cultura | 05 de Octubre de 2018

Al defender a los jóvenes, el rector abrió un enfrentamiento con Díaz Ordaz, rememora. Foto Rodrigo Moya

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Blanche Petrich / La Jornada
Ciudad de México, 5 de octubre.- En un entorno político de autoritarismo sin resquicios, el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Javier Barros Sierra, tuvo la fuerza y el valor de plantarse frente al poder presidencial y desde su investidura decir No a Gustavo Díaz Ordaz: no a la represión, a las medidas de fuerza del Ejército, a la cerrazón, antes, durante y después del 2 de octubre.

A 50 años, su hija Cristina Barros analiza la trascendencia de aquellos meses de 1968: “El propio movimiento estudiantil, contestatario por naturaleza, reconoció que con esta posición contribuyó a romper el mito de que desde la sociedad no se podía interpelar al poder presidencialista. Eso le expresaron en una carta algunos líderes: Luis González de Alba, Gilberto Guevara Niebla, Eduardo Valle y Salvador Martínez della Rocca, El Pino”.

Rodeado de hombres que se sometían sin chistar a sus dictados, desde la UNAM la voz de Barros Sierra se escuchó solitaria. “En el momento en que mi padre, de manera excepcional en la historia, se planta frente al gobierno, le dice ‘no estoy de acuerdo’, defiende el derecho de los jóvenes a disentir, defiende la autonomía universitaria y además decide encabezar la marcha del silencio, se definió un abierto enfrentamiento con Gustavo Díaz Ordaz”.

Barros Sierra perteneció a la generación de universitarios y técnicos, a la vez que políticos, que contribuyeron al impresionante desarrollo económico y de infraestructura que vivió el país esos años.

Rector presidenciable

Había sido secretario de Obras Públicas en el gobierno de Adolfo López Mateos, en la época de oro de la ingeniería mexicana, con miras de largo alcance y una visión social; (fue) creador de ICA junto con Bernardo Quintana, rememora Cristina Barros. Pero en algunos círculos había gran animadversión en su contra. Él fue citado en su momento como presidenciable. Al final, López Mateos optó por Díaz Ordaz, alegando que era más técnico que político. Irónico, pues en la UNAM él demostró lo contrario: gran capacidad de gestión política.

Una de las críticas centrales del rector Barros fue que el Estado no hizo suya a la Universidad. Y esto es algo que sigue sucediendo.

Maestra universitaria, escritora y colaboradora de esta casa editorial, Barros hace extensiva la crítica que sigue vigente desde entonces: El gobierno sigue viendo a la UNAM como un espacio lejano, ajeno, a veces hostil y no como una parte importante de la vida nacional. Un ejemplo: para el proyecto de aeropuerto en Texcoco, todo un equipo de técnicos, geólogos, ingenieros y antropólogos de las universidades han documentado con múltiples estudios científicos que es un proyecto inviable. Y no se les escucha, ni siquiera se les pregunta. En un país democrático, donde hubiera gobernantes con afán de servicio real, las universidades deberían ser una fuente de conocimiento aprovechable para la solución de los grandes problemas nacionales.

Las presiones

–De regreso a los sucesos de hace medio siglo, ¿cómo eran las presiones en contra del rector? ¿Llegaron a amenazarlo?

–No, amenazas directas no hubo. Todo comenzó con las represalias financieras del secretario de Hacienda incluso antes del 68. El titular era Antonio Ortiz Mena, quien impuso recortes a los subsidios universitarios. Mi padre y él tenían ideas opuestas acerca de lo que debía ser la universidad pública.

Después de que Barros expresó su compromiso y defendió a los estudiantes en 1968 se dio el acoso al grado de orillarlo a la renuncia. Fue por medio de terceras personas; no le hablaban directamente del gobierno, sino que mandaban a sus testaferros, a algunos diputados o a la prensa digamos no honesta. Así se llegó a la ocupación militar de la UNAM.

En el libro 1968. Javier Barros Sierra: conversaciones con Gastón García Cantú, del Fondo de Cultura Económica, el histórico rector calificó la ocupación militar a Ciudad Universitaria y sus planteles como una humillación de Díaz Ordaz.

Con García Cantú, que entonces era director de Difusión Cultural, recordó los detalles: quienes planearon la acción sabían las rutinas del rector, que los miércoles solía quedarse trabajando en su casa. Otros funcionarios que sí estaban en rectoría habrían sido detenidos esa noche de no haber asistido al funeral del poeta León Felipe.

Esa tarde del 18 de septiembre los teléfonos de la Torre de Rectoría, las secretarías particular y general y de la casa de Barros Sierra fueron cortados, de modo que el rector no supo de los hechos sino hasta que, ya entrada la noche, García Cantú llegó a su casa a avisarle.

Refiere Cristina Barros: La ocupación fue para el Ejército un desastre. Después de entrar, los militares ya no sabían cómo retirarse.

–¿Cómo vivió el momento?

–Yo ya era profesora en la Facultad de Letras y el papá de mi hija, en Química. Nosotros vivíamos el movimiento desde nuestras facultades. Pero en el libro de don Gastón García se narra muy bien este capítulo: cuando los tanques ya estaban acercándose a CU por Insurgentes, en la Facultad de Economía se estaba presentando un examen profesional. Había maestros en las escuelas, incluso recordarás que arrestaron a la entonces directora de Economía, Ifigenia Navarrete, y Jorge Tamayo y a varios maestros. Algunos pudieron escapar, pero muchos otros fueron detenidos y en los días siguientes el rector se dedicó a tratar de sacarlos de la cárcel. Mi padre lo dijo muchas veces: el gobierno estaba cometiendo torpeza tras torpeza, porque no estaba entendiendo lo que estaba pasando. Nunca entendió las dimensiones del movimiento.

Sobre el 2 de octubre, los recuerdos de Barros en las conversaciones con García Cantú giran en torno a la gestión que realizó directamente con Díaz Ordaz para abrir una vía de diálogo entre su gobierno y los líderes estudiantiles. Justo la tarde del 2 de octubre estaba prevista una reunión con dos emisarios del presidente y dos representantes del Consejo Nacional de Huelga. Años después el rector reconoció: Fue un error intentar esa vía. El presidente ya había tomado la determinación de reprimir violentamente y exterminar al movimiento.

La noche del 2 de octubre, Barros Sierra llamó por teléfono dos veces a Díaz Ordaz. Relata en el libro de García Cantú: Primero me dijo que había habido algunos heridos y muertos, pero en pequeño número. En la segunda llamada, cuando el rector ya tenía una idea de la magnitud catastrófica de la matanza, el presidente me dijo que, infortunadamente, se había podido comprobar que era bastante mayor el número de víctimas.

Sobre la falta de certezas que medio siglo aún pesa en la sociedad mexicana sobre el número de personas que cayeron esa noche, Barros Sierra expresa: Recuerdo que los estudiantes publicaron, de una manera dispersa, listas de de-saparecidos, que fueron sistemáticamente refutadas por gacetilleros mal llamados periodistas, al servicio aparente de los diarios, pero en realidad del gobierno federal mediante las nóminas de una secretaría de Estado que se encarga de los asuntos políticos.