espectáculos | 11 de Junio de 2018

Su erudición frente a la comida solo era comparable a su gusto por conocer nuevos estilos de cocinar. Foto tomada de @Bourdain 

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José María Spinoza

Es difícil para aquellos que seguíamos y admirábamos a Anthony Bourdain saber que se ha ido. Su muerte se siente como una tragedia personal, como un choque, la pérdida de un amigo, un compañero de aventuras, un gurú de la cocina, un modelo a seguir.

Algunos podrán pensar que es una exageración, una ridiculez. Es difícil entender la conexión que Bourdain tenía con su audiencia. Su erudición frente a la comida solo era comparable a su gusto por conocer nuevos estilos de cocinar. Su calidez como persona era notoria, incluso cuando criticaba. No era necesario ser del mundo de la alta cocina para entrar en las buenas gracias del chef. Su amor por la comida, por la bebida y su magistral habilidad de entrelazar los alimentos con la cultura que los rodea era tal que su programa era uno de los más vistos en CNN por años, con un dedicado grupo de fans, dispuestos a ir a donde sea que el chef estuviera en el mundo.

Bourdain era todo menos perfecto. Antes de lanzarse a la fama con su artículo en la revista New Yorker y su libro Kitchen Confidential, tuvo problemas de adicción -como muchos chefs de los 70- que utilizaban la heroína, el crack y la cocaína para poder sobrevivir sus turnos en el trabajo de 12 o más horas. Para la década de los ochentas, Bourdain ya había dejado las drogas atrás. Fue poco después que se le ocurrió escribir un artículo para un periódico gratuito publicado en Nueva York, ciudad en la que radicaba en ese momento. Sin embargo, su madre lo convenció de enviarlo a la revista New Yorker. Él pensó que jamas volvería a escuchar sobre el tema, pero una semana después, el articulo ya estaba en la publicación.

Su vida cambió a partir de ese momento. A sus 41 años, el chef consideró esta su última oportunidad de dejar de freír papas y cocinar brunch en las cocinas de Nueva York. Consiguió su primer libro, Kitchen Confidential, y su primer trabajo en televisión en el Food chanel, el tour de un chef. Ya en ese primer programa, su amor por la comida mexicana era visible. El aprecio que tenía por cocineros originarios de puebla que trabajaban con él lo llevó a visitar México, no como un cocinero buscando la más alta cocina, sino como un viajero, emocionado ante el prospecto de entender las raíces de una comunidad que era (y sigue siendo) una pieza fundamental de la escena culinaria americana. Bourdain lo expresó en varias ocasiones, hasta decir que si los migrantes latinoamericanos fueran sacados de EU, las cocinas del país sufrirían. A Puebla no llegó en el papel de chef, llegó como un turista común y corriente, dispuesto a comer lo que fuera, a disfrutar de la música y el pulque, así como la compañía.

Visitó Baja California años después, no solo comiendo con los chefs conocidos, como Javier Plasencia, a quien recomendó, en varias ocasiones, pero también pasó por las playas y pequeñas cocinas de la región, saboreando la comida, el vino, la gente. Siempre con una sonrisa, siempre hambriento por más comida típica.

Cuento todos estos relatos, hago nota de detalles que tal vez para algunos sean insignificantes, porque en ellos se encuentra la filosofía de vida de este extraordinario hombre. La cultura, la política, la gente de un país es definida por su comida y viceversa. Experimentar la comida que tiene sus raíces en las tradiciones de un país es lo mas cercano a estar en sus zapatos, como dice la frase popular. Anthony Bourdain entendía esto, al grado que era capaz de contar historias sobre los lugares que visitaba con la prosa de un verdadero artista. Su facilidad para describir lo que veía, la efectividad de su rostro para transmitir emociones y su presencia, imponente pero al mismo tiempo relajante -como un maestro de primaria- lo hacían un gran comunicador. Era alguien que siempre te estaba enseñando algo y a la vez aprendiendo.

Es difícil poner en una categoría a Anthony Bourdain. No era una celebridad, porque su objetivo nunca fue alcanzar fama. No era un chef de tiempo completo, aunque esa fuera su vocación original. No era un típico presentador de televisión, ya que su estilo provocativo con su imagen de chico malo, tatuado y fumador (hasta el nacimiento de su hija, cuando decidió dejar el tabaco) chocaba con el estereotipo. La mejor manera para describirlo, creo yo, es narrador.

Bourdain narraba el mundo a su alrededor, con todos sus colores, sus matices, buenos y malos. Era capaz de tomarse una cerveza con Iggy Pop y a la semana siguiente estar en una casa a la mitad de un cerro disfrutando comida típica mexicana. El no quería ser visto específicamente. Quería platicar, compartirnos vivencias, ser un cuenta historias armadas con ayuda de sus amigos, así como de las personas que se encontraba en el camino de esas historias. Le interesaba cómo se vivía en las remotas colinas del Vietcong, las callejuelas de Medellin o los parajes gélidos de Islandia.

Como su seguidor, no tengo palabras para describir la influencia de su trabajo en mi vida. Sus visitas a México, a los lugares en los que personalmente he disfrutado la comida, su imagen de alma benevolente, siempre con una actitud despreocupada, pero siempre esperando poder ayudar, su campaña en favor de los derechos humanos, su rol como modelo a seguir, una imagen de masculinidad no tóxica, son algunas de las cosas que nos deja y por las cuales me siento agradecido. Es difícil saber qué pasa por la mente de alguien que toma una decisión como la de quitarse la vida. Sea cual sea la razón por la que el maestro ya no se encuentra entre nosotros, poco importa. Es mi deseo y el de miles de personas alrededor del mundo, que finalmente haya encontrado paz. Hoy cocino con mi familia, como tanto le gustaba a él hacerlo con la suya. Hoy, como, bebo y fumo en su honor. Porque esas personas, que no necesitas conocer para que te dejen una marca, son difíciles de encontrar. Salud, maestro, Requiescat in pace.