cultura | 08 de Febrero de 2018

Nicanor Parra en Isla Negra, Chile, en julio de 2004, durante una celebración del cumpleaños de Pablo Neruda Foto Víctor Rojas/Agencias

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Antonio Valle, La Jornada Semanal

En el salón Nicanor Parra de la Universidad Diego Portales cuelga el cartel de una cruz, aviso típico de los establecimientos po-pulares, que dice en letra manuscrita: “Voy y vuelvo”. El cartel parece indicar que la poesía está en todas partes, excepto en la actitud arrogante que destila buen número de “poemas de los poetas”. Con esta frase celebramos –lo digo de manera festiva– la desaparición de un hombre que últimamente ha estado en todos los diarios del mundo occidental; imagen física, plástica, simbólica y verbal que no sólo brillará por ausencia, sino en sus versos y que, a diferencia de algunos poetas “canónicos” (conviene recordar, como dijo el poeta Juan Bañuelos, que actualmente existen más poetas que poemas) habrá de sobrevivir en la mente (chispeante y desmadrosa de la gente común) y por supuesto en la memoria privilegiada de los seguidores del canon occidental con el que el poeta sureño parece decirles: díganme, por fin: “adiós, Nicanor”; y enseguida agregar, Voy&Vuelvo, lugar común con el que el chileno asesta una curiosa estocada a la pléyade de mini sociedades de poetas solemnes que se “creen” dueñas del gran estilo y de la neta, cuando tal vez fue Nicanor (y digo tal vez porque no es improbable que existan poéticas que desconozco) el más grande innovador de la poesía que se hizo en Latinoamérica en la segunda mitad del siglo xx.

Humor y desacralización

Nicanor cuestiona toda clase de poderes, comenzando, por supuesto, con los poderes “ancestrales” impuestos por Eliot y Pound, así como por sus seguidores, muchos de ellos poetas importantes que a partir del modernismo impusieron miedo y respeto. Frente a la solemnidad y la obediencia excesiva que buscaron los maestros adscritos al canon (palabra cuya raíz etimológica viene del griego kanon, que significa vara o regla, y que tiene como sinónimos: impuesto, tasa, carga, arbitrio, gravamen, censo, tarifa e imposición), Nicanor Parra orientó la carga de uno de sus más famosos artefactos antipoéticos para que los poetas (al fin) bajaran del Olimpo. De la misma forma que otros poetas –que también pusieron en cuestión las leyes severas del canon–, como William Carlos Williams, quien mediante el gusto por el lenguaje cotidiano logró que la poesía fluyera, para que hombres y mujeres, más allá de las cofradías finisecu-lares y de las sociedades de poetas agónicos, lograran acceder a paradigmas del lenguaje, inteligentes y sensibles, mediante cargas –y descargas– de ironía y humor. Así, los poderes que el canon le confirió a los poetas solemnes fueron puestos en cuestión ante la risa que provocaban las “hojas de Parra”. El antiautoritarismo de Nicanor hizo posible que la poesía se abriera, perdiendo esas “virtudes herméticas inaccesibles”, para convertirse en un medio estético y conceptual con el que cualquier hijo de vecina lograba contactar ideas, frases y versos que, además de detonar sistemas lógicos e intelectuales, invitaran a reflexionar, de manera más profunda y arriesgada que la poesía experimentada, grosso modo, por los poetas desvinculados intelectual y “poéticamente” de sus sociedades:

“Durante medio siglo/ la poesía fue/ el paraíso del tonto solemne./ Hasta que vine yo/ y me instalé con mi montaña rusa./ Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ echando sangre por boca y narices.”

