espectáculos | 11 de Enero de 2019

El guión original, de Luis Carlos Fuentes, se situaba en Ciudad de México, pero cuando Portes decidió dirigirlo la acción se desplazó a la frontera, donde ocurren, desde hace muchos años, feminicidios, desapariciones, tráfico de personas, contrabando de drogas y armas, y muchos crímenes más. Foto especial

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Sergio Raúl López / especial para La Jornada

Ciudad de México, 11 de enero.- Desde finales del siglo XIX y la primera parte del XX, corrían leyendas que debajo de los numerosos restaurantes de chinos que funcionaban en Mexicali había sótanos con un intrincado sistema de túneles que los conectaban entre sí y atravesaban la frontera con Estados Unidos hasta llegar a Caléxico y más allá. La Chinesca, como se conoce a este barrio de migrantes asiáticos en la capital de Baja California, servía lo mismo para resguardarse de las temperaturas extremadamente altas que para ocultar indocumentados, contrabandear alcohol en las épocas de la prohibición y, más tarde, incluso drogas y armas.

Por uno de estos pasadizos subterráneos el mesías del tercer milenio, nacido en México con el nombre de Isa Rubio (el niño Liam Villa), ha de huir del acoso del señor de las tinieblas, los ejércitos y las moscas, el filisteo Baal, Belzebuth (aunque criatura digital, encarnado por Carlos El Conde Fabregat), que ha emprendido una matanza de infantes a la usanza de Herodes El Grande, en el Belén del primer siglo. Ahí, una pandilla de cruzados méxico-estadunidenses habrá de librar esta guerra santa, entre crucifijos y grimorios, círculos de protección con sigilos o símbolos, oraciones, cirios y veladoras, exorcismos y posesiones, en una puesta en una escena clásica y formal de cine de terror.

Para su cuarto largometraje de ficción, el realizador Emilio Portes decidió abordar el género de manera más ortodoxa y alejarse de las mezclas con la comedia y la parodia que ha intentado en sus tres cintas anteriores: Conozca la cabeza de Juan Pérez (México, 2011); Pastorela (México, 2013), y El crimen del Cácaro Gumaro (México, 2014).

En Belzebuth (México, 2017) va migrando de género con un arranque de cine negro, para pasar al thriller policiaco sobrenatural y luego devenir en una cinta clásica de terror, "dura y pura", para acabar coqueteando "un poquito" con el gore, en una obra que literalmente es llevada en hombros e incluso poseída por su protagonista, el actor nayarita Joaquín Cosío como el agente Emmanuel Ritter, ausente en apenas una treintena de los 800 planos que componen el filme y que va pasando de la tragedia –su primogénito recién nacido es víctima de la primera matanza–, al escepticismo ateo, a ser testigo de fenómenos sobrenaturales y, finalmente, víctima de la posesión de uno de los siete príncipes de las tinieblas, quebrado y tentado como Job o los santos por el Anticristo.

"Va mutando y transita por muchos estados que el público va siguiendo y sintiendo. Además, técnicamente es muy protagónico: de las nueve semanas de rodaje, no habrá tenido llamado en cinco días. No solo fue un reto actoral, sino de potencia física y emocional, porque todo el tiempo está siendo poseído por su personaje y su rango actoral es brutal, pero no es nada fácil estar a diario en tantos planos de la película y hubiera sido un gran error hacerla con otro actor. Joaquín es de la frontera, es originario de Nayarit, pero es hijo pródigo de Ciudad Juárez y vivió en Mexicali, de allá es su bagaje", explica el director, quien movió las fechas de filmación cuando el protagonista se integró al elenco de la serie The Strain.

Luego de su estreno mundial en la 50 edición del Festival de Sitges, en octubre de 2017, Belzebuth, producida por Rodrigo Herranz para Pastorela Films, tendrá un estreno nacional en la cartelera comercial con 800 copias –12 por ciento del total de pantallas del país–, con distribución de Videocine.

Una capilla aparece a la mitad del referido narcotúnel y sintetiza el sincretismo del México actual, con representaciones lo mismo de la virgen María y crucifijos, que la Santa Muerte, Jesús Malverde y hasta piezas prehispánicas. "Buscamos ambientes que pudieran sugestionar al espectador, igual que la música y el sonido. La película no se trata de asustar, sino de sugestionar. Para que el terror funcione tiene que ser 100 por ciento realista. Ubicar la película en este México tan complicado en que vivimos hace que conectes y que creas que lo que estás viendo es reflejo de tu realidad.".

El guión original, de Luis Carlos Fuentes, se situaba en Ciudad de México, pero cuando Emilio Portes decidió dirigirlo la acción se desplazó a la frontera, donde ocurren, desde hace muchos años, feminicidios, desapariciones, tráfico de personas, contrabando de drogas y armas, y muchos crímenes más.

En la frontera "suceden las verdaderas historias de horror y creo que era el lugar ideal para situarla, no en una casita en la colonia Roma, sino donde Belzebuth realmente está presente, camina a diario y se aparece donde menos se imagina la gente. Y la película resuena en concordancia: es violenta y hay una serie de homicidios muy gruesos, que en realidad son cosas que ya han pasado y que van a seguir pasando", apunta Portes.

El neoyorquino Tobin Bell, conocido por El juego del miedo (Saw), caracteriza a Vasilio Canetti, un sacerdote expulsado por el Vaticano, que emplea los métodos del rey Salomón para atrapar demonios, junto con Tate Ellington, quien interpreta al cura-agente Iván Franco.