cultura | 11 de Julio de 2017

El periodista y escritor Javier Valdez Cárdenas. Foto La Jornada

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Luis Guillermo Ibarra, La Jornada Semanal

El Río Tamazula recorre y divide la ciudad de Culiacán. Quien por obra de la casualidad cae en este espejo de la naturaleza, que clama hacia todos los horizontes su belleza, no se imagina que se encuentra en las entrañas de un infierno, en el edificio pulverizado de una sociedad degradada. Un nuevo monstruo llamado Narco-estado alimenta esa deshumanización, rindiendo homenaje a todo acto de barbarie y corrupción. Para las autoridades el credo parece ser el deseducar, volver a la ley de la selva, que cada uno atienda el mandamiento lógico del “sálvese quien pueda”. Los tentáculos oscuros no tienen límites y alcanzan cualquier acto cotidiano. “El narco ya se metió en la cocina”, “cohabitamos con el narco, copulamos con el narco” insistiría y subrayaría muchas veces Javier Valdez.

Ante la nueva configuración de la realidad, los estudios culturales se han puesto de cabezas buscando la construcción de nuevos términos en aras de incluir y analizar los fenómenos de violencia extrema y el aniquilamiento del valor de la vida. Cualquier prefijo agregado, llámese pre-cultura o subcultura, no alcanza para abarcar el hundimiento y la deforestación de todo rasgo de humanidad. La crónica, como género periodístico, impone su posibilidad representativa del legado de las nuevas y horrorosas historias de las zonas de riesgo. Javier Valdez asumió con creces su papel de observador de estos nuevos contextos, salió a la calle a recorrer los territorios devastados, a “descubrir un mundo siniestro y violento por medio del periodismo”. Su idea no era “contar los muertos”, sino plasmar sus historias, recorrer el desgarramiento, el telón de sangre, la caída de esa in-mensa legión de víctimas de un país urdido en la corrupción. Su trabajo, como afirmaría en su libro Los morros del narco, tenía “el firme deseo de ver más allá en el corazón y en el rostro de los implicados en el narcotrá-fico en México”. Sin embargo al hablar de los implicados descendió hasta el último escalón de los infiernos cotidianos, en los que urde la cultura de la marginación complementada con el espejismo de los “sueños pordioseros” y efímeros que ofrece la actividad del narcotráfico.

Los cientos de historias de su columna semanal Malayerba evocaron y representaron, durante más de una década, la vida cotidiana de un sector de la población del norte que vivía atrapado en las atmósferas delirantes y espinosas del narcotráfico. Lo que sienten, sueñan, desean e idolatran una infinidad de personajes constituye algo que bien podría llamarse “la tragedia humana”, una tragedia mostrada por fragmentos, piezas o pinceladas. Seguirla es abrirse paso en una totalidad de aluvión, adentrarse en un mosaico de sombras de una sociedad urdida en la violencia y en su fracaso moral.

En una entrevista publicada en el semanario Ríodoce en el año 2006, con motivo de la presentación de su primer libro Azoteas y olvidos, Liliana Plascencia definía a Javier Valdez como “el periodista, el amigo, el escritor, el espectador-personaje que como Virgilio va por la ciudad mostrándonos a esos héroes anónimos”, “el ser solitario que se diluye entre la multitud para desnudar esta ciudad tan nuestra, tan suya, con sus hombres y sus mujeres, con sus paisajes y sus indiferencias”; “el cronista”, que “se rebela ante la posibilidad de que Culiacán se convierta en un cementerio gigante donde las personas pasan desapercibidas”. Estamos hablado de hace más de una década. El país y la ciudad de Culiacán empiezan a torcer el camino para entrar en una espiral de cientos, miles de asesinatos a raíz de la “guerra del narco” fraguada por Felipe Calderón.

La sensibilidad del cronista describe y traza, con anterioridad, los círculos de los nuevos territorios. Desde ahí emergen los olvidados de esta guerra, los desheredados, los hombres, las mujeres, los jóvenes y los niños que son empujados por un sistema injusto a cumplir los más horribles y peligrosos mandatos. El salto que dan estos personajes para salir de la pobreza será una historia intensa y degradante, llena de precipicios, con una garantía casi segura: su lucha culminará con el fracaso total, con la muerte o con una marginación aún mayor. Al sacar de la oscuridad a las víctimas anónimas, otorgándoles la posibilidad de tener una voz, Javier Valdez no olvida a los hombres empoderados de esta nación. El “yo acuso” no deja de estar latente en sus libros. En estas geografías de la erosión humana la participación de políticos, partidos políticos, empresarios, gobernantes, narcotraficantes es directiva.

