cultura | 06 de Enero de 2017

Foto Víctor Camacho

Por

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John Berger

Mientras desciende, puedo escuchar su voz en el silencio. Retumba en el valle de un lado al otro. La emite sin esfuerzo y, como el eco, viaja como un lazo. Retorna luego de haber unido al escucha con el grito. Sitúa a quien grita en el centro. Sus vacas responden a esa voz tanto como su perro. Una tarde faltaban dos vacas siendo que las habíamos atado en el establo. Salió y llamó. La segunda vez, las vacas contestaron desde lo profundo del bosque, y pocos minutos después estaban ahí, en la puerta del establo, justo al caer la noche.

El día anterior, trajo todo el hato desde el valle, como a las dos de la tarde --gritándole a las vacas, y a mí para que abriera las puertas del establo. Muguet estaba por parir --ya se asomaban las patas delanteras. El único modo de traerla era con toda la manada. Sus manos le temblaron mientras ataba con una cuerda las patas del becerro. Dos minutos de tironear y salió completo. Se lo dio a Muguet para que lo lamiera. Ella mugió, con un sonido que no se escucha en otras ocasiones --ni siquiera cuando le dan los dolores. Era un sonido agudo, penetrante, enloquecido. Un sonido más fuerte que la queja, más urgente que un saludo. Un tanto como el bramido del elefante. Apiló paja para hacerle una cama al becerro. Para él estos momentos son momentos de triunfo: momentos de verdadera riqueza: momentos que unen a este viejo zorro de setenta años, criador de vacas, ambicioso, duro, infatigable, con el universo que lo rodea.

Después de laborar por la mañana solíamos beber café juntos y me hablaba de la gente del pueblo. Recordaba la fecha y el día de la semana de todo desastre. Podía rastrear las relaciones familiares de sus personajes al nivel de los primos segundos por matrimonio. De vez en vez yo captaba una expresión en sus ojos, una cierta mirada de complicidad. En torno a qué. A algo que compartíamos pese a las obvias diferencias. Algo que nos unía pero que nunca se nombraba directamente. No tenía que ver con el trabajo que yo le hacía. Me tuvo perplejo un tiempo y de pronto entendí. Era que reconocía en mí una inteligencia semejante. Ambos somos historiadores de nuestro tiempo. Ambos buscamos cómo embonan los sucesos.

Para ambos, hay orgullo y tristeza en ese saber. Por eso la expresión que descubría en sus ojos era brillante y plena de consuelo. Era la mirada de un narrador a otro.

Escribo páginas que él no habrá de leer. Después de alimentar a su perro, este viejo se sienta en un rincón de la cocina y algunas veces platica antes de irse a dormir. Se acuesta temprano, después de la última taza de café. Casi no estoy ahí, a menos que me cuente personalmente algo que de todos modos no entenderé pues habla en lengua. No obstante, la complicidad se mantiene.

Nunca he pensado que escribir sea una profesión. Es una actividad solitaria e independiente cuya práctica no confiere señorío. Por fortuna cualquiera puede hacerlo. Sea que escriba por motivos políticos o personales, tan pronto empiezo la escritura se vuelve una lucha por dar sentido a la experiencia. Toda profesión tiene límites a su competencia, pero tiene territorio propio. Escribir, como yo lo entiendo, no tiene territorio propio. El acto de escribir no es nada, excepto aproximarse a la experiencia de la que uno escribe. Así también, espero, leer un texto es un acto comparable de aproximación.

