espectáculos | 12 de Marzo de 2018

David Gahan, vocalista que junto con la banda anoche hicieron delirar a miles de rucos y jóvenes en el Foro Sol. Foto Jesús Villaseca / La Jornada

Por

Por 

Juan Manuel Vázquez / La Jornada

Ciudad de México, 12 de marzo.- La verdadera credencial del fanático es la paciencia. Sin ella, cómo soportar las horas en las filas para recibir el autógrafo, años y fortunas coleccionando discos y chucherías alusivas a un artista, horas con la oreja pegada al teléfono y la tarjeta en la mano a ver si esta vez entra la llamada para comprar boletos. No, sin esa capacidad de espera bien templada no habrían tolerado un año entero desde que salieron a la venta, y se agotaron, las entradas para ver a Depeche Mode en México.

Esta espera merecía su cuota de complacencia, lo nuevo, sí, también, pero los fanáticos se alimentan de hitse himnos. Escuchemos el disco reciente Spirit, pero siempre como colofón a los emblemas de la banda, que por lo que corearon anoche los 65 mil asistentes al Foro Sol, pocas les pisan los talones a las canciones del Ultra y Violator, elevados al nicho de los clásicos.

Por eso, Depeche Mode no podía regresar de otra forma a Ciudad de México. Desde su primera visita hace más de dos décadas no han hecho sino abultar su ejército de seguidores; todos configurados como uno, que se balanceban sexys, en una coreografía de imitación al líder David Gahan, entertainer con el número más que dominado, que seduce y conquista. Solo algunas bandas tienen la gracia de entrar en perfecta comunión con sus fieles, y Depeche Mode es de las más sólidas.

La noche empieza con una entrada reconocible, Revolution de los Beatles, sólo para poner ambiente de nostalgia contestataria. Y arrancan con una pieza reciente, Going Backwards. Sólo para medir reflejos, porque de ahí vino un par de canciones del Ultra que anticiparon por donde se iría la noche. It´s no good y Barrel of a gun trajeron al Gahan más Gahan que esperaban, ese que se contonea con chaleco de vestir y sin camisa, el cachondo que se acaricia la bragueta, el que oscila las caderas. Cuéntame más, papi, le grita una joven como bienvenida lúbrica. Martin Gore es el crooner sobrio y de voz que provoca ensueños –dos gemas, Insight y Home lo confirman como un intérprete de calado hondo–; Andrew Fletcher es el más discreto, como un director de orquesta atento al desarro-llo del concierto.

Depeche Mode también refrendó su prosapia dentro de la música pop, como esa banda que trascendió los límites de la electrónica en las pistas de baile porque nacieron con vocación de rock de estadios. Lo suyo son las masas –el disco de 1987, Music for the masses, no fue un acto de cinismo sino de sinceridad.

Cuando se piensa en la vejez de los rockeros vienen a la memoria los crionizados Rolling Stones, pero este trío de Basildon lleva junto casi cuatro décadas. En ellos hay una biografía colectiva que empieza con unos muchachitos bien vestidos que irrumpieron con sintetizadores y cajas de ritmos a principio de los años 80, y amanecieron travestidos en estrellas de rock, con su cuota obligatoria de excesos. Y a pesar de todo, aquí están, intactos y pletóricos, haciendo delirar a miles de chilangos, cuarentones y jóvenes.

Cover me les recuerda a los más jóvenes que esta banda tiene sus orígenes en los sintetizadores a lo kraftwerk, con ese ritmo trotón y bailable, el canon del synth pop, pero funcionan más con los maduros. Esa está bien progresiva, dicen unos cuarentones que no dejan de balancear sus cuerpos embarnecidos.

Pero los fanáticos vinieron a cobrar por su paciencia. Y cuando suenan los himnos de Enjoy de silence, todo se estremece. ¿Hay salidas de emergencia?, bromea uno. Everything counts es otro bombón para los nostálgicos del tecno ochentero. Pero decíamos, lo de Depeche es tocar en las fronteras, y Personal Jesus trajo una pista de baile y un concierto de estadio. Una noche perfecta para los fanáticos, perfecta de música y baile para las masas.

Sondeo

El segundo debate cambió tu opinión respecto a los candidatos a la Presidencia?