La verdad es que Nicanor no dejó títere (ni titiritero) con cabeza; el blanco de sus artefactos visuales y verbales, no sólo se dirigió hacia la figura de Pablo Neruda, sino contra las mentiras que propagaba el socialismo autoritario de la época; más adelante también emplazó sus ingenios contra la dictadura chilena y el capitalismo, contra toda clase de formulitas, dogmas y pretensiones poéticas, es decir, contra ese aire “poetoso” que tanto daño le ha hecho a la poesía en Iberoamérica. Todo esto ocurría en un país que en la década de los setentas fue el mayor ejemplo de cómo podían violarse los derechos humanos a plena luz del día durante años.

La familia Parra

Esta actitud corre al lado de una familia tocada por la sensibilidad y el ingenio, por la conciencia política y por su visión de la historia, sobre todo Roberto Parra, quien renovó el teatro chileno: “Al Puerto de San Antonio/ me juí con mucho placer/ conocí a la Negra Ester/ en casa del Celedonio/ era hija del demonio/ donde ella se divertía/ su cuerpo al mundo vendía…”También Violeta Parra, quien además de grabar un montón de canciones del campo, compuso canciones cuyos versos clásicos son propiedad de numerosos pueblos del continente: “Volver a ser de repente/ tan frágil como un segundo. // Volver a sentir profundo/ como un niño frente a Dios…”

Otra paradoja –y diferencia abismal con la búsqueda de gloria de los maestros de corte tradicional–, es que a Parra no le han faltado homenajes cuando abominaba de ellos. Desde hace años, pero especialmente cuando cumplió cien, una vez que la sociedad chilena se rendía ante su inteligencia, especialmente después de irse al wc de la historia la dictadura de Pinochet. Ahora, con la muerte de Nicanor, es previsible que cobren fuerza los homenajes, cosa que tal vez sirva para que los poetas del continente recuperen algo de su espíritu irrespetuoso y penetrante.

Whitman, Williams, Ginsberg, Dylan, Parra...

Voy & vuelvo, es el título de una de las obras conceptuales y verbales más ingeniosas del arte-objeto de Parra. Se presentó en la Universidad Diego Portales en Santiago como parte de los homenajes que Chile le rindió al poeta cuando cumplió cien años. Esa exposición, reunida bajo el título Obras públicas, se integró con “artefactos” que realizó durante más de cincuenta años. En esa ocasión docenas de personas “comunes” leyeron desde muchos lugares de Chile el poema “El hombre imaginario”; así, como dijo algún crítico literario, “la poesía demostraba que era capaz de sobrevivir en las calles” o que su arte poética fuera “…la misma de siempre/ escribir efectivamente como se habla/ lo demás/ dejaría de ser literatura”. Habla corriente de Nicanor que –a la manera de Henry Miller– busca desprenderse de excesos “literarios” para convertirse en vida. Justamente, a través de sus artefactos verbales logra darle “permanencia y estabilidad a sus textos”, reflexión y trabajo experimental, que si bien proviene de las vanguardias (lo que siempre presupone rupturas) al mismo tiempo genera la estabilidad literaria que le permite consolidarse con fuerza en la realidad histórica, es decir, en el imaginario de la gran cultura y también como parte de las culturas populares, convirtiendo paradójicamente a la antipoesía en una “clásico”. No es gratuito que Nicanor Parra fuera celebrado tanto por poetas y juglares anticanónicos como Allen Ginsberg o Bob Dylan, entre otros maestros beatniks, y también por críticos lite-rarios como Harold Bloom, una de las figuras más in-fluyentes de la literatura mundial, quien señaló que Nicanor Parra merecía el Premio Nobel de Literatura, ya que su obra, además de experimentar con el surrealismo y el dadaísmo, presentaba toques e influencias de Whitman, mezcladas con grandes dosis de ingenio y humor. Sin embargo, estaba seguro de que no le darían el Nobel y eso “era muy malo”.

