cultura | 10 de Diciembre de 2017

Las intervenciones como las Cruces Rosas, los performances políticos, los bordados contra los feminicidios y los escraches, nos recuerdan que la lucha política es también una batalla cultural: el construir sentidos comunes diversos, exigiendo el derecho al cuerpo, en este caso, a través de la relación entre la lucha por el territorio-tierra y las luchas estético-políticas contra la violencia feminicida Foto La Jornada

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La Jornada

El cuerpo como primer lugar de enunciación

En la década de los noventa, Ciudad Juárez se consolidó como la ciudad de maquilas. La exigencia de mano de obra femenina –además de la movilidad migratoria por ser una ciudad fronteriza– rompió con los roles tradicionales: muchas mujeres salieron de sus hogares para trabajar, pese a las pésimas condiciones laborales. A partir de esta misma década comenzaron a aparecer sistemáticamente cadáveres de mujeres en lugares públicos de Ciudad Juárez, por lo que el análisis de la violencia contra las mujeres cambió sus coordenadas espaciales. 1993, concretamente, aunque ya se habían hallado antes diversos cadáveres femeninos, implicó la ruptura de la dicotomía lo privado vs lo público para entender la violencia feminicida. Es decir, se cuestionó la noción de violencia íntima que situaba la violencia contra las mujeres en un espacio único, cuando las circunstancias obligaban a pensar al cuerpo mismo como un territorio en disputa.

La zona desértica Lomas de Poleo, Planta Alta de Ciudad Juárez, mejor conocida como la zona de las Cruces Rosas, simboliza la lucha contra los feminicidios a raíz de los cuerpos encontrados en este lugar. No sólo se recuerda Ciudad Juárez como caso paradigmático de feminicidios en el país, sino que, hoy en día, se recuperan de Chihuahua algunas de estas formas de denuncia que inciden en el territorio a través del cuerpo.

Con los años, la violencia contra las mujeres, no obstante, trascendió a la ciudad fronteriza. Los feminicidios volvieron a ser foco de atención en diversos estados, especialmente el Estado de México. Familiares de mujeres víctimas de feminicidio y activistas lucharon para que se reconociera que al hablar de feminicidios la discusión no sólo fuese en torno a Ciudad Juárez; era una crítica al Estado y la sociedad misma para que reconocieran que la violencia feminicida estaba más cerca de lo que estaban dispuestos a aceptar.

Como resultado de la crisis de feminicidios en el Estado de México y la organización de diversas protestas de mujeres, se retomaron las Cruces Rosas, símbolo de la lucha contra los feminicidios, esta vez en el Bordo de Xochiaca, entre los municipios de Chimalhuacán y Nezahualcóyotl, lugar en el que se ha arrojado sistemáticamente cuerpos de mujeres como desechos en las aguas negras. La acción de las cruces replanteó cómo a través de nuestros cuerpos recuperamos aquellos territorios que han sido expropiados a causa de la inseguridad que conlleva ser mujer y transitarlos, es decir, del despojo corporal y territorial al que estamos expuestas.

Manifestaciones artísticas desde nuestro cuerpo-territorio

En este sentido, consideramos la categoría cuerpo-territorio, propia del feminismo comunitario xinca, útil para entender ciertas formas de lucha. Dado que el control social ha implicado la pérdida de autonomía, el cuerpo de las mujeres es de todos antes que de nosotras. Recuperando a las feministas comunitarias se asume, entonces, a los cuerpos como el primer lugar de enunciación: “nuestro cuerpo de mujeres como nuestro primer territorio a recuperar y defender”.

Hacemos referencia a luchas colectivas contra los feminicidios que visibilizan el despojo corporal-territorial que conlleva este tipo de crímenes contra mujeres. Porque en un país en donde los cuerpos de las mujeres son asumidos como desechables, la idea del cuerpo-territorio puede ayudar a dimensionar los significados en torno a diversas acciones colectivas, es-pecialmente aquellas en las que hay una apropiación de espacios de poder. ¿A qué nos referimos con esto? A la ocupación de los lugares en donde la violencia contra las mujeres se produce de manera tal que parece un territorio perdido, como en los casos de Lomas de Poleo o del Canal de Xochiaca, mencionados anteriormente. Muchas han sido las apropiaciones colectivas que se han realizado en nuestro país, las que retomamos en este artículo son sólo algunas de las acciones que se han realizado en los últimos años, e incluso meses, con el fin de que sean experiencias detonadoras que inviten a nuestra lectora, a nuestro lector, a reconocer la diversidad de intervenciones estético-políticas que trascienden, por mucho, lo abarcado aquí.

Las intervenciones como las Cruces Rosas, los performances políticos, los bordados contra los feminicidios y los escraches, nos recuerdan que la lucha política es también una batalla cultural: el construir sentidos comunes diversos, exigiendo el derecho al cuerpo, en este caso, a través de la relación entre la lucha por el territorio-tierra y las luchas estético-políticas contra la violencia feminicida.

