espectáculos | 06 de Mayo de 2018

José Juan Olvera (tercero de izquierda a derecha) estudia a los grupos de rap de las zonas marginales Foto agencia Conacyt

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Redacción /La Jornada

Ciudad de México, 6 de mayo.-El rap es un estilo caracterizado porque sus letras no son cantadas, sino recitadas rítmicamente. Pero, ¿puede el rap ser una economía?

José Juan Olvera Gudiño, doctor en estudios humanísticos, integrante del nivel I del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), adscrito al Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas noreste), ha dedicado parte de su vida académica al estudio del rap desde un enfoque económico, de acuerdo con un comunicado de la Agencia Conacyt.

En 2016 publicó El rap como economía en la frontera noreste de México, en la revista Frontera Norte, en el cual analiza este género musical y propone el concepto de economías de resistencia.

El estudio fue realizado con raperos de la escena underground porque, según el autor, “es más rico este ámbito que el mainstream”.

Estudio realizado en el norte

Se basó en ciudades del noreste, como Monterrey, Matamoros, Nuevo Laredo, Reynosa y Gómez Palacio.

–¿Por qué una economía de resistencia?

–No podríamos clasificar el rap dentro de una economía creativa ni como alternativa porque no se encuentran todos los elementos que las caracterizan. Sin embargo, proponemos el término de economía de resistencia para referirnos a los esfuerzos de jóvenes con menores recursos y oportunidades que están intentando vivir de su trabajo artístico, lo mismo que sus coetáneos más capitalizados, pero en condiciones mucho más adversas.

“La resistencia suele ser multidimensional, pues los raperos hacen frente a los obstáculos que les impiden desarrollar su arte, lo cual va desde encontrar espacios, no caer en el narco rap y subsistir. Aunque generan ingresos de su música, éstos lo complementan con intercambios de favores, asesorías gratuitas, impartición de talleres y otras actividades.

La inmensa mayoría de los músicos, en este caso raperos, combinan la actividad con otros empleos, ligados o no a la música. Alguien puede tener un trabajo de reparador de automóviles y ser rapero, pero también puede hacer música de este tipo y vender instrumentos musicales, comenta Olvera.

Otro elemento que acentúa el calificativo de resistencia tiene que ver con la condición de asediados económica y políticamente, añadido al estigma particular por el tipo de bien que buscan comercializar:

Una de las características de estas economías es que no tienen como fin la ganancia monetaria, pero sí la subsistencia, porque si no, no serían economías.

De manera reciente, asegura Olvera, la tecnología ha permitido a los artistas que no poseen el capital financiero ni el social poder producir contenidos de buena calidad, todo con el uso de los programas que se encuentran en Internet, principalmente mediante el celular.

Los anhelos de producir rap se vuelven más cercanos con los avances tecnológicos, las computadoras, los nuevos software. Entonces, la posibilidad técnica de materializar un estudio no está tan lejano.

Aunado a esto, las redes sociales son una plataforma para que los raperos pueden difundir sus creaciones, incluso los videos subidos a YouTube, que en algunos casos pueden darles dinero, dependiendo de las visitas que reciban: son cada vez más frecuentes, pues es una forma de llegar a más gente.

Cuando antes se necesitaban estudios de grabación o programas de cierto costo, ahora en el celular se encuentran todas esas cosas, por lo que se pueden producir contenidos de gran calidad, asentó.

En el artículo El rap como economía en la frontera noreste, Olvera menciona que si bien este tipo de música puede exaltar la misoginia, también hay una variación que permite el desarrollo de temas como derechos humanos y de activismo político.

Además de componer rap, empezaron a utilizarlo como herramienta de promoción, gestión cultural y construcción de ciudadanía, es decir, un nivel más alto, que pudiera ser un activismo, pero sin una estructura organizativa ni un discurso antisistema. Casi todos los activistas son personas que se dedican a hacer rap de conciencia, además de que tienen más edad.

El investigador agregó que durante uno de los periodos de extrema violencia en el país, ciertos grupos de raperos buscaron formas de alejar a los jóvenes de las conductas antisociales, principalmente mediante talleres, algunos de los cuales en algún momento pudieron impulsar junto con instituciones gubernamentales.

Esto puede ser otra forma de economía, en la que los raperos se dieron cuenta de que impartiendo talleres podían generar ingresos. Más porque muchos de ellos eran mayores de 20 años y ya tenían una familia que sostener, aseveró el especialista.

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