Aproximarnos a la experiencia, sin embargo, no es como aproximarnos a una casa. La experiencia es indivisible y continua, al menos dentro del lapso de vida propio, y tal vez a lo largo de muchas vidas. Nunca tengo la impresión de que mi experiencia sea totalmente mía, y a veces pienso que me precede. En cualquier caso la experiencia se pliega en sí misma, se refiere a sí misma, hacia atrás y hacia adelante, mediante la esperanza y el miedo y, usando la metáfora, situada en el origen del lenguaje, continuamente compara lo afín con lo disímil, lo pequeño con lo grande, lo cercano y lo distante. Así, el acto de aproximarnos a un momento dado de la experiencia implica escrutinio (cercanía) y la capacidad de conectar (distancia). El movimiento de escribir semeja el de un reguilete: se aproxima y se retira, mira de cerca y toma distancia. A diferencia del reguilete, no está fija en un marco estático. Conforme el acto de escribir se repite, su cercanía, su intimidad con la experiencia, aumenta. Finalmente, si uno es afortunado, de esta intimidad nace un fruto: el sentido.

Para el viejo, el sentido de sus historias es más cierto, pero no menos misterioso. De hecho, asume más plenamente el misterio. Trataré de explicar lo que quiero decir.

Todos los poblados cuentan historias. Historias del pasado, incluso si éste es distante. Mientras caminaba con otro amigo de setenta años por la base de un alto risco me contó que una muchacha había caído y hallado la muerte ahí, mientras segaba paja en la altura. ¿Fue antes de la guerra?, le pregunté. Por ahí de 1800 (no es errata), dijo. Me contó también historias del día que platicamos.

Casi todo lo que ocurre en el día es narrado por alguien antes del nuevo amanecer. Los relatos son factuales, se basan en la observación o en el recuento de alguien más. Eso que le llaman chisme pueblerino no es sino la combinación de las más agudas observaciones surgidas al rememorar sucesos y encuentros diarios, y de las mutuas familiaridades de toda una vida. Algunas veces los relatos entrañan juicios morales, pero cualquier juicio --justo o injusto-- es sólo un detalle: el relato íntegro asume cierta tolerancia porque involucra a alguien con quien el narrador y el escucha tendrán que seguir viviendo.

Muy pocas historias se narran por idealizar o condenar; más bien atestiguan el casi sorprendente rango de lo posible. Son cuentos de misterio aunque aborden sucesos cotidianos. Cómo fue que C, tan puntilloso con su trabajo, volteó su carretilla. Por qué L jode tanto a J, su amante, por todo, y como es que J, que no se deja de nadie, le permite a L que lo trate así.

Un relato nos invita a comentarlo. Crea el comentario, pues aun el silencio total puede entenderse como respuesta. Un comentario puede ser sesgado o rencoroso, pero si lo es, se torna también objeto de un relato y es digno de comentarse. Por qué F no deja pasar oportunidad alguna de maldecir a su hermano. A la luz de una historia oída, es muy común que el comentario se tome como respuesta personal del comentarista ante el enigma de la existencia, por añadirle algo al relato. Toda narración permite que cada quién se defina.

La función de estos relatos --que de hecho son historia cotidiana, oral y cercana-- es permitir que un poblado completo se defina a sí mismo. La vida de una comunidad, lo que la distingue de sus meros atributos físicos y geográficos, es la suma de todas las relaciones sociales y personales que existen en ella, más las relaciones económicas --comúnmente de opresión-- que vinculan a una comunidad con el resto del mundo. Pero uno podría decir algo semejante de la vida de un pueblo grande. Incluso de algunas ciudades. Lo que distingue la vida de una comunidad es que también es un retrato vivo de sí misma: un retrato comunitario, donde todo mundo retrata y es retratado por todos. Al igual que en los relieves en los capiteles de una iglesia romanesca, hay una identidad de espíritu entre lo mostrado y cómo se muestra --cual si los retratados fueran también los que esculpen. El retrato de sí mismos está construido, no de piedra sino de palabras. Plática y recuerdos: opiniones, historias, testimonios, leyendas, comentarios, rumores. Y es un retrato continuo; su trabajo nunca para.

Hasta hace poco el único material disponible para que un poblado y sus habitantes se definieran a sí mismos eran sus partes habladas. Un retrato propio --aparte de los logros físicos de su trabajo-- era la única reflexión en torno al significado de su existencia. Nada ni nadie más reconocía tal significado. Sin un retrato así --y sin el chisme que es su materia prima-- el poblado se hubiera visto forzado a dudar de su propia existencia. Cada historia, y los comentarios que suscita --que prueban que la historia se escuchó-- contribuyen al retrato y confirman la existencia del conglomerado.