El performance, en el que no es el objeto sino el sujeto el elemento constitutivo de la obra artística, esa peculiar manera de estar en el espacio público, ha sido retomado por diversas mujeres como una manera para denunciar, a través de su sentir, de su existir, de su palabra, lo que los feminicidios han significado para nosotras. En el caso argentino, en las décadas de los noventa, los performancesinundaron el espacio público como una nueva forma de reclamo y condena, como en las rondes de madres de la Plaza de Mayo todos los jueves. Las luchas de mujeres ha recuperado los escraches y los performances como mecanismo de denuncia social, frente a la denuncia legal que individualiza los problemas. El performance como quiebre de la cotidianidad, y para muchas mujeres el performancecomo un quiebre subjetivo: en donde ellas –las vivas (“vivas nos queremos”) y las aparecidas (“aquí estamos”)– narran en primera persona testimonios de aquellas a quienes les han arrebatado el derecho a la vida, el derecho al cuerpo. Un ejemplo de este ser cuerpo es el performance que se realizó, a cargo de distintas vecinas, activistas y familiares de víctimas del Estado de México, el pasado mes de marzo de 2016, que lleva por nombre Rostros de fuego, del borde a la esperanza(https://www.youtube.com/watch?v=G8FZX6Wvm48&t=3s). Las distintas mujeres que participaron en el performance hacen presente la importancia de recordar la vida de todas aquellas mujeres asesinadas por motivos de género. Ellas no buscaban darnos a conocer una cifra, sino poner su cuerpo para recordar a Jennifer, Aide, Nadia, Ana Pa-trícia Domínguez, Míriam Robles, Mariana Lima, Etna Be-renice González Rodríguez, Nayelli Hernández Mejía, María Guadalupe, Alejandra, Ilis Estrella, Inés, Lilia Alejandra, Sofía Sánchez Anaya y a Ruth Sonora Somayos. Contrariamente a las instituciones del Estado, que encubre con números cada uno de los nombres de mujeres asesinadas, las participantes ejercen su derecho a narrar a sus compañeras desde sus nombres, sus aficiones y desde sus cuerpos-territorios en el presente, totalmente necesario para reivindicar la justicia ausente en cada uno de sus asesinatos. En definitiva, ejercen su derecho a la autorrepresentación: contar desde el nosotras cómo percibimos y recibimos, en nuestras vidas cotidianas, la violencia feminicida.

Los cuerpos narrados, recordados, son multidimensionales y transcienden los espacios. La iniciativa colectiva Bordamos feminicidios (https://www.youtube.com/watch?v=xERreUe-kPg), en este caso, surge al final del sexenio de Felipe Calderón para visibilizar una vez más que los feminicidios y las desapariciones de mujeres –las principales víctimas del “daño colateral” que anunció Calderón al dar inicio a la llamada guerra contra el narco– van mucho más allá de las cifras. Puntada tras puntada, aparecen los nombres de las mujeres asesinadas o desaparecidas de manera que se crea una respuesta colectiva contra una violencia individualizadora.

Autorrepresentación: el derecho al propio cuerpo

Como decíamos, los cuerpos tejidos, narrados, trascienden cualquier espacio desde el presente. Un ejemplo de la transformación en espacios cotidianos u otros espacios de poder en terri-torios de lucha, es el que surge del acto de tejer los nombres femeninos desde lugares del día a día de cada una de las tejedoras. El tiempo transcurrido en el Metro, el que pasa en una fila de espera o el que una dedica a tomarse un café, se convierte en un tiempo transformador de la manera en que vivimos cada momento determinado. A partir de nuestras manos, los escenarios cotidianos son reapropiados para que podamos pensarlas –pensarnos–, dedicarles –dedicarnos– tiempo a volver a hacer presentes a aquellas mujeres a las que les quitaron sus nombres, sus horas, sus minutos y sus segundos. De esta manera, el nosotras bordadoras y el ellas asesinadas, se convierte un todo expresado desde el aquí y el ahora. La intimidad que cada mujer ejerce desde su bordado puede convertirse en colectividad en el acto de compartir, o invitar, a otras mujeres para que borden entre todas. La autorrepresentación vuelve a hacerse presente, ¿pero a qué nos referimos con esto? Cuando hablamos de autorrepresentación hablamos del hecho de contar nuestra historia. Confrontar las narraciones sobre los feminicidios en las que se encubre la violencia estructural hacia las mujeres hasta el punto de culparlas de sus asesinatos. En estos bordados, las mujeres nos cuentan sus historias, bordando qué y cómo ocurrió el feminicidio y, muchas veces, quiénes eran ellas: en cada puntada hay un pedazo de historia de cada mujer, una afición, un rasgo que la caracterizaba, una mujer representada que acaba diseminándose con la bordadora, de manera que el nosotras y el ellas acaban creando un sujeto femenino que reclama la ausencia de sus compañeras a través de la reconstrucción del tejido y de la memoria colectiva.

