espectáculos | 10 de Enero de 2019

Alfonso Cuarón durante la grabación de su película Roma, en donde aparece metido en el baúl de un automóvil Foto tomada de @alfonsocuaron

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Luis Tovar / La Jornada

Ciudad de México, 10 de enero.- Hacia finales del año pasado un querido amigo, cineasta en activo para más señas, escribió lo siguiente –que se reproduce aquí con la seguridad de que, aun habiendo sido en comunicación privada, no le molestará en absoluto; antes todo lo contrario–:

“Cada nuevo sexenio genera, en este caso en la comunidad cinematográfica, [ciertas] expectativas. Cada vez se piden más recursos, reformas, cambios, etcétera. Pero creo que casi nunca se propone nada a cambio, es decir, qué tipo de cine se comprometen los cineastas a filmar, cuál será la responsabilidad de quienes hacen cine respecto a los temas y contenidos de las nuevas películas. De qué manera el gremio se comprometerá con una nueva manera de llegar al público mayoritario, que está excluido de las salas de cine… ¿Qué hacer respecto de estos asuntos?”

Y sigue diciendo alguien que, además de contar con más de cuatro décadas de experiencia y una filmografía diversa y numerosa, en más de una ocasión ha ejercido cargos de responsabilidad directa en materia no sólo cinematográfica sino de cultura en general:

“Veo casi siempre una actitud arrogante y pretenciosa en las peticiones. Solamente queremos más salas, más semanas de exhibición, más tiempo de pantalla, más recursos para producción y difusión. No se menciona el que para mí es un asunto de vital importancia: ¿cuál debe ser la nueva manera de hacer un cine que nos refleje como país?, ¿cuál es el compromiso de la comunidad a ese respecto?”

Cinéfilo de pura cepa, de lo cual este juntapalabras puede dar testimonio, al de la voz no le faltan conocimiento, amplitud de miras ni valor para sostener lo que afirma:

“Veo algunas películas mexicanas y me llevo una profunda decepción por el resultado (aun en el caso de obras multipremiadas). Veo algo de cine extranjero, latinoamericano y europeo, y salgo sorprendido de la calidad formal y temática de sus películas. Nuestro cine comercial suele ser sexista, misógino, clasista… pero a veces también las películas de autor, que además son herméticas y [están] alejadas de cualquier posibilidad de conectar con la audiencia.”

El diagnóstico es grave y contundente, y un mínimo de sinceridad obliga a estar de acuerdo en prácticamente todos los puntos abordados. Es verdad, para empezar, que cada nuevo ciclo sexenal viene acompañado de expectativas que van de la simple esperanza de que las cosas no empeoren, a la difícilmente alcanzable de que mejoren sustancialmente; pero sobre todo es verdad la autocrítica al gremio en la que consiste denunciar la ausencia total de una “contraprestación” palpable en un compromiso explícito y una responsabilidad clara y públicamente asumida. Coloquialmente dicho, el cineasta –director, productor, etcétera– se limita a estirar la mano y, sin confesarlo, cobijado por una libertad creativa por otro lado inatacable, pensar algo así como “tú dame con qué hacer lo mío y yo sabré lo que hago”. De este modo, el problema señalado subsiste: salvo ese cine comercial ciertamente clasista, racista, misógino –y mínimo debe agregarse: ramplón, convencional, burda copia genérica la mayoría de las veces–, la producción fílmica nacional, en estos tiempos tan abundante que no deja de superar sus cifras año tras año, le habla poco o nada a un público que continúa consumiendo de manera preferente eso mismo, es decir clasismo, racismo, convencionalismo… sólo que proveniente del extranjero.

Es más que pertinente el par de preguntas formuladas por el amigo cineasta: ¿Cuál debe ser la nueva manera de hacer un cine que nos refleje como país? ¿Cuál es el compromiso de la comunidad a ese respecto? Siendo algo que por fuerza ha de suceder, en el entendido de que ya sea que haya o no conciencia del fenómeno, el cine siempre será reflejo –directo y palmario, o bien alusivo o alegórico– de su entorno en particular y de la realidad en general; siendo algo que necesariamente pasa, más valdría que se hiciera con plena conciencia y no, como todas las otras veces, al ahisevá.

Dada la fecha en que todo esto se dice, valga como esperanzada carta a los Reyes Magos.

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