cultura | 04 de Agosto de 2019

El caso es que asesinato y desaparición del revolucionario Paulino Martínez, figura muy cercana y de confianza de Emiliano Zapata, nunca se esclareció. Foto archivo La Jornada Semanal

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Blanche Petrich / La Jornada
Ciudad de México, 4 de agosto.- Frente al zaguán de la vecindad donde vivía, en el pequeño tramo de la calle Leandro Valle que va de la Plaza de Santo Domingo, pasando por debajo del arco de lo que fue uno de los conventos más antiguos de la ciudad, hasta la siempre ajetreada calle República de Bolivia, el periodista e ideólogo del zapatismo Paulino Martínez se despidió de la empleada de la familia y le dijo: “Dígale a la señora que voy a la Secretaría de Guerra, que Robles (general José Isabel Robles, ministro de Guerra) me mandó llamar para un asunto de urgencia, que volveré en un cuarto de hora a más tardar.”

Paulino Martínez subió al automóvil que lo esperaba, acompañado por los dos militares que lo fueron a buscar, y partió. Nunca más lo volvieron a ver. Fue asesinado esa noche, o quizá al día siguiente. El ministro de Guerra declaró más tarde que él no firmó esa tarjeta citándolo, o al menos no lo recordaba.

La esposa de Paulino era Crescencia Garza, una chicana nacida en Texas que tenía doble nacionalidad. Además de aguerrida revolucionaria había sido empresaria. Toda su herencia la invirtió en comprar las siete imprentas donde desde 1890 su marido, ilustre periodista, había editado sus periódicos. Siete en total. Entre ellos El Chinaco, La Voz de Juárez, El Monitor Democrático (donde se publicó por primera vez el Plan de San Luis en Tejas).

El caso es que asesinato y desaparición del revolucionario Paulino Martínez, figura muy cercana y de confianza de Emiliano Zapata, nunca se esclareció, a pesar de que ha transcurrido un siglo y un lustro del crimen. Prevalece, como suele ocurrir, una versión oficial que enturbia la figura y la memoria de la víctima e impide la comprensión cabal del crimen.

Según la versión oficial, replicada en casi todos los libros de la historia revolucionaria, el asesinato fue ordenado por los villistas y perpetrado por uno de sus ejecutores, Rodolfo Fierro. Esta es la historia que quedó para la posteridad, divulgada por el propio José Vasconcelos, quien ya estaba al frente de la cartera de Instrucción Pública durante el gobierno provisional de Eulalio Gutiérrez.

Vito Alessio-Robles, jefe de la seguridad de Ciudad de México, refrendó y consagró en sus expedientes esa misma versión. Ambos se llevaron a la tumba la trama real del homicidio de Paulino Martínez.

La versión silenciada

Pero hay otra versión que rebate esta “verdad oficial”. Es una declaración ministerial hecha por la viuda Crescencia Garza, seis años después del crimen (12 de abril de 1920) ante el Juez Quinto de lo Penal, que apunta en un sentido opuesto.

Como resultado de sus propias averiguaciones, mientras buscaba ubicar dónde quedaron los restos de su marido y saber por qué fue asesinado, Cresencia aporta indicios que apuntan hacia un crimen urdido entre las propias filas del zapatismo, en plena Convención de Aguascalientes, y señala a un agente de la policía reservada, Prócoro Dorantes, bajo las órdenes de Vito Alessio-Robles, como presunto autor material. El nombre de Prócoro no volverá a aparecer en ningún documento oficial del expediente y el propio jefe de la seguridad capitalina cubrió su huida.

Esta declaración refiere también las fuertes fricciones que existían entre su esposo, asignado por el propio Zapata como su delegado ante la Convención de Aguascalientes, y Antonio Díaz Soto y Gama, otro zapatista que aspiraba a ser el representante del Caudillo del Sur.

El documento arroja luz a otro dato desconocido. Una semana antes del asesinato, en una junta secreta entre los generales Villa y Zapata y el presidente interino Eulalio Gutiérrez, el jefe del Ejército Libertador del Sur propuso a Paulino Martínez como secretario de Gobernación en el nuevo gobierno que emergiera de la Convención, justamente en alianza –y no en oposición— a las fuerzas villistas. Gutiérrez favorecía al carrancista Lucio Blanco. Pero el día 12 le hizo saber al periodista asignado por Zapata que aceptaría su nombramiento. Al día siguiente lo harían desaparecer. Y Blanco se quedó con la importante cartera.

La voz de Crescencia

La declaración de la señora Garza era prácticamente desconocida hasta 2012. Fue la filóloga de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa Laura Hernández Martínez, quien además es bisnieta de Paulino y Crescencia, quien encontró casi de manera fortuita esa declaración firmada por la viuda, en el transcurso de una investigación que la llevó a rastrear documentos donde todavía no habían incursionado otros investigadores especializados en la historia de esa época, y aunque la doctora Laura Hernández puso el documento en manos de otros especialistas, nadie lo tomó en cuenta.

