la balanza en favor de la candidatura de su país.

Quienes están convencidos de que el lema fair play (juego limpio), adoptado en 1993 como campaña permanente por la FIFA, se refiere también a las votaciones, sostienen que la candidatura rusa era simplemente la mejor. Y punto.

Argumentan, en defensa de su versión, que ejercieron un efecto decisivo en la mente de los votantes las iniciativas rusas de dejar entrar al país sin necesidad de visa a toda persona que haya comprado un boleto para un partido del Mundial y que se haya registrado para obtener, mediante sencillo trámite, un llamado pasaporte del aficionado, mejor conocido como tarjeta Fan-ID, además del ofrecimiento de transportar gratis entre las sedes mundialistas al ejército desarmado de adeptos de cada selección que juegue ahí.

En el plano de la infraestructura, Rusia ofreció construir nueve estadios y renovar tres más, modernizar sus aeropuertos, tender nuevas líneas para trenes de alta velocidad, tapar los baches en las calles y garantizar la seguridad durante la justa, derribando con sus misiles no nucleares, si fuera indispensable, cualquier dron que sea avistado cerca de cualquier objetivo mundialista.

Cuartel general de la cloaca

Los que sostienen que es un despropósito afirmar que resolvió la votación el juego limpio, que no existe ni dentro de las canchas –y recomiendan ver en cámara lenta la llave de lucha grecorromana que aplicó el defensa madridista Sergio Ramos al mejor jugador scouser (seña de identidad que prefieren los aficionados del Liverpool), Mohamed Salah, en la más reciente final de la Liga de Campeones, en Kiev– defienden su propia explicación de lo que pasó en Zurich, donde tiene su cuartel general la FIFA, pero es más conocido como cloaca universal de las finanzas que utilizan los corruptos de todas partes para esconder sus fortunas mal habidas.

Sugieren que tal vez también contribuyó que, en los meses precedentes al gran día, Putin se esmeró en atender en territorio ruso, a cuerpo de rey, a casi todos los votantes. Más de la mitad, seguro, según se atrevió a reconocer el que era máximo responsable del deporte en este país, Vitali Mutko, viejo conocido del presidente desde los tiempos de la alcaldía de San Petersburgo y ahora viceprimer ministro a cargo de la construcción, otro formidable negocio.

Cuando se supo que hubo un extraño y sigiloso desfile por la capital rusa, y también, en ocasiones, por el balneario de Sochi, en la costa del mar Negro, de quienes tenían la prerrogativa de decidir las próximas sedes mundialistas –por cierto algunos de ellos personajes de muy dudosa reputación, como se pudo comprobar al estallar más tarde el escándalo que tumbó del pedestal a Joseph Blatter, el mandamás de la FIFA–, los reporteros más concienzudos trataron de encontrar las fotos de rigor o las menciones en la agenda del dueño del balón en Rusia en funciones de jefe de gobierno. Vano esfuerzo. Se trató de visitas privadas, casi clandestinas.

Todo fue legal

En medio de la zozobra, no tardó en saltar al ruedo de las explicaciones un encargado de aclarar que, a diferencia de los miembros del Comité Olímpico Internacional que tienen prohibido este tipo de viajes a países que compiten por ser sedes, los integrantes del Comité Ejecutivo de la FIFA no tienen impedimento alguno.

El único requisito es avisar oportunamente a la oficina del presidente del organismo, lo cual –afirman como si juraran sobre una imaginaria biblia ortodoxa– se hizo en todos los casos sin excepción.

Al poner al tanto de esos periplos al aún no defenestrado Blatter, amigo personal de Putin, se observaron todas las apariencias de legalidad. Ni quien lo dude, igual que el éxito catarí está por encima de toda sospecha, o eso quieren hacer creer desde Doha, la capital del antiguo protectorado de Gran Bretaña.

Acertijo

En sentido estricto, a estas alturas da igual cómo consiguieron Rusia y Catar el derecho a organizar un campeonato mundial de futbol, mientras quedó sin respuesta la pregunta que, como acertijo sin solución, muchos se hicieron entonces en Zurich: ¿Ahora siempre habrá qué comprar los mundiales?

En cuanto a Rusia no hay pruebas para confirmar que así haya sido, y tampoco la certeza de que no recurrió a métodos cuestionables para conseguir su objetivo.

Para entender cómo apareció la candidatura rusa hay que remontarse 10 años, al día que, en semifinales de la Eurocopa de 2008, España se impuso tres goles a cero al combinado del mago holandés Guus Hidding, puesto al frente de la selección rusa por el magnate Román Abramovich, dueño del londinense Chelsea y el mismo que años después también pagó de su bolsillo el salario de otro director técnico foráneo de la Sbornaya (selección rusa), el italiano Fabio Capello.

Después de un largo periodo de penuria futbolera, con Hidding, Rusia volvió a adquirir protagonismo en las canchas, habiendo sido en la época soviética medalla de oro en dos Juegos Olímpicos (Melbourne, Australia, 1956, y Seúl, Corea del Sur, 1988,), así como vencedor de la primera edición de la Eurocopa (Francia, 1966) entonces llamada Copa de las Naciones de Europa.

Tal vez por este motivo, y la coyuntura internacional favorable para el lucimiento del anfitrión, Putin dio luz verde para presentar la candidatura de Rusia como sede del Mundial en 2018.

Mina de oro

Los impulsores de la idea de traer el Mundial a Rusia difícilmente podrían pensar en que esto se traduciría en éxitos deportivos para su selección. En cambio se veía como una auténtica mina de oro sin explotar para el selecto grupo de allegados del entorno presidencial, amigos reconvertidos en grandes empresarios por azares del destino.

Una década más tarde, sobre todo desde la anexión de Crimea en 2014 y los siguientes motivos de distanciamiento con Estados Unidos y sus aliados europeos, se vino abajo el plan del anfitrión de ser aclamado urbi et orbi, con permiso del inquilino del Vaticano por usar, sin pagar derechos de autor, el nombre de su bendición más famosa, durante la ceremonia de inauguración el 14 de junio.

En la tribuna de honor del estadio Luzhniki, entre los invitados especiales, no estarán junto a Putin sus homólogos del G-7, los gobernantes más poderosos del mundo, que no vendrán a Rusia salvo que su equipo llegue a la final, y en algunos casos ni así.