cultura | 11 de Febrero de 2018

"En el Conservatorio nunca fomentan la curiosidad de lo nuevo", opinó Javier Álvarez en entrevista con Elena Poniatowska Foto Elena Poniatowska

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Elena Poniatowska

La gran responsabilidadde que no se toque música mexicana se la cuelgo a los directores de orquesta porque ellos hacen la programación. Es increíble que cinco directores son los únicos que se preocupan por tocar música de los compositores vivos en México. Tocan el Huapango de Moncayo sin ver que Moncayo escribió 50 obras más. Cinco directores se interesan por la música mexicana, los demás no tienen el menor interés.”

–¿Quiénes son esos cinco?

–José Areán, Carlos Miguel Prieto, Miguel Salmón del Real, Roberto Beltrán, Rodrigo Macías y párale de contar. Es increíble. Scott Yoo, director de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), quien es estadunidense, se preocupa más que ninguno de los que te mencioné. Llegó a México hace año y medio. Su propuesta de trabajo era: En cada programa de la OFCM vamos a tocar a un compositor mexicano, y hasta la fecha lo ha cumplido. Es la única orquesta que toca música de compositores mexicanos de forma regular, cosa que también tiene un impacto social en la comunidad, porque los músicos mismos de la orquesta empiezan a sentir respeto por la obra de mexicanos y los van conociendo: Oye, no sabía yo que Samuel Siman escribía tan padre, Nunca imaginé que la música del mexicano Javier Álvarez tuviera tanta repercusión en el extranjero.

Más allá de Chávez, Lavista, Revueltas, Moncayo...

Quien hace esta denuncia es Javier Álvarez, a quien entrevisto en su casa de Mérida, Yucatán, una mansión extraordinaria, abierta a los cuatro vientos, construida por su padre, el arquitecto Augusto Álvarez. En ella, al fondo del jardín, Javier ha levantado una cueva de brujo, un estudio lleno de instrumentos, y desde las ocho de la mañana se sienta a componer. A los 61 años, alumno del Conservatorio Nacional, hizo su maestría en la Universidad de Wisconsin y el doctorado en la City University de Inglaterra. Fue premiado en 1987 por la Federación Internacional de Música Electroacústica en Francia (por su obra Papalotl), por la British Broadcasting Corporation en Inglaterra y por el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en México. En 1993 fue nominado al Premio Ariel en las categorías de mejor música de fondo y mejor tema musical por su participación en la película La invención de Cronos, que dirigió Guillermo del Toro. Ese año fue acreedor del Premio Ars Electrónica, de Austria, por su obra Mannam. En 2000, la embajada de Austria le otorgó la Medalla Mozart, Capítulo de Excelencia. En 2012 fue nominado a los Premios Grammy. En 2013 fue uno de los ganadores del Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes de la Secretaría de Educación Pública. En realidad, lo único que le falta es ser miembro de El Colegio Nacional.

–No me quejo, me ha ido bien y a gente como Arturo Márquez le ha ido fenomenalmente bien, pero muchos de mis compañeros merecen que sus obras sean mejor difundidas en México, en Francia, en Italia. En España, José Manuel López López tiene mi edad y todos los reconocimientos del mundo. A cualquier músico español que le preguntes: ¿Conoces a José Manuel López López? responderá de inmediato: Por supuesto. Su obra se toca con regularidad, tiene un estatus social importante en la cultura y como él, muchos otros: Tomás Marco, Luis de Pablo… En cambio, en México, si se conoce un nombre de compositor es el de Revueltas, el de Chávez, el de Moncayo y con suerte el de Mario Lavista o a lo mejor el de Federico Ibarra.

En Inglaterra, un taxista sabe perfectamente quién es Benjamin Britten y aquí es necesario buscar formas de participación; para ello es indispensable educar a los directores de orquesta y cambiar la actitud del Conservatorio, que sólo es una escuela de enseñanza que no promueve nada.

–¿Los alumnos no tocan música mexicana en sus recitales?

–De repente sí, pero no está escrito en blanco y negro. Si te vas a graduar de pianista en el Conservatorio en París tienes que tocar, forzosamente, ya sea una obra de Messiaen, de Poulenc, de Debussy, de algún compositor francés. Aquí no hay la demanda de los académicos ni la curiosidad de los alumnos porque no han estado expuestos a su propia música, así como no han leído a sus propios autores. Es como si yo no hubiera leído Pedro Páramo. ¿Quién no ha leído Pedro Páramo? Le decía yo a Magali, mi hija: Aunque sea la única novela que leas en tu vida de un mexicano, tienes que leerla. Ya después verás que hay otros autores. En el Conservatorio todavía piensan que el siglo XIX fue mejor, que la música romántica es insuperable; sus maestros nunca les fomentan la curiosidad de lo nuevo.

–¿Hay Nobel en música?

–Sí, hay uno muy importante: el Tomás Luis de Victoria, que otorga la Sociedad de Autores y Compositores en España. Equivale al Cervantes en literatura. En Estados Unidos está The Grawemeyer Award, que es aún mayor y tiene una dotación enorme de dinero. Funge como un Nobel de la música.

