deportes | 11 de Junio de 2018

Especialista advierte que las campañas sólo buscan evitar multas y cumplir con la FIFA Foto Tomada del Facebook de la Femexfut

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Juan Manuel Vázquez, La Jornada
México, 11 de junio.- El Azteca era una fiesta. La despedida del Tri rumbo al Mundial de Rusia 2018 en la calurosa tarde del 2 de junio tenía semblante de sábado familiar. Por el buen ambiente en las gradas daba la impresión de que eran innecesarios los mensajes en los altavoces y en los anuncios luminosos para evitar el grito de ¡Eeeh, puto!Una campaña de la Federación Mexicana de Futbol (FMF) para promover la convivencia respetuosa en los estadios.

Sin embargo, al primer despeje del portero de Escocia, el equipo rival, ese grito volvió a aparecer con su estridente violencia. ¡Eeeeeh, putoooo! cimbró el Coloso de Santa Úrsula. Todos reían, padres y madres con hijos, jóvenes, una multitud que se celebraba a sí misma como quien se sale con la suya.

“La FMF ha promovido una postura de ‘Ya párale’, una campaña tímida que ni siquiera se atreve a mencionar la palabra homofobia”, reflexiona Héctor Salinas, doctor en ciencias políticas y coordinador del Programa de Estudios en Disidencia Sexual de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), además autor del libro ¡Eeehh, puto! Violencia homofóbica en el futbol. Espectáculo del siglo XXI, editorial Voces en Tinta.

Cómo van a enfrentar un problema que ni siquiera se atreven a nombrar; es sólo una respuesta a las exigencias de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) para evitar multas y cuidar la imagen internacional, sostiene.

Salinas insiste en que una lectura frívola de esta expresión provoca que no desaparezca en los estadios y que multitudes de aficionados de todas la edades sigan vociferándola con entusiasmo. No –repite–, no se trata de tradiciones, de folclor tampoco, pues no estamos ante una ceremonia ni un ritual que atraviese generaciones, no es la Guelaguetza, pues.

Sí, en cambio, es una manifestación cultural, pero como muchas expresiones de esta categoría que deben cambiar, plantea Salinas; la gente cree que es chistoso o inocuo, pero debe encontrarse la estrategia para que reconozcan que se trata de una expresión insultante y excluyente, que genera un discurso violento que puede derivar en agresiones físicas.

Investigadores y activistas en derechos de la diversidad sexual coinciden en señalar que esta expresión es la que antecede a todas las agresiones contra la población lésbico, gay, bisexual y transexual (LGBT), y la última que escucha una víctima de un crimen de odio. Un dato significativo en un país donde al año hay un promedio de 76 asesinatos, que en el registro de 2013 a 2017 sumaron 381 homicidios contra personas LGBT, según un reporte de la agencia Letra Ese.

No desaparece ese insulto en los estadios porque además parece que mientras más se les prohíbe, más insisten en gritarlo, plantea Salinas; quienes lo hacen no comprenden que ese grito es el que se utiliza contra un grupo social históricamente humillado y condenado, que es violentado de muchas maneras y desde distintas instituciones. Las campañas deben apuntar hacia esta reflexión.

Se desbordan pasiones

Pero, ¿quién se va a poner a meditar sobre estos problemas desde una grada?, se pregunta Salinas respecto de los mensajes en los estadios antes de cada partido con los que se pretende combatir este comportamiento. Lo dice desde la realidad del futbol. Nadie acude a este espectáculo a reflexionar, sino a desbordar pasiones.

Y justo detrás del pretexto de las pasiones –señala– se construye todo un discurso mercantil y publicitario, donde patrocinadores, principalmente cerveceras, juegan con tales comportamientos y expresiones, y al hacerlo les restan seriedad. Como si se tratara de un juego inofensivo, apunta Salinas.

Una cervecera planteó cambiar el puto en ese grito, por el Putin, apellido del presidente de Rusia, lo cual recibió una queja del embajador de aquel país en México. La postura fue escueta, pero contundente: no piensen que los rusos son tan tontos como para no darse cuenta de que se trata de un juego de palabras.

Otra cervecera juega con la idea de echarle yaytsa, literalmente huevos. Esta idea se convirtió en tendencia en redes sociales donde los usuarios proponían utilizar la palabra yaytsa, en lugar de puto en el grito al portero.

“Jueguitos de palabras tontos que pretenden hacer todavía más ‘chistoso’ un insulto”, resalta; “esas salidas lo que buscan al final es evitar sanciones, pero evitan sensibilizar acerca de lo que significa y lo que hay detrás de esa expresión. No podemos olvidar que el lenguaje normaliza las acciones y si pueden decirle puto o puta a alguien en la cancha, se le puede decir a quien sea, a los padres, a las madres, a los compañeros o a los maestros. Si es tan inofensivo, ¿les gustaría que los recibieran después de un día de trabajo con un buenas noches, y enseguida esa expresión?”

Hay una doble moral en la FMF –dice sin titubeos Salinas–, pues si bien han desplegado campañas y recursos para erradicar ese grito de las canchas, al mismo tiempo existe todo un discurso publicitario alrededor que promueve comportamientos contrarios al respeto y la inclusión.

No se puede normalizar la violencia verbal que no sólo insulta a la población LGBT; habría que pensar si es razonable normalizar la violencia en un país tan violento como el nuestro, ¿queremos que también esta violencia esté presente en nuestro deporte como parte de la convivencia normalizada?