cultura | 04 de Marzo de 2018

Como parte de su visita a México, los integrantes de la orquesta de Viena impartirán clases magistrales y talleres a alumnos seleccionados de escuelas de música del circuito del INBA Foto Foto cortesía de la Secretaría de Cultura

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Pablo Espinosa

Ciudad de México, 4 de marzo.- En el primero de sus tres conciertos en México dirigida por Gustavo Dudamel, la Filarmónica de Viena se pintó de cuerpo entero: es una orquesta que sonríe, sabe bailar, conoce el don de la sensualidad, conjura talento con disciplina; es un agrupamiento en transición y luce sus bondades de la misma manera como una flor florece, la luna brilla, el agua fluye y mañana será otro día.

El primer programa fue también el típico de una orquesta en gira: excesivo.

Porque es un exceso programar una sinfonía que elegirían, de acuerdo como nos instruyó Julio Cortázar, los famas y los esperanzas, mientras los cronopios preferiríamos algo más sexy: iniciar con la segunda de Charles Ives (1874-1954) con sus exquisiteces cuasi anacrónicas es un exceso diplomático solamente porque vienen de tocarla en el Carnegie Hall de Nueva York y el protocolo indica: Gringolandia, obra de compositor gringo/ emblema; en su lugar, las criaturas del Enormísimo Cronopio hubiéramos puesto a Volfi Mozart, su sinfonía Praga, por ejemplo.

Un exceso la segunda parte del programa: la Cuarta de Chaikovski, espectacular, apasionada, dispuesta al alarido.

Un exceso de calidad, exquisitez, finura, la crema y la nata y la nata de la crema. Hacía mucho tiempo que no escuchábamos música de tan elevado nivel estético en su ejecución. Gran acierto de nuestras autoridades culturales, punto para María Cristina García Cepeda y Lidia Camacho.

Tan elevado el nivel, tan nítido es lo diáfano, que hasta resultó evidente el resbalón del director venezolano compases antes de la coda final en Charles Ives: mientras su diestra acusaba las enseñanzas de su maestro Simon Rattle, la izquierda lucía la quironomía que le instruyó su otro maestro: Claudio Abbado, en los compases de transición de salida, dejó de dirigir con manos y brazos, comenzó a conducir con el cuerpo y los músicos, desconcertados, hicieron sonar un cuadro cubista de Picasso, pero en segundos disipó esa leve duda Dudamel y todo volvió a ser perfecto. O casi.

Porque si una orquesta resiste esa palabrota: perfecta, es la Filarmónica de Viena, que para los famas y los esperanzas es la número uno en el planeta, mientras para los cronopios la número uno es la Filarmónica de Berlín. En lo que no hay duda es que ese uno dos, Viena y Berlín, es lo supremo, lo máximo, lo que conduce a lo cuasi perfecto en música.

La Filarmónica de Viena sabe sonreír: las delicias aromáticas de la sinfonía de Ives las hacen sonar estos músicos con elegancia, justeza pero sobre todo placer y eso no solamente suena: sonríe. Uno puede ver a los músicos en acción sonriendo en Bellas Artes cuando logran pasajes de exquisitez, por igual que uno puede escucharlos sonriendo sin verlos, es decir, a través de un disco compacto. El impacto aquí es que unos míseros mortales los vimos en vivo, en el Palacio de Bellas Artes, mientras una multitud enfebrecida los seguía en la transmisión, también en vivo, en una pantalla gigantesca a un costado del palacio de marmomerengue.

La Filarmónica de Viena sabe bailar: las delicias gustativas de las sinfonías de Ives y de Chaikovski, se convirtieron en curvas sinuosas sonantes en movimiento cual caderas, en rulos sonoros, resortes mágicos hasta llegar al clímax: si en la preparación del ataque final cuando Ives, Dudamel dudó e hizo sonar un pandemonium, cuando calculó la coda final en Chaikovski sí acertó: levantó los brazos a lo máximo, arqueó el cuerpo hasta lo cuasi acuático, dio un salto espectacular y eso escuchamos en la orquesta: un hachazo en medio del bosque partiendo en dos el lomo de un enorme roble que se desploma y en su estrépito hace sonar a todos los árboles consigo: el final apoteósico de la Cuarta Sinfonía del apasionadísimo Chaikovski, para que el alarido del público ahora sí tenga razón de ser, pues cuando gritaron bravos y vivas y hurras y se lastimaron las manitas de tanto aplaudir cuando terminó la Segunda de Ives, en realidad no era para tanto.