En Javier Valdez se comprobaba claramente la premisa del maestro Kapuscinski sobre el periodismo: “los cínicos no sirven para este oficio”. El cronista se sumergió así en los territorios demarcados con sangre y fuego, en los que el acto de matar y traficar se volvía un acto normativo, tolerado y alimentado por los gobiernos en turno, tanto locales, nacionales, incluso internacionales. Poco a poco una infinidad de lectores, que se fue contando por miles, empezarían a ver en el escritor y pe-riodista a un personaje clave en la reconstrucción de la realidad derruida del presente en México y en su estado natal Sinaloas. Sus breves historias y crónicas, contadas en un lenguaje llano, acompañado con giros llamativos y algunas veces desconcertantes, pero muy pun-tuales –“Un ladrido de fuego que relame abandonado”, “La oscuridad se ríe en silencio, se burla atascada de coca”–, en ocasiones decían más sobre esa realidad que cualquier obstinación conceptual o teórica que pretendía explicar el presente. De ahí que para muchos académicos extranjeros haya sido fundamental echar mano de la obra de Valdez para entender de una manera más cabal el fenómeno del narcotráfico y de la violencia.

La guerra del narco trajo consigo la construcción de nuevos términos y nuevos usos del el leguaje. Sin embargo el uso de estas nuevas palabras no implicó el florecimiento de éste. A la postre, el vocabulario de los sectores sitiados por el narcotráfico se contrae, la dicción se vuelve cada vez más ilegible. Los contextos violentos se acompañan de incomunicabilidad. Se habla peor en un medio en el que impera el despojo de la dignidad humana y la devaluación de la vida. Es en este enorme desbarrancadero en el que Javier Valdez reconstruye el diccionario de la descomposición moral y la violencia, un compendio de términos escritos a punta de sangre, irracionalidad y delirios por sus propios personajes. Miss narco (2007), Los morros del narco (2011), Levantones: historias reales de desaparecidos y victimas del narco (2012), Huérfanos del narco: los olvidados de la guerra del narco(2015) no serán libros surgidos de simples ocurrencias. Emergen de esa pavorosa pedacería de la realidad del norte mexicano del siglo xxi. Nombres, acciones, conductas de lo más pavoroso, sangre, mucha sangre, una nueva insensibilidad ante la muerte, demarcan este camino.

El pulso del riesgo de los implicados con el paso de los días se transformará en un riesgo para todos. En Culiacán, afirmará en muchas ocasiones el propio Javier, no se ocupa deberla ni temerla para que te asesinen. En su libro Levantones.. documenta esta realidad. La línea entre elegidos e inocentes cada vez se vuelve más débil. “La privación ilegal de la libertad, las desapariciones forzadas, en su modalidad más salvaje e implacable” por parte de la delincuencia organizada, “la sufren soplones, traicioneros, rivales de algún cártel, policías o militares; pero también obreros, carpinteros, periodistas, doctores, comerciantes, jóvenes que hacen de la calle el paraje de las ilusiones o muchachas en flor que estudian o buscan trabajo.” Nadie merece desaparecer ni ser asesinado pero todos pueden desaparecer y ser asesinados fácilmente sin que se persiga a culpables. En una tierra como Culiacán se sintetiza el microcosmos de la descomposición nacional por la violencia. A pecho abierto se pueden gritar las palabras que alguna vez emitió un personaje del escritor centroamericano Castellanos Moya en su novela El asco: “En este país los políticos apestan particularmente…quizá sea por los cien mil cadáveres carga cada uno de ellos.”

Javier lee en el interior de la sociedad la nueva construcción de un mundo orwelliano sin cargas ideológicas. La vigilancia implementada por la delincuencia y el Estado llega hasta los rincones más insospechados. Todos somos vigilados y cualquier libertad que se quiera asumir estorba. Cuando el Comité para la Protección de Periodista le otorga en New York el Premio Internacional a la Libertad de Prensa 2011, no pone reparos en afirmar: “En Culiacán, Sinaloa, México, es un peligro estar vivo, y hacer periodismo es caminar sobre una línea invisible marcada por los malos, que están en el narcotráfico y en el gobierno.” El periodista se enfrenta así a un Leviatán con dos cabezas que apuntan a donde mismo. Se enfrenta a un Gran y Mal Hermano dispuesto a todo –dispuesto al crimen por supuesto– con tal de seguir erguido en la putrefacción de su poder. La lección de Javier Valdez se desprende de la resistencia, de su capacidad y su tenacidad para enfrentar sólo con el armamento de sus palabras a ese poder, por el hecho de haber enarbolado la idea de la libertad humana, la honestidad y el respeto, sin ningún tipo de demagogia.