Este retrato continuo, a diferencia de casi todos los otros, es muy realista, informal y sin poses. Como todo el mundo, y tal vez más por la inseguridad de sus vidas, los campesinos buscan formalidad y ésta se expresa en ceremonias y rituales, pero al tejer su propio retrato comunitario son informales porque tal informalidad corresponde más con la verdad: una verdad que la ceremonia y el ritual pueden acotar sólo parcialmente. Todas las bodas son semejantes pero cada matrimonio es diferente. La muerte nos llega a todos pero uno se duele a solas. Esa es la verdad.

 

En una comunidad, la diferencia entre lo que sabemos y no sabemos de una persona es muy sutil. Puede haber algunos secretos muy bien guardados pero en general el engaño es raro, si no imposible. Así, hay muy poca manía de preguntar, pues no hay gran necesidad de ello. Ser metiche es un rasgo de los conserjes de las ciudades, que pueden lograr algún podercito o reconocimiento por decirle a X lo que no sabe de Y. En un poblado, X ya lo sabe. Tampoco hay mucha representación entonces; los campesinos no asumen roles como los personajes urbanos.

Esto no implica que sean "simples" o más honestos o carentes de malicia. Lo que ocurre es que el espacio entre lo que se sabe y lo que no se sabe de una persona es muy pequeño --no hay mucho espacio para la representación. Cuando los campesinos hacen bromas, son concretas.

Así ocurrió un domingo, cuando el pueblo estaba en misa. Cuatro hombres se llevaron todas las carretillas usadas para limpiar los establos y las alinearon a la entrada de la iglesia de tal modo que quienes iban saliendo se vieran en la necesidad de hallar su carretilla y llevársela, en ropa dominguera, por la calle principal.

El retrato continuo de una comunidad es mordaz, franco y a veces exagerado pero casi nunca idealiza ni es hipócrita. La hipocresía y las idealizaciones cierran preguntas, el realismo las deja abiertas.

Hay dos formas de realismo. El profesional y el tradicional. El realismo profesional es un método elegido por un artista o escritor y conlleva conciencia política; su fin es desmenuzar alguna parte opaca de la ideología dominante por la cual es normal que se distorsione o niegue consistentemente algún aspecto de la realidad. El realismo tradicional, siempre popular en sus orígenes, es en cierto sentido más científico que político. Al asumir un fondo de experiencia y saber empírico, nos enfrenta con el enigma de lo desconocido. Cómo fue que... A diferencia de la ciencia puede vivir sin respuestas. Pero experimentarlo es tan grande que no puede ignorar la pregunta.

Contrariamente a lo que se dice, los campesinos sí se interesan por el mundo situado más allá de su comunidad. Sin embargo es raro que un campesino que sigue siendo campesino tenga facilidad para moverse. No tiene mucha opción de localidad. Su lugar le fue conferido en el momento mismo de la concepción. Y si considera su comunidad como centro del mundo no es tanto una cuestión de parroquialismo como de verdad fenomenológica. Su mundo tiene un centro (el mío no). Considera que lo que ocurre en su comunidad es típico de la experiencia humana. Esta consideración es ingenua sólo si uno la interpreta en términos tecnológicos u organizativos. El campesino la interpreta en términos de la especie humana. Lo que lo fascina es la tipología de los personajes humanos en todas sus variantes, y el destino común de nacimiento y muerte que todos compartimos. Entonces el primer plano del retrato comunitario vivo es extremadamente específico, mientras el fondo lo conforman las preguntas más abiertas y generales, que no siempre tienen respuesta. Asumirlas es afrontar el misterio.

El viejo de quien hablo sabe que yo sé esto tan agudamente como él.

(Traducción: Ramón Vera Herrera).