cultura | 12 de Abril de 2018

Están desequilibradas respecto a la poca o nula participación de las mujeres en la defensa de la parte de honor que les corresponde como sujetos constructores de la cultura Foto Tomada de LetraEse

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Elizabeth Villa
La organización del espacio derivada del establecimiento de las demarcaciones geográficas entre México y Estados Unidos por el Tratado de paz, amistad, límites y arreglo definitivo entre la República Mexicana y los Estados Unidos de América de 1848, trajo consigo una serie de acomodos, ajustes y conciliaciones entre las comunidades residentes en ambos lados de la frontera que lejos de separar definitivamente a ambas naciones se constituyeron como los primeros indicios de un proceso continuo en el que los límites antes que permanecer estáticos se han mantenido en movimiento. 

Esta noción de frontera como sentido de área dinámica, decimonónica, mexicano-estadounidense del siglo XIX, que se sobrepone al sentido político lineal, es el marco en el que han inscrito ejercicios de autonomía masculina cuyas representaciones histórico-literarias se fueron construyendo mediante la asociación del honor y la valentía al uso legítimo de la violencia. Algunos de los héroes de estas representaciones narrativas, como Catarino Garza, han quedado inmortalizados en cantares populares como los corridos y sus historias tienen la particularidad de presentar el choque de dos mundos normativos: el del marco jurídico de los nacientes estados mexicano y norteamericano y el del ejercicio legítimo de la violencia. 

El profesor Robert Paul Hog ha investigado sobre el desarrollo de la masculinidad en dos colonias inglesas (Quessland y British Columbia) en el siglo XIX para presentarlas como sociedades de frontera en donde los hombres tuvieron la oportunidad de representar la masculinidad en un lugar ajeno a su cultura de origen. El gentleman británico trasladado a la frontera estuvo expuesto a dificultades y exigencias físicas que requirieron el máximo rendimiento de sus virtudes musculares; lejos de sentirse intimidados y derrotados por las fuerzas de la naturaleza, muchos hombres se deleitaban en el desafío. Esta reinterpretación de la masculinidad en la frontera del siglo XIX obedecía al imperativo de una supervivencia que llevaba a los sujetos prontamente a adoptar un rol activo en la organización de las nuevas regiones en lugar de actuar como simples víctimas de un poder imperial. El rol dinámico asumido por los actantes de estas ―en muchos aspectos― narrativas épicas, señala una visión de la frontera más cercana a un proceso, por su sentido de cambio, que a la casi imperceptible movilidad de una estructura. 

La frontera como espacio donde se desatan las fuerzas latentes de la viveza, exuberancia, agudeza, curiosidad e ingenio del ser humano para dominar el mundo material fue enaltecida en el ensayo fundacional. El significado de la frontera en la historia americana de Frederick Jackson Turner. En éste, el historiador crea una relación causal entre tierra libre, individualismo y democracia. Para Turner, el carácter norteamericano se forjó como resultado del proceso expansionista hacia el Gran Oeste. La territorialización del espacio fronterizo, de acuerdo con Turner, fue para el colonizador una especie de escuela de adiestramiento militar que mantuvo vivo para sí el poder de la resistencia a la agresión y desarrolló sus rudas y esforzadas cualidades como hombre de frontera. El individualismo dominante del norteamericano tendría como consecuencia que la modelización del sujeto a las condiciones adversas de la naturaleza y de la lucha contra la ocupación india fijaran los rasgos en el carácter que serían el germen para el nacimiento de la democracia. 

Otra representación del ejercicio de las autonomías masculinas en la frontera puede encontrarse en las historias de violencia narradas por los cantares populares conocidos como corridos. Los estudiosos Catherine Heau Lambert y Gilberto Giménez señalan que la violencia, aun cuando su sentido primario en el idioma español sea el de una conducta esencialmente transgresora, puede construirse socialmente de modo que llegue a implicar la noción de “acción legítima”. Lo que se considera como violento en ciertos contextos socioculturales deja de serlo en otros. Ambos investigadores señalan que esta dualidad se explica por la coexistencia de dos mundos normativos diferentes que definen de manera distinta la violencia. En el análisis de los corridos que exaltan las glorias de los héroes populares de la frontera mexicana en el siglo XIX, la violencia se configura mediante gramáticas socioculturales que los analistas llaman sociogramas. Mediante estas herramientas es posible reconocer el conjunto de signos culturales que se organizan en torno a un núcleos condensadores de sentido como “el honor” y “el valiente”; ambos también asociados con el ejercicio legítimo de la violencia. 

Si agudizamos la vista sobre estas historias de hombres fuertes en la frontera puede parecer que están desequilibradas respecto a la poca o nula participación de las mujeres en la defensa de la parte de honor que les corresponde como sujetos constructores de la cultura. No quiero decir con esto que para lograr el equilibrio estemos obligados a reconstruir las historias de violencia y hacer partícipes a las mujeres de ellas. Pero sí quiero señalar que su desproporción, respecto al tipo de esquemas estructurales como los sociogramas, nos revela que la ausencia de las mujeres puede deberse a que en estas narrativas de frontera las acciones vitales de la supervivencia y la conquista son celebradas por encima de aquellas que tendrían relación con la reproducción y el mantenimiento de la especie humana. Se trata más de la narración de las victorias ganadas que del recuento de genealogías.