mundo | 09 de Julio de 2018

La decisión final correspondió al juez Carlos Eduardo Thompson Flores, presidente del tribunal, que dejó sin efecto la decisión de su colega. La tensión se extendió por unas 10 horas. Foto archivo La Jornada

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Eric Nepomuceno
Río de Janeiro, 9 de julio.- Fue un domingo de sorpresas y tensión permanente que terminó a eso de las ocho de la noche (hora local) con una clara demostración de que se recurrirá a cualquier maniobra jurídica para evitar que el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva salga de la cárcel.

La sorpresa surgió a media mañana de ayer, cuando el juez Rogerio Favreto, quien estaba de guardia en el tribunal regional federal de Porto Alegre, de segunda instancia, acató un pedido de habeas corpus presentado por la defensa de Lula da Silva. Lo que siguió fue una intensa disputa judicial entre colegas del mismo tribunal de segunda instancia, con la inexplicable intrusión del juez Sergio Moro, de primera instancia, y los esfuerzos de la Policía Federal para no liberar al ex mandatario.

La decisión final correspondió al juez Carlos Eduardo Thompson Flores, presidente del tribunal, que dejó sin efecto la decisión de su colega. La tensión se extendió por unas 10 horas.

Thompson Flores fue el magistrado que hace algunos meses, sin haber siquiera leído la condena del juez de primera instancia Sergio Moro contra Lula da Silva, opinó que se trataba de una pieza irreprochable. Semejante iniciativa se transformó en el tono común de todo movimiento de cualquier tribunal cuando se trata de Lula da Silva.

José Paulo Sepúlveda Pertence, uno de los abogados del ex presidente, quien por décadas integró la Corte Suprema brasileña, se dijo asombrado, por no decir aterrorizado, por todo lo ocurrido en el transcurso del día. Le llamó la atención que el juez Thompson Flores llamara directamente a la Policía Federal ordenando que no se cumpliera la orden de su colega de tribunal hasta que él mismo decidiera qué hacer.

El día estuvo marcado por una serie de maniobras jurídicas para tratar de impedir la liberación del ex presidente, sentenciado en un juicio polémico, por decir lo mínimo, que culminó con una condena sin que se hubiera presentado una sola prueba, o siquiera un indicio de que haya cometido los delitos que se le imputaron.

Una vez más, quedó expuesta la politización extrema de la justicia brasileña, y que la decisión de impedir que Lula se presente a las elecciones presidenciales de octubre es irreversible –en los sondeos, a propósito, él aparece con más del doble de intención de voto que su más cercano adversario.

Más de un centenar de abogados y juristas se manifestaron señalando una a una las irregularidades registradas a lo largo de la jornada.

Por la mañana, el juez Rogerio Favreto, quien estaba de guardia desde las siete de la noche del viernes hasta las 11 de la mañana del domingo, acató el pedido de habeas corpusinterpuesto por tres diputados del Partido de los Trabajadores (uno de ellos, Wadih Damous, integra el equipo de abogados que defiende al ex presidente). El magistrado ordenó a la Policía Federal que procediera a la inmediata liberación de Lula. Empezaron entonces las maniobras.

Determinan las reglas de todos los tribunales brasileños que el magistrado que se encuentre de guardia tiene autoridad para adoptar la decisión que sea. Eventualmente, tal decisión podrá ser revisada y revertida por el pleno, pero no puede, bajo ninguna circunstancia, dejar de ser acatada.

Pues el primero en desacatarla fue el juez de primera instancia Sergio Moro, quien cometió, con un solo gesto, dos gravísimas irregularidades. La primera: no le toca a un juez de primera instancia manifestarse sobre una decisión de la instancia superior. La segunda: Moro está en Portugal y los jueces brasileños tienen la prohibición rigurosa de emitir determinaciones mientras disfrutan de vacaciones.

Casi en seguida otro magistrado de segunda instancia, João Pedro Gebran Neto, anuló la decisión de su colega. Para empezar, no era él quien estaba de guardia en el tribunal regional de Porto Alegre. Y, en segundo lugar, los dos tienen, en rigor, la misma jerarquía.

Si acaso, de haber sido cumplida la decisión de Favreto, le correspondería a Gebran llevar el tema al pleno, pidiendo el retorno de Lula da Silva a la cárcel.

Entonces entró en acción el presidente del tribunal, Thompson Flores, para determinar que Lula siguiera encarcelado. La palabra final, dijo él, será dada por el mismo Gebran, quien quiso impedir su liberación.

Fue un domingo tenso, largo, de miedo, que evidenció lo que se vive en Brasil y también mostró que sigue firme determinación de que Lula no se presente a las elecciones presidenciales de octubre.

El ex presidente, a propósito, reveló a sus abogados, a media tarde, su más profundo escepticismo con relación a ser libertado. Dijo dudar que lo dejasen salir. Por lo que se vio ayer, le sobran razones para ser escéptico.

Sus abogados, en todo caso, avisan que van a insistir. Y junto a la opinión pública, gana fuerza y espacio la versión de que el ex gobernante es, por encima de todo, víctima de una persecución judicial sin precedente en tiempos de democracia en Brasil.