espectáculos | 10 de Septiembre de 2018

Como también de tristeza se canta, la plaza entera se unió en una sola voz en Aunque no sea conmigo. Es que, ¿ya qué queda más que gozar el dolor? Foto @CelsoOficial

Por

Por 

Redacción 
Querétaro, 10 de septiembre.- El sábado por la noche, la Plaza Fundadores fue la pista de baile más grande de la ciudad. Celso Piña y su Ronda Bogotá estuvieron en casa. 

La muchedumbre desbordó el lugar, reunida ahí con la simple misión de gozar. 

El tiempo sonrió, y el cielo estuvo despejado, a diferencia del día anterior, en el que diluvió durante el concierto de Patti Smith, en el Festival Hay. 

El jefe del acordeón también se presentó como parte del encuentro literario, y, por si alguien tenía dudas sobre la conexión entre las letras y cumbia, Macondo las disipó. La canción, inspirada en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, comenzó con un sonoro ¡A huevo!, de un hombre alto, fornido, con chúntaro style, rudo, de unos 40 años. Mariposas amarillas, cantaba Celso, y el del chúntaro style entrelazaba sus manos en el aire, simulando a los insectos. 

Niños, hasta de brazos, bailaban con sus madres. Parejitas, apretujadas, también lo hacían por donde quiera. Algunos se vistieron como para una fiesta de sábado por la noche, de vestido y tacón. Por ahí andaban, también, escritores y periodistas que participan en el Festival Hay. No faltaron los que ya daban tumbos, jarrito preparado en mano. 

¡Esta es pura gozadera!, exclamaba Celso Piña desde el escenario. 

A medio concierto, subió al escenario el invitado de la noche, el rapero regiomontano Pato Machete. Le siguió uno de los momentos cúspide de la noche, con Cumbia del río. A darle gusto al cuerpo se ha dicho, y chicos y grandes bailaban, expertos e improvisados. 

Como también de tristeza se canta, la plaza entera se unió en una sola voz en Aunque no sea conmigo. Es que, ¿ya qué queda más que gozar el dolor? Y si es entre tantos, pues mejor. 

Una hora y media de frenesí colectivo en torno al acordeón de Celso Piña llegó a su fin. Una larga fila se formó, con quienes compraron la playera y el disco, y por esa razón tenían derecho a la foto con el maestro del acordeón.