–Si no gana premios, ¿de qué vive un músico? Porque en la música popular tengo entendido que la divulgación de un compositor tan popular como José Alfredo Jiménez depende de un sindicato…

–Claro, en la música popular, las canciones duran tres minutos y se tocan muchísimas veces. Los compositores de música de conciertos hacemos obras más largas que se tocan menos veces.

–¿Cuánto tiempo dura un concierto?

–Ponle tú, un concierto para piano, para violín, dura de 15 a 20 minutos, es una duración estándar. Una sinfonía, una obra grande de orquesta a lo mejor dura de 20 a 25 minutos o 30. El problema es que si en las radios –que es donde se genera la costumbre de escuchar música– el pago de regalías, como en los libros, le toca a la casa editora. Parte va al autor, parte va al distribuidor. La radio en México es privada, evade lo más que puede el pago de regalías y la Sociedad de Autores de México ha sido una cueva de ladrones asociada al PRI, en la que las canciones de tres minutos de música popular son la joya de la corona. Los compositores de concierto les valemos madres, porque nuestras obras largas se tocan cuatro o cinco veces y nos pagan regalías, pero jamás el equivalente del pago a las canciones de tres minutos.

La queja de McCartney

–¿Esto no sucede en Europa?

–En Inglaterra y en las sociedades de autores y compositores de Estados Unidos, hasta hace como 10 años existía un subsidio a compositores de música de concierto. Se decía: Si los compositores de música popular crean obras de tres minutos y los de música de concierto componen obras de 10, lo que vamos a hacer es que por cada 50 veces que se toque la pieza de tres minutos equivaldrá a una vez que se toque la obra de un compositor de música de concierto. Así se igualan las regalías de uno y otro.

“Durante varios años funcionó muy bien, era justo y equitativo. Sin embargo, uno de los Beatles, Paul McCartney, se aburrió de componer canciones y un día quiso ser compositor de música de concierto e hizo un par de obras que resultaron un fiasco, pero en el ínterin propuso con la actitud más neoliberal: ‘Hay que quitar el subsidio a los compositores de música clásica porque, ¿cómo es posible que una obra de 10 minutos se toque 10 veces en el mundo y las mías se tocan 10 mil veces? ¿Por qué le vamos a dar el equivalente?’ Esta protesta de McCartney provocó un cambio de política en las sociedades de autores y compositores que están minadas por los editores de música popular. Todos se pusieron de acuerdo y ahora se quitó ese subsidio. Es una aberración neoliberal en aras de ganar dinero.”

–Javier, ¿quiénes reproducen tu música? ¿La RCA?

–En sí, el disco hoy ya no tiene valor, casi todo se transmite por Internet. La gente escucha música, en su mayoría, a través de Internet, así se distribuye. La Sociedad de Autores y Compositores a la que pertenezco es inglesa y recibo mensualmente un registro de todas las veces que se clicaron obras mías, y la Sociedad me paga entonces regalías. Por otro lado, si las orquestas tocan obras mías, me pagan una renta. Las particellas, o sea el material que usan los músicos, pagan una renta, y la institución que promueve el concierto paga un honorario a la Sociedad de Autores y Compositores. Recibo ese honorario a través del tiempo. Si mi obra se tocó 10 minutos en la Sala Olympia en París y la transmitió la radio, esos 10 minutos de música en vivo y 10 de radio significan una muy buena cantidad de dinero que cobra la Sociedad de Autores y Compositores: Estas regalías le pertenecen al compositor, y las recibo a través de la Sociedad de Autores y Compositores. Te dije que me va bien porque se toca mucho mi música; tengo encargos, que es otra fuente de ingresos. Vendo mis obras, pero no es el caso de la mayoría.

El papel de los críticos

–¿Es culpa de la crítica musical? ¿Es suficiente la que se publica en periódicos?

–Críticos musicales serios en México hay tres: Juan Arturo Brennan, Iván Martínez y Samuel Maynez que escribe en Proceso. Independientemente de sus diferentes cualidades, son gente que va a conciertos, escucha lo que aparece, hace una revisión. Leí antier en los periódicos un recuento de lo sucedido con la música en México en 2017 y no encontré una sola mención de estreno de un solo compositor mexicano. Leí: Se presentó la solista japonesa con la Filarmónica de la ciudad. Se presentó el director tal con la orquesta filarmónica de la UNAM, pero nadie mencionó el estreno de piano de Georgina Derbez o el de una obra de Gabriela Ortiz, ni uno mío, ni un nuevo Danzón de Arturo Márquez… No hay una sola mención de los compositores de música clásica mexicana. ¿Los conoces? ¿Los escuchas? ¿Has visto entrevistas a compositores? Rosa Beltrán y Mónica Lavín entrevistan en la tele a escritores y a pintores, pero nunca a un compositor. ¿No somos iguales? Nos dedicamos de lleno al arte. Ni siquiera en la mente de la gente cultivada existe la valoración de la música clásica.

–¿Cómo cambiar?

–Entre otras cosas, falta educar a los directores de orquesta, que se propongan tocar, escuchar e interpretar música de compositores mexicanos.

(Continuará).