La participación de Javier Valdez en el periodismo no dejó de lado en ningún momento las causas sociales, la lucha por los más vulnerables y desamparados. No puso ningún reparo en denunciar todo tipo de agresión a la dignidad humana. En los últimos años este desamparo tocó a fondo al gremio del periodismo. La desaparición y el asesinato de cientos de compañeros eran el espejo de la intolerancia y la corrupción extrema de los gobiernos locales y federales. En su libro Narcoperiodismo: la prensa en medio del crimen y la denuncia, Javier Valdez describe mejor que nadie el panorama del oficio en este país: “El gran pecado, el imperdonable delito, escribir sobre los dolosos acontecimientos que sacuden a nuestro país, denunciar los malos manejos del erario, las alianzas entre narcos y mandatarios, fotografiar el momento exacto de la represión, darle voz a las víctimas, a los inconformes, a los lastimados. El gran error, vivir en México y ser periodista.”

La ciudad en la que Javier nació, creció, vivió y realizó su trabajo, en la que fue asesinado sigue ahí. Igual de apática que siempre, la “Ciudad de mierda” como le ha denominado, con justa razón, en medio del coraje, el director del periódico Ríodoce, Ismael Bojórquez. Culiacán es la tierra en la que se condena y se persigue con mayor intensidad la agresión a un perro que el asesinato de un ser humano. La ciudad con más cafres, con más bestias, con más asesinos, con una aportación de corrupción sumamente importante a la nación mexicana, con una barbarie que crece día a día como si se tratara de un modelo pedagógico a seguir, con un arsenal de políticos corruptos perdonados y poderosos. Javier Valdez, cofundador de Ríodoce y corresponsal del periódico La Jornada, documentó de manera objetiva y profesional esa enorme barbarie. Su trabajo fue contra viento y marea. Rompió todas las barreras en las que quiso infiltrarse la censura.

Nunca en la historia de Sinaloa hubo un periodista más leído, más querido y de mayor trascendencia en el mundo. Nunca, en Sinaloa, una figura ha sido más llorada por su muerte. El reconocimiento, como siempre sucede, le llegó desde fuera. Muchos queremos pensar que Javier Valdez sigue ahí, que puede abrir de nuevo la puerta de aquel café céntrico de Culiacán, aparecer otra vez en la cantina de El Guayabo, donde era un cliente insustituible los martes y los sábados; que acompaña de nuevo con la batería al saxofonista Pedro Álvarez en el bar El Mesón, observarlo otra vez, con sus pasos lentos e inagotables, al recorrer las calles de la ciudad; escuchar sus saludos, sus palabras y sus frases inconfundibles.

Pasan días y más días del asesinato de Javier Valdez y el gobierno de Quirino Ordaz Coppel en Sinaloa sigue mostrando su incapacidad para localizar a los culpables. Sabemos ya, a estas alturas, que Quirino es parte de los malos y de los males del Estado, como lo fue su antecesor Mario López Valdez, y como lo han sido todos los que han sembrado esta enorme semilla de impunidad organizada. Mientras tanto, el rostro de Javier recorre la ciudad en carteles, mantas y murales que exigen justicia. “Que las paredes hablen, bato, ya que la ciudadanía calla”, dice uno de ellos, “Javier Vive” se lee en otro. Sabemos que ante la denuncia y la búsqueda de la verdad del trabajo periodístico de Javier Valdez se ha impuesto la irracionalidad de los hombres que gobiernan la miseria, la corrupción, el crimen y la barbarie. De nuevo nos han arrancado un inmenso “árbol lleno de pájaros” para dejarnos aún más desamparados.

Hace muchos años bromeaba con Javier Valdez sobre la posibilidad de escribir una novela a cuatro manos; jamás la escribimos, jamás la escribiremos, jamás comentaremos de nuevo sobre aquel proyecto fallido. No obstante, sigo pensando en las muchas manos: cuatro, veinte, cientos, miles de manos y de voces que hoy se necesitan para revertir la miseria de nuestra realidad, para unirnos con fuerza a esa otra gran lección que nos dejó Javier Valdez: no callar ante la impunidad y la corrupción y exigir justicia por los miles de desaparecidos y asesinados en este país.