méxico | 10 de Febrero de 2015

La casa pintada de blanco y azul celeste en el malecón de Playas de Tijuana. Foto Roberto Armocida
La casa pintada de blanco y azul celeste en el malecón de Playas de Tijuana. Foto Roberto Armocida Foto Roberto Armocida

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Roberto Armocida

Tijuana, 10 de febrero.- Es la primera casa del malecón de madera de Playas de Tijuana, justo a unos metros de la malla de acero y hierro que marca la frontera entre México y Estados Unidos. Desde sus ventanas pueden verse las patrullas fronterizas al otro lado. El oleaje no cesa.

Todos aquí la conocen como "La casa de los migrantes" o "El refugio de los migrantes". En sus instalaciones, entre paredes descuidadas, han pasado, vivido, comido y dormido centenares de migrantes de toda nacionalidad.

“La verdad, ni se cuántos. Vivo aquí desde hace 26 años, dando albergue a los migrantes de paso que tratan de cruzar la línea. ¡A saber cuantos habrán sido en todo este tiempo!”, cuenta doña Esperanza, de 59 años, originaria de Guadalajara, Jalisco.

Doña Esperanza es la dueña de la casa, que por lo norman alberga a unas quince, veinte personas. Esperanza: quizás la palabra más presente entre quienes aquí vienen a buscar amparo, no obstante la pésima reputación que goza este lugar entre los habitantes de Playas.

“La policía nos ha acusado de ser polleros, de vender drogas, de esconder a criminales. En tantos años nos han dicho de todo, hasta que somos brujas. La verdad es que yo solo hospedo a las personas que aquí pasan esperando el momento mejor para cruzar a EU. Sólo pido que no se porten mal y que puedan pagar la cuota diaria para mantener todo esto”, expone doña Esperanza.

La aportación es de 20 pesos diarios, que “casi nadie paga”, refiere. Además de un mínimo espacio donde pasar la noche, a los migrantes se les ofrece un plato de sopa caliente, cuando se puede.

“Son dos años que vivo aquí. Tengo diabetes y estoy esperando a cruzar la línea”, relata Julita Hester, del Distrito Federal. Se mueve despacio y carga un drenaje sanitario conectado a sus riñones.

Julita tiene 48 años y es budista. Luce el cabello cortado casi por completo y nunca se separa de su chokhor, un pequeño cilindro de cobre que da vueltas, necesario para rezar y para recibir un karma positivo en la próxima vida.

“Esperanza nos apoya sin hacer tantas preguntas. Una noche, una semana, un año. Lo que uno quiera. Aquí cualquiera tiene un techo donde refugiarse. Nadie se queda afuera, incluso si no tiene para pagar. Y yo, a ver si pronto lograré cruzar”, dice Julita.

Ella y Esperanza recuerdan historias dolorosas o sorprendentes, como cuando algunos migrantes fueron secuestrados y torturados tratando cruzar la frontera por Tecate, o cuando algunos centroamericanos lograron cruzar justo frente a la casa, aprovechando por unos minutos la ausencia de la patrulla fronteriza y la niebla.

“Justo la noche pasada la niebla llegó. La casa se ha vaciado, de los veinte que habían todos se cruzaron del otro lado”, nos dijo Esperanza.

En esta temporada la niebla es la mejor aliada de los migrantes. Su espesa presencia ofrece una oportunidad única e irrepetible para los que buscan pasar del otro lado. En el “gran blanco” muchos buscan la manera de camuflarse antes de cruzar, incluso vistiéndose de blanco para no ser vistos por las patrullas fronterizas de los Estados Unidos.

“Ayer por la mañana había llegado una madre con sus dos hijos. No tuvimos ni el tiempo de hablar, ni se de donde llegaba, solo se que buscaba la mejor oportunidad para cruzar. Y se fue. Apenas bajó la niebla preparó a sus dos hijos y se fueron”, recuerda la dueña de esta casa de paso.

También Julita Hester se había preparado para cruzar, pero su enfermedad se lo impidió a ultima hora. “Vi que había bajado una buena niebla y quería irme. Hasta me vestí de blanco, pero me sentí mal, las piernas no me aguantaban y tuve que quedarme”, dice, perdiendo su mirada más allá de la puerta.

Para lugareños y turistas, esta casa blanca y celeste, descuidada y torcida, es sólo la primera del malecón de Playas de Tijuana.

En realidad, para la mayoría de los migrantes que aquí pasan a diario, este refugio frente a la malla fronteriza levantada por el gobierno de Estados Unidos, en este rincón de la Patria, es la última casa de México.