Bordamos feminicidios surge de la necesidad de dar a conocer las historias que no cuentan a medias. Bordar los nombres, acompañados en algunos casos de la historia de las mujeres desaparecidas y asesinadas en el país, da la oportunidad de que la narrativa no sólo sea la que se ve en la crueldad del acto, convirtiendo su historia en una nota roja. Los distintos colores y tipos de bordados nos recuerdan la posibilidad de pensar en las víctimas desde la colectividad, desde nuestras sonrisas, nuestras emociones, desde nuestra cotidianidad.

En muchos casos, la desaparición de mujeres, e incluso los feminicidios, ocurren en el tiempo transcurrido entre que las mujeres salen de sus casas hacia sus trabajos o escuelas, o en las horas de viaje de regreso. La vulnerabilidad a la que estamos expuestas, muchas veces aumenta en contextos urbanos: son muchas las mujeres que tienen que hacer largos desplazamientos diarios del Estado de México a la ciudad, transitando espacios que, en la mayoría de casos, carecen de seguridad.

Los destinos diarios de muchas chicas son las facultades y los distintos espacios de Ciudad Universitaria. Estos lugares, transitados por miles de mujeres, se vuelven un espacio que tampoco les garantiza una vida libre de violencias. El acoso en el aula, la inseguridad en los distintos espacios que tantas veces quedan solos y oscuros, la falta de higiene en distintos ámbitos de las facultades, hace que la mujer no pueda sentir propio un espacio dónde acaba pasando, en muchas ocasiones, más horas que las que puede estar en su hogar.

Sabemos que cuando las mujeres deciden ocupar el espacio público –ese espacio masculinizado– mediante distintos mecanismos se les recuerda que no tienen control sobre dicho territorio, mucho menos sobre su cuerpo: desde las invalidaciones de su capacidad académica-laboral por ser mujeres, hasta el acoso sexual que individualiza, sin obviar tampoco, la complicidad de las instituciones que ni siquiera nombran lo que ocurre y mucho menos suelen actuar ante las denuncias. No obstante, frente a este escenario muchas mujeres han creado mecanismos para compartir experiencias en común y crear espacio de denuncia, lucha y resistencia frente a la violencia. Así, los pasillos, las aulas y aquellos espacios en lo que es posible sufrir una serie de violencias en el ámbito universitario por el hecho de ser mujer, son ocupados como territorios de denuncia: desde el “vamos juntas”, mujeres de distintas generaciones, distintas carreras, deciden articularse con el fin de evidenciar lo que nadie ha querido decir: no sólo es romper el silencio desde las consignas, sino, sobre todo, señalar puntualmente a aquellos profesores y alumnos responsables de actos de violencia a través del escrache. Los escraches implican crear alianzas estratégicas entre mujeres; son la recuperación de la denuncia social ante la imposibilidad o el no ver en la denuncia legal un mecanismo eficiente, creando, en cambio comunidad.

La Facultad de Filosofía y Letras de Ciudad Universitaria ha presenciado escraches que distintas alumnas de la misma Facultad, conjuntamente con otras compañeras solidarias, han protagonizado. Ellas han ido a buscar al agresor, lo han señalado, lo han nombrado, y le han narrado su historia, esa que todos –incluyendo el agresor– no reconocen como narrativa legítima; se enuncia frente a compañeros y compañeras que es acusado. Los espacios universitarios se transforman en espacios de lucha colectiva. Frente al silencio, la complicidad y la impunidad de los cargos universitarios, nosotras resistimos ante la violencia de la que estos espacios de formación no están exentos. Previo a la violencia, al asesinato, a que nuestro nombre pase a ser una cifra, nosotras gritamos para recuperar nuestros espacios, para juntar nuestras voces y para exigir que vivas y libres nos queremos.

Empero, el derecho al cuerpo que se ha hecho presente en las distintas muestras de luchas estético-corporales en contextos urbanos, es también la reivin-dicación de la autorrepresentación. Frente a la voz pública –estatal-patriarcal–, que en Occidente es considerada la única voz política y por lo tanto legitima en su existir, diversas mujeres ocupan el espacio público –ese lugar en el que se reproduce la narrativa patriarcal desde la construcción misma de la ficción entre lo público y lo privado– para compartir sus narrativas; desafiando el cómo pensar, el cómo sentir, el cómo leer sus propios cuerpos. Cómo pensarnos, cómo sentirnos, cómo leer nuestros cuerpos, en definitiva, cómo autorrepresentarnos.