méxico | 08 de Febrero de 2017

Alrededor de 60 brigadistas de distintos estados realizan labores de búsqueda de personas desaparecidas en los poblados de El Quelite, municipio de Mazatlán, y Sataya, en Navolato. Foto Javier Valdez

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​Javier Valdez Cárdenas, corresponsal

Culiacán, 8 de febrero.- Carlitos dice que ama a su hermana y que ya no la va a desproteger. A su corta edad trae cargando una culpa que no le toca, por haberse descuidado y no proteger a Zoé Zuleika, quien tiene un año desaparecida.

Carlitos –como lo llamaremos– tiene apenas ocho años y ya es un rastreador: un buscador de restos humanos con su pequeña pala y güingo, su suéter gris con negro, a rayas, para protegerse del aire fresco de la mañana. Es el brigadista más pequeño en el país.

Cuando se le pregunta qué le diría a su hermana si la ve de nuevo, el niño responde: Que la amo; que ya no la voy a desproteger. En las inmediaciones de la comunidad de San Pedro, municipio de Navolato, dentro de la selva baja caducifólea, el pequeño busca restos humanos de quien quiera que sea, principalmente de su hermana.

A golpes de pala y otros fierros, busca a Zoé, como quien sabe que la encontrará. Sus ojos vivos y negros se iluminan como luciérnagas y sonríe cuando la evoca.

La última vez que la vio –recuerda– fue hace un año, en la camioneta de su padre, en el municipio de Soledad, San Luis Potosí.

Asegura que cuando la encuentre, ahora sí la va a proteger, incluso de su padre, de quien se sospecha. Carolina Gómez Rocha, de 40 años, es la madre de ambos. Oriunda de San Luis Potosí, anda con los buscadores de personas desaparecidas, aunque presiente que no podrá encontrar a su hija Zoé en tierras sinaloenses.

Hago estas búsquedas para fortalecer a las familias que participan en ellas, no para buscar a mi hija. Yo sé que ella está viva. Mi corazón de madre me lo dice. Estoy aquí para apoyar la causa. Ha sido una gran experiencia y sí sirve, me fortalece, comenta. Está a pocos metros del río Culiacán, entre las cribas y varios maizales.

Tiene cuatro hijos: de 8, 18, 20 años y Zoé, de seis. Los más pequeños son su preocupación y esperanza. El día que desapareció Zoé, la familia de Carolina había acudido a una fiesta; asistieron ante la insistencia de su suegro.

La niña, ya con sueño, se durmió en la camioneta del padre. Cuando decidieron retirarse, minutos después de la medianoche, la menor ya no estaba.

Cinturón de seguridad

Carolina y también Carlitos sospechan del padre: no pregunta por la menor ni se ha incorporado a las búsquedas ni gestiones ante las autoridades, tras la denuncia penal que interpusieron. Tíos y suegros asumen una actitud parecida: de indiferencia. Por eso no descartan que ellos la tengan o sepan dónde está Zoé.

A menos de un kilómetro de donde trabajan los brigadistas hay un discreto retén de la policía ministerial. Dos mujeres policías se acercan, preguntan amablemente y permiten o niegan el paso. Pocos se aproximan. Al fondo, donde se hace el rastreo, hay cuatro patrullas de la Policía Federal. Traen perros entrenados para localizar restos humanos, peritos y equipo.

Son unos 30 integrantes de la Tercera Brigada Nacional de Búsqueda que se organizan, escarban, preguntan. La búsqueda dura 15 días; participan un sacerdote católico, muchas mujeres jóvenes y varios integrantes de la organización Marabunta. La mayoría, con sus camisetas blancas con la leyenda en negro: ¿Dónde están?

Según datos de la procuraduría estatal, alrededor de 2 mil 200 personas desaparecieron en Sinaloa durante los recientes seis años, periodo en el que gobernó Mario López Valdez, quien concluyó su administración en diciembre pasado.

Unos rastreadores buscan del lado de las cribas; otros van a otro sitio en una camioneta de servicios periciales de la procuraduría; unos más se guarecen bajo los álamos.

Ríen, hablan de travesuras sexuales con el joven sacerdote, cierran círculos. En medio de la búsqueda hay tiempo para divertirse, aunque pesan los recuerdos.

Suman cerca de 60 brigadistas de 11 estados. Hasta ahora buscan restos humanos en dos fosas: en El Quelite, Mazatlán, y Sataya, Navolato. Han logrado la exhumación de un cadáver. Aún no ha sido identificado.

A unos cuantos metros, en un rinconcito cubierto por la maleza, Lucas, el perro policía, escarba una y otra vez. Tanto que parece jugar. Dicen los agentes que levanta las orejas y la cola y se pone tieso cuando encuentra restos humanos. Hoy no es la ocasión.

Ahí está Carlitos. Trae su pala y güingo. A veces lo deja para pegarse a la falda de su madre. Los dos salen de entre la maraña de ramas secas, hojas grandes, un desnivel pronunciado. Parecen cruzar el pantano y salir limpios.

Después de la desaparición de su hermana, el menor dio un bajón en la escuela. Le gustan las matemáticas; su promedio, que era de nueve y 10, pasó a seis y siete.

Anda agresivo, se encierra en su cuarto y muy seguido lo ven tirado en la cama, llorando, mientras abraza la foto de Zoé. Le habla. Le llora. Por eso lo llevan a terapia. Se cae y se levanta. Aquí, alza la pala y la hunde en tierra suelta.

–Si hablaras con tu hermana, ¿qué le dirías?

–Que la amo, la extraño; que ya no la voy a desproteger. Pude cuidarla. No permitir que mi papá la subiera a la camioneta.

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