mundo | 11 de Agosto de 2017

Durante años la migración mexicana creció un promedio de 10 % y se duplicó cada década; de 759 mil mexicanos en 1970, en 2000 llegamos a 9.1 millones y tras un ajuste en 2010 alcanzamos 11.7 millones, pese a los muros fronterizos. Foto Cuartoscuro / La Jornada

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Jorge Durand, La Jornada Sin Fronteras

Después de un siglo de mantenerse el statu quo migratorio entre México y Estados Unidos, con sus altas y sus bajas, su movimiento pendular, la apertura y cierre de fronteras y los dimes y diretes permanentes entre los dos países, parece que se ha llegado a un punto de quiebre. No va a ser lo mismo de antes, con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos. Más bien no debería ser lo mismo.

A lo largo de más de 10 décadas los mexicanos nos hemos desentendido de la emigración irregular y los estadunidenses se han hecho de la vista gorda y han tolerado la migración indocumentada. En México nunca se hizo nada, en el otro lado tampoco se decidieron a aplicar la ley, ni a poner los medios legales y efectivos para controlar el flujo migratorio, simplemente no les convenía.

El cántaro se desborda, por el incremento notable del flujo en las décadas de 1970, 80 y 90. Durante 30 años el flujo migratorio mexicano y centroamericano creció a un ritmo promedio de 10 por ciento anual, es decir, se duplicó década tras década. Fue un crecimiento exponencial. El censo estadunidense de 1970 detecta a 759 mil mexicanos, en 1980 fueron 2.1 millones, en 1990 se dobló a 4.2 millones y en 2000 llegamos a 9.1 millones. A ese ritmo de crecimiento debíamos haber llegado a 18.2 millones en 2010, pero no: solo alcanzamos 11.7 millones. Desde 2005 se nota un decrecimiento de la migración mexicana, especialmente la irregular.

Como quiera, fue demasiado y no se quiso poner solución a tiempo. En Estados Unidos todas las propuestas de reformas migratorias de la última década fueron desechadas y en México seguíamos pensando que no era asunto nuestro, sino del vecino. Salvo la propuesta de la enchilada completa de Fox y Castañeda, no hubo otra postura proactiva. En la actual coyuntura impera la política sin estridencias, del buen vecino, o el vecino buenito, ante las permanentes impertinencias de Trump como candidato y como presidente.

Al volumen total de mexicanos actual de 10.5 millones hay que sumar otra docena de millones de migrantes centroamericanos, caribeños y sudamericanos, muchos de los cuales fueron migrantes en tránsito por México. Hay que reconocer que este flujo es también centenario, pero que en las últimas décadas su volumen se ha potenciado exponencialmente y su manejo deja mucho que desear.

Y por unas u otras razones a todos esos migrantes se les considera en Estados Unidos como si fueran mexicanos. La geografía no es el fuerte del pueblo estadunidense, ni tampoco de los políticos. Les da lo mismo que sean de Honduras, el Salvador, Chiapas o Oaxaca. Nunca más cierto el dicho aquel de que ese amigo es un mexicano de El Salvador.

Y entre los ires y venires de los migrantes, nosotros y ellos nos acomodamos y atrincheramos en los dimes y diretes. La retórica bilateral se ha mantenido firme en cada bando, de esta orilla del río Bravo hablamos de indocumentados y allende el río Grande de ilegales.

Por este lado argumentamos que los trabajadores migrantes pagan impuestos y, por el otro, señalan que los migrantes se aprovechan de los servicios sociales, educativos y de salud y son una carga para la sociedad.

Acá afirmamos que los migrantes son personas que solo buscan trabajo, que son eficientes y que realizan las tareas que los nativos no quieren hacer y la contraparte afirma que los migrantes vienen a quitarles los puestos de trabajo a los nativos y que deprimen los salarios.

La idea de que los trabajadores mexicanos son irremplazables y, por tanto, tolerados, también está muy difundida. Ciertamente una retirada masiva de trabajadores irregulares mexicanos de los campos agrícolas sembraría el caos y los salarios subirían a 15 o 20 dólares la hora y difícilmente encontrarían remplazo. Pero eso no ha sucedido ni sucederá. Los viñedos de Trump en California no se van a dejar de cosechar.

Ochenta y cinco por ciento de la mano de obra agrícola no calificada de Estados Unidos es nacida en México y en su mayoría indocumentada. Fue una estrategia diseñada de manera precisa para que los mexicanos se ocuparan de esas tareas. No hay negros, ni chinos trabajando en los campos, tampoco filipinos. Los últimos fueron los trabajadores negros del tabaco y ya les dejaron la chamba a los mexicanos, en su mayoría trabajadores legales con visas H2A.

Aquello de la película de Arau de Un día sin mexicanos es cinema. También es retórica aquello de que son explotados por el capitalismo estadunidense. Capitalismo salvaje el de San Quintín, Baja California, que solo puede ser domado a punta de huelgas, como la de hace unos años, cuando los jornaleros oaxaqueños exigían 200 pesos de salario mínimo y ahora vuelven a la carga exigiendo un salario mínimo de 300 pesos. Mínimo ¿no?

Lo que ya no parece cinema, dado el sexto sentido premonitorio que tienen los cineastas de Hollywood, el de la película Marte ataca, de Tim Burton, y la caracterización que hace Jack Nicholson del Presidente de Estados Unidos que se acerca cada vez más a la realidad.

Con Trump la retórica tradicional ha sido dejada de lado y se ha convertido en un planteamiento maniqueo, de blanco y negro, de buenos y malos. Ahora se trata de mexicanos criminales, violadores y narcotraficantes, de la invasión de los “bad hombres” a la tierra prometida. Por eso mismo, puede que esta sea la oportunidad histórica que tenga México para responder con una política migratoria que se ajuste al interés nacional.

Hay que cambiar la narrativa y definir claramente cuál es el interés nacional en el tema migratorio y que no se deje correr el tiempo con la esperanza de que se mantenga el statu quo por un siglo más.