cultura | 07 de Junio de 2018

Alguna vez, quizás una sola para algunos afortunados, pero, creo, todos sin excepción, hemos sentido la necesidad de ocultarnos, refugiarnos, escondernos en algo para así sentir que nos defendernos de la realidad hostil que afuera nos acecha. Foto Archivo La Jornada

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Raúl Díaz La Jornada
México, 7 de junio.- Alguna vez, quizás una sola para algunos afortunados, pero, creo, todos sin excepción, hemos sentido la necesidad de ocultarnos, refugiarnos, escondernos en algo para así sentir que nos defendernos de la realidad hostil que afuera nos acecha. Para protegernos de ese mundo y sus pobladores que quieren dañarnos y ante el cual estamos indefensos, atrapados sin salida.

De esta situación, pero en condiciones exacerbadas, hace una descripción magistral el dramaturgo estadunidense Tennessee Williams en su obra El zoológico de cristal, que actualmente cumple temporada en el teatro Helénico.

Un microcosmos integrado apenas por tres personas y la aparición de otra puramente circunstancial, sirven a Williams para darnos la visión del mundo exterior, el macrocosmos que implacable existe sólo al traspasar la puerta, pero que también puede, para algún enclaustrado, significar la liberación definitiva.

Así, la pequeña familia integrada por Amanda, la castrante madre; Laura, la coja, acomplejada y muy joven hija y, Tom, el igualmente inadaptado hijo mayor, aunque también muy joven, más la presencia invisible pero siempre pesante del padre ausente, constituyen ese microcosmos que encerrado en sí mismo descubre, sin embargo, que hay un más allá de esa puerta que, según su uso, puede significar el aniquilamiento o la vida.

Eco de un pasado que posiblemente nunca existió, Amanda sueña con una existencia diferente pero nada hace para obtenerla, y obsesivamente repite y repite por años la lección inventada, con una inconsciencia total, sin enterarse jamás del daño que causa a sus hijos. Producto directo de esa esquizofrenia y con un defecto congénito, Laura literalmente sobrevive sin esperanza ni aspiración alguna, encontrando sus escasos momentos de mediana tranquilidad, jamás de felicidad, en el cuidado de su zoológico de cristal.

En ese enfermizo ambiente claustrofóbico, el único que parece entender, y no con toda claridad por cierto, que hay una vida más amplia y diferente más allá de las cuatro agobiantes paredes es Tom, sustento económico de la familia con sus escasos 65 dólares mensuales, resultado de un trabajo que en muy buena parte contribuye también a su enajenación. Aspirante a escritor, Tom inicia esa extraordinaria pero doliente zaga de personajes tennessianos, artistas frustrados que habremos de encontrar en sus posteriores creaciones, igualmente impactantes.

En su actual versión, por demás recomendable, El zoológico de cristalcuenta con un muy difícilmente superable equipo técnico y actoral encabezado por Diego del Río, quien también, junto con Paula Zelaya, se encargó de la traducción; la escenografía de Jorge Ballina; el vestuario de Jerildy Bosch; la iluminación de Víctor Zapatero, y el maquillaje y peinados de Anadia Buenrostro, todos garantía de buen trabajo.

En la parte actoral, una Blanca Guerra en plena madurez interpretativa, haciendo una Amanda francamente aborrecible; Adriana Llabrés, dando una Laura impresionante, una border que pronto dejará de serlo y no precisamente para bien. El Tom, de Pedro de Tavira Egurrola es, auténticamente, ese apenas sobreviviente de la castración materna, cuyo único horizonte es huir sin siquiera considerar un punto de llegada. Con toda corrección se desenvuelve Mariano Palacios, Jim, el más que efímero pretendiente.

Hermosa obra y montaje que valen la pena ver.