La Filarmónica de Viena es una orquesta en transición: repudiada durante décadas por ser el club de Tobi, ahora ya cuenta entre sus filas con la fabulosa cantidad de 10 mujeres, ocho en cuerdas y dos en alientos, todas el sostén de lo que suena, como quedó demostrado en el concierto inaugural de la gira mexicana: Sophie Dartiganlogue en el fagot y Karin Bonelli en flauta, encabezaron los asaltos finales a la gloria: sus intervenciones, sus aciertos y eficacia sónica, fueron la auriga que ganó el combate.

Otra evidencia de la transición: las filas de las cuerdas están formadas por parejas: a la izquierda un músico maduro, consumado y a su diestra un joven de peinado hipermoderno, pantalones ajustados y un sonido pocamadre.

Así cada una de las filas de la sección de cuerdas.

Lo mejor de esta orquesta en gira: el coro de 10 violonchelos. Una epifanía.

Y los chicotazos de los contrabajos. Y las hojas amarillentas de las particelli que ostenta una orquesta rancia de abolengo. Y los timbales casi de la era Ásterix. Y el asombroso equilibrio de las intensidades, las modulaciones, las dinámicas.

Densidad. He ahí el acierto mayor de Gustavo Dudamel en el primero de los tres conciertos mexicanos al frente de la mejor orquesta del planeta: densidad de sonido. Peso específico. Consistencia. Belleza.

Así fue la noche inaugural en Bellas Artes de la gira de la Filarmónica de Viena.

En conferencia de prensa, el conductor habló del poder unificador de la música

Fabiola Palapa Quijas

De niño, el maestro Gustavo Dudamel (Barquisimeto, Venezuela, 1981) jugaba a dirigir orquestas con sus juguetes; ahora lleva la batuta de las orquestas más grandes del mundo, como la Filarmónica de Viena, que este fin de semana ofrece una serie de conciertos en el Palacio de Bellas Artes y el Auditorio Nacional.

Una de las primeras orquestas que me invitó a dirigir fue la de Viena. Cuando me invitaron no lo podía creer, me confundí, corrí, celebré y fue una realidad. A partir de ahí, desde Lucerna, en 2006, hemos creado una relación maravillosa, única, de familiaridad, cooperación y hermandad, y eso esperamos mostrar en estos tres conciertos con la Orquesta Filarmónica de Viena, expresó el viernes el director sinfónico y operístico venezolano antes de su primer concierto.

El también conductor musical de la Filarmónica de Los Ángeles y de la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela comentó: la música para mí es un disfrute, un placer; soy un ser privilegiado. Imagínense: estoy hoy en México para dirigir a la Filarmónica de Viena; es un sueño.

En conferencia, Dudamel recordó que hace 22 años tocó el violín con la Orquesta Nacional Infantil de Venezuela en el Palacio de Bellas Artes; ahora que regresa al recinto de mármol se siente feliz de estar junto a la agrupación de Viena. “Es un sueño hecho realidad. Tengo la oportunidad de dirigir en carne y hueso a la orquesta que conduje en grabaciones, cuando era niño y jugaba a dirigir orquestas con mis juguetes.

México significa mucho para Venezuela, sobre todo en el proyecto donde crecí, el Sistema Nacional de Coros y Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela.

Dudamel recordó que en ese proyecto, que emprendió José Antonio Abreu, de hacer de la música el lenguaje cotidiano de los niños, contó con el apoyo de Carlos Chávez y Eduardo Mata; por eso en su visita a México el músico venezolano junto con Arturo Márquez dirigirá también el concierto Encuentros: México y las Américas unidos a través de la música, hoy a las 12:30 horas en el Palacio de Bellas Artes, en el que participarán 300 niños y jóvenes.

Este encuentro es parte de esa dinámica de hacer de la música un derecho humano esencial, que no se vea como algo alejado de la vida cotidiana, sino como parte de nuestro crecimiento como seres humanos.

Sobre la crisis que se vive en Venezuela, el director sinfónico compartió que su país saldrá adelante. Siento que mi país es un maravilloso avión que pasa por una turbulencia; tengo la esperanza de que saldremos adelante.

Además, subrayó que la música tiene un poder unificador, por eso, el sistema venezolano de orquestas infantiles es una flor hermosa, un jardín que llena a un país de esperanza.

Como parte de su visita a México, los miembros de la orquesta de Viena, con el auspicio de la Fundación Gustavo Dudamel, impartirán clases magistrales y talleres a estudiantes seleccionados del Conservatorio Nacional, de las escuelas superiores de Música y de Música y Danza de Monterrey, del Instituto Nacional de Bellas Artes