“La historia de Paulino Martínez –dice en una entrevista— es la historia de un vencido. Es un episodio de la necropolítica mexicana que se remonta a más de un siglo y que encima resulta incómoda hoy en día. No les va a gustar a quienes defienden la imagen de Madero, la de Díaz Soto y Gama, la de Vito Alessio-Robles. Quizá por eso Paulino fue olvidado. Pero si mi bisabuelo quedó en el olvido, mi bisabuela Cresencia ni siquiera existe.”

Laura es nieta de Aurora Martínez, la hija mayor de Paulino y Crescencia, también luchadora y perseguida. De su voz, que también insistió durante décadas por una reivindicación de su padre y un esclarecimiento del crimen, tampoco quedó nada en el registro de la historia oficial, a pesar de que ella, como el resto de la familia, participó en la gesta zapatista y sufrió cárcel y amenazas.

Siendo muy jóvenes, la abuela Aurora y la tía abuela Clorinda, hijas de la pareja de revolucionarios zapatistas, protagonizaron el incidente que su madre, Crescencia, narra así: “El 3 ó 4 de octubre (de 1915) fueron aprehendidas mis hijas, las señoritas Aurora y Clorinda Martínez en la Calzada de Tlalpan, cuando conducían en dos automóviles armas y parque.” Es decir, trasegaban armas para la causa, para el general Zapata y otros jefes de la Revolución.

La bisnieta se explica así ese olvido intencional: “Quizá porque las guerras son un asunto masculino, las mujeres no cuentan en los relatos históricos. Aunque ellas participan, ellas sostienen a quienes combaten, lo hacen quizá no en el campo de batalla sino desde la clandestinidad, desde otras tareas que también son peligrosas y necesarias. Ese es el caso de Crescencia.”

Si no queda rastro de la voz de su bisabuela o su abuela Aurora en la versión oficial, a la bisnieta tampoco le ha sido fácil hacer valer la suya. Han pasado seis años desde que logró desenterrar la declaración de la viuda de Paulino Martínez y, a pesar de su evidente importancia, ningún investigador con quien compartió su hallazgo quiso darle importancia. “Parece que, en ese caso, escribir sobre la historia también es cuestión de hombres. Me pareció llamativo que cuando puse este documento a la disposición de otros historiadores, Pedro Salmerón y Paco Ignacio Taibo ii, no tuvieron interés.”

“La declaración de mi bisabuela es, para mí, una voz femenina que integra el enorme coro de voces silenciadas ahora y entonces. Ese es el valor que le atribuyo para la comprensión de nuestro pasado y, por lo tanto, intento dotarla de un carácter político”, sostiene Laura Hernández en el texto “Un crimen en la convención: el asesinato de Paulino Martínez”.

Una casualidad

El hallazgo de este testimonio fue, podría decirse, providencial. En 2012 la investigadora agotaba la exploración de todos los archivos posibles rastreando datos que arrojaran luz sobre este hecho que determinó el devenir de su familia. Así dio con un paquete de documentos del general Pablo González Garza; en la plataforma en línea del Centro de Estudios de Historia de México Carso, encontró esta referencia. Se presentó al cehmCarso para ver si lo podía consultar; ahí quedaron sorprendidos de que alguien hubiera podido encontrar la declaración en internet, ya que no se había autorizado que se hiciera público. “De manera que fue una casualidad que lo encontrara, gracias a un error de quienes lo digitalizaron.”

La impresión del documento impreso por el cehmCarso son cuatro folios, copia carbón de un escrito a máquina de letras borrosas, laboriosamente copiadas por Laura Hernández.

Secuestro, desaparición forzada

Declara la viuda ante el juez: “El día 13 (de diciembre, 1914) a las 4 de la tarde se presentaron tripulando un automóvil varios militares que venían en busca de mi esposo.” Mostraban una tarjeta del general José Isabel, ministro de Guerra, citándolo de urgencia. A las 8 de la noche, cuando al fin lo encontraron, el veterano luchador accedió a acompañarlos. Nunca volvió.

Crescencia refiere que viendo que no regresaba en el tiempo indicado fue a la Secretaría de Guerra, a donde supuestamente lo habían llevado. “Estaba cerrada.” Fue de un lado al otro hasta que en el Hotel Palacio, donde se alojaba el gobierno provisional, le dijeron que Paulino “estaba en una junta”.

Al día siguiente volvió al Hotel Palacio para descubrir que el presidente interino había cambiado abruptamente su lugar de residencia a la casa Braniff, en Paseo de la Reforma número 25. Ahí finalmente les informaron que la noche anterior “habían matado a mi esposo a espaldas de la fábrica ‘El Progreso’ y que ponían a la policía a nuestra disposición”.

 Ecos de Ayotzinapa

A partir de ese momento, para Crescencia, sus hijos y sus amigos empezó un doloroso recorrido en busca del cuerpo de Paulino. Fue Vito Alessio-Robles quien le dio esta cruel respuesta a su esposa: “Señora, a don Paulino lo mataron en la fábrica El Progreso, a palos, quemando después sus restos.”

Días después, sigue la declaración ministerial, un general, Ramón Aguilar, la buscó en su casa y le filtró un nuevo dato: le dijo que “la trama de este misterioso crimen se había urdido en la misma inspección general de Policía, agregando que había un empleado llamado Prócoro Dorantes, quien tenía la orden de aprehensión contra mi esposo”.