Precisamente desde la primera estrofa de “Canto a mí mismo” parece delinear el futuro programa de Ni-canor Parra en América: “Mi lengua, cada átomo de mi sangre, hechos con esta tierra, con este aire,/ Nacido aquí, de padres cuyos padres nacieron aquí, lo mismo que sus padres,/ Yo ahora, a los treinta y siete años de mi edad y con salud perfecta, comienzo,/ Y espero no cesar hasta mi muerte…”

Como Whitman, el chileno en sus antipoemas pa-rece decir lo mismo, sólo que hacia la zona más austral del continente y, por supuesto, en una época diferente al del capitalismo idílico “whitmaniano”. Como dice Osvaldo Ulloa Sánchez, “la antipoesía es una poesía que expresa las vivencias del hombre masa, o del hombre de la clase media en un sistema capitalista”. Así sucede que la poesía fundamentada en “lo bello” ya no funciona y los poemas tradicionales ya “no llegan a la sensibilidad del hombre contemporáneo”. Como en poetas de generaciones posteriores (incluidos muy po-cos pero grandes poetas mexicanos, como Francisco Hernández), su pesimismo raya en una especie de insolencia irónica con la que presenta el lamentable estado de cosas –materiales y espirituales– en las que se debaten las sociedades contemporáneas. Como en el poema – artefacto Manifiesto, en el que dice: “Señoras y señores/ Esta es nuestra última palabra/ –Nuestra pri-mera y última palabra– Los poetas bajaron del Olimpo.”

O en Advertencias al lector: “El autor no responde de las molestias que puedan / ocasionar sus escritos:/ Aunque le pese/ El lector tendrá que darse siempre por satisfecho/ Sabelius, que además de Teólogo fue un humanista consumado,/ Después de haber reducido a polvo el dogma de/ la Santísima Trinidad/ ¿Respondió acaso por su herejía?/ Y si llegó a responder, ¡cómo lo hizo! ¡En que forma descabellada!/ ¡Basándose en qué cúmulo de contradicciones!/ Según los doctores de la ley este libro no debiera publicarse: La palabra arco-iris no aparece en él en ninguna parte,/ Menos aún la palabra dolor,/ La palabra tormento./ Sillas y mesas sí que figuran a granel,/ ¡Ataúdes!, ¡útiles de escritorio!/ Lo que me llena de orgullo/ Porque, a mi modo de ver, el cielo se está cayendo a pedazos.”

No muy lejos de la antipoesía se encuentran los poemas y ensayos de William Carlos Williams, poeta estadunidense que se opuso al canon “dejado” por Eliot y Pound. Este poeta promovió el uso del habla coloquial en sus poemas que, con frecuencia, pre-sentan situaciones de viva intimidad lírica. Williams Carlos Williams y Nicanor Parra coinciden en que es la realidad la que despierta la imaginación de quien la percibe y no al revés.

“Los resplandores de la poesía/ Deben llegar a todos por igual/ La poesía alcanza para todo”, dice Parra.

En su estudio bibliográfico “Los libros de Nicanor Parra”, César Soto da cuenta de textos y poemas que aparecieron desde 1935 en la Revista Nueva, donde aparece “Sensaciones”, el primer poema de Nicanor Parra y un “Gato en el camino”, texto narrativo (que podría llamarse un anticuento); de ahí llegamos hasta Obras completas & algo, (primavera de 2014). Entre estas dos publicaciones se encuentra una poderosa/in-geniosa obra escrita, alguna de ella extraviada, aparentemente en forma definitiva, y otra que aparece y desaparece, no como en el magma de las bibliotecas “borgianas”, sino como un fenómeno austral; ahí las hojas de Parra aparecen y desaparecen siguiendo el ritmo de las estaciones de las sociedades y el tiempo, como el libro Chistes parra desorientar a la policía poesía.

Para acentuar el tono desobediente y festivo del poeta chileno, en su féretro, seguramente como última voluntad, acaso como advertencia a los poetas del Olimpo que reniegan de su “humanidad más humana”, está escrito el verso implacable, el aforismo clásico y lógico de quien ha conocido el arte de la resurrección: Voy&Vuelvo