Crescencia Garza contó con el apoyo de varios compañeros de lucha en su búsqueda, entre otros Octavio Paz, con quien Paulino había compartido las batallas periodísticas en La Voz de Juárez y El Chinaco. Además, buscó el apoyo del cónsul de Brasil, quien representaba los intereses del gobierno de Estados Unidos ante el gobierno mexicano, e intentó apoyarla en la obtención de un acta de defunción, que nunca logró.

El 10 de enero el presidente interino Eulalio Gutiérrez, acosado ya por las pugnas entre los caudillos que poco caso hicieron a los acuerdos de la Convención de Aguascalientes, huyó con Vasconcelos y otros cercanos. Con él huyeron todos los detenidos como presuntos implicados en el crimen de Martínez.

Para la investigadora y bisnieta, estos datos son reveladores porque demuestran que su secuestro fue un acto bien planeado, no un ajusticiamiento como los que ocurrían en las frecuentes purgas entre las filas revolucionarias de la época. En particular, le llamaron la atención estas líneas sobre la supuesta quema de los restos del periodista. “Me hicieron pensar sobre el paralelismo con el caso de los 43 de Ayotzinapa (2014) y la perversa ‘verdad histórica’ del exprocurador Jesús Murillo Karam sobre la falsa incineración de los restos en Cocula. Eso le dio la idea de montar, como una pausa reflexiva en su proceso de escribir El hijo del chinaco, la biografía de su bisabuelo, un performance justo en el domicilio de Leandro Valle 20. La obra, refiere ella misma en un artículo publicado entonces, “Biografía e historia familiar”, es “una forma de careo, entre la versión oficial y lo que mi bisabuela había declarado en la policía. En la primera parte de la obra sólo había dos personajes: el asesino y Crescencia, que tenían soliloquios dialogados en los que se confrontaban dos maneras de ver lo mismo. La segunda parte era el funeral sin cuerpo, en donde yo traté de imaginarme el duelo de mi bisabuela como esa viuda desconsolada que ha perdido a su marido sin poder recuperar su cuerpo”.

No acuso

En su declaración, Crescencia “no acusa a nadie, sino que va señalando cómo la engañan los personajes a quienes acudió”. En aquellos años los revolucionarios, vencedores, se fraccionaba en múltiples bandos. Abundaron ejecuciones como ésta en una y otra fracción. La bisnieta describe así el clima que prevalecía ese fin de 1914: “Había concluido la etapa armada de la revolución y está por verse quién manda. Nuevamente, es un asunto de machos.”

La doctora Laura Hernández aclara: “Yo tampoco acuso. Pudiera pensarse que estoy presentando como una verdad definitiva lo que dice Crescencia, porque es mi bisabuela, porque es la historia de mi familia. Pero no; tengo claro que en ese caso quizá nunca se conozca la verdad. Pero el documento de la declaración establece hechos que hay que contrastar.”

En su artículo “Un crimen en la Convención”, la investigadora describe la versión que Vasconcelos “oficializa” en su libro La Tormenta, donde se sugiere que fue Francisco Villa quien ordenó su asesinato, “porque no le perdonaba que hubiera abandonado el maderismo”.

Vasconcelos asegura que al día siguiente de “la ejecución” de Paulino, Rodolfo Fierro, un villista, acudió en persona ante el presidente interino “y confesó a Eulalio que él había hecho fusilar al ilustre viejo… por gusto… Mas bien, pensé yo, porque no le perdonaban el discurso de Aguascalientes en el que el veterano revolucionario condenó a los bribones porque usaban la revolución para enriquecerse y asesinar”.

Durante los meses siguientes la prensa carrancista insistió en relacionar el asesinato de Paulino con la confrontación entre los seguidores del líder del sur y los del Centauro del Norte.

La posición de Vasconcelos, sin embargo, es matizada por la investigadora Laura Martínez, quien reconoce que el ilustre educador profesaba gran respeto por el viejo periodista. Y lo cita en su artículo, en particular sus elogios al papel que Paulino jugó en la Convención, donde su discurso fue “uno de los pocos discursos nobles, valientes y libres”, en el que arremetió en contra del régimen militar y la corrupción que se infiltraban en la Revolución. “Don Paulino, indio y exobrero y veterano de las luchas contra la opresión capitalista del porfirismo y, además, periodista, no asesino, era el auténtico representante de la mayoría vejada.”

Fue Lázaro Cárdenas quien finalmente reconoció, en 1940, el valor de las incansables batallas de Crescencia Garza y sus hijos a favor de la lucha revolucionaria, al asignarle una pensión como veterana. Y a la vuelta del siglo la historia de Paulino Martínez daría otro giro. El vienes 7 de junio, día consagrado a la libertad de expresión, el presidente Andrés Manuel López Obrador reivindicó su figura y sus aportaciones como periodista y luchador, al develar una placa conmemorativa en su honor, justo en el lugar donde estuvo aquella vecindad, calle Leandro Valle número veinte.  

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