méxico | 03 de Octubre de 2018

¡No violencia, no violencia!, fue la respuesta de cientos de estudiantes que a una sola voz lograron disipar a los encapuchados. Foto Jesús Villaseca

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Redacción / La Jornada
Ciudad de México, 3 de octubre.- Los disparos parecían interminables. Aterrados, miles de jóvenes trataban de protegerse o escapar. Era el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. En medio de ese oscuro panorama los estudiantes no sabían qué sucedería en los siguientes minutos. La única certeza es que si sobrevivían, dedicarían lo que les quedara de vida para luchar por un México diferente. Cincuenta años después, con cabello cano, persisten incansables en esa lucha.

Al conmemorarse el 50 aniversario de la matanza de Tlatelolco, aquellos jóvenes alzaron de nuevo la voz. Las palabras del fallecido Raúl Álvarez Garín, uno de los líderes históricos del movimiento del 68, cobraron mayor fuerza: los sobrevivientes de esa generación sumaron un nuevo llamado a su exigencia de verdad y justicia; hoy están dadas las condiciones para transformar el país en uno libre, democrático y justo –como demandaban hace medio siglo– y corresponde a la ciudadanía organizarse para alcanzarlo.

Durante la conmemoración se instaló un antimonumento en una de las jardineras cercanas al Zócalo de Ciudad de México en el que se lee: 2 de octubre no se olvida. Fue el Ejército, fue el Estado.

La participación de los jóvenes de hoy es indispensable para construir un país diferente, sentenció ayer Félix Hernández Gamundi en nombre del Comité 68, durante el mitin en la Plaza de la Constitución, donde miles llegaron para recordar aquel trágico episodio de la historia reciente del país.

La cita era a las cuatro de la tarde, pero desde mucho tiempo antes miles comenzaron a congregarse en la Plaza de las Tres Culturas para marchar hacia el Zócalo encabezados por el Comité 68.

Fueron 90 mil, de acuerdo con cifras del Gobierno capitalino, aunque los organizadores hablaron de muchos más.

Eran jóvenes de todas las edades, de cabezas blancas y de canas negras, una fusión de generaciones que busca una nueva ruta para el país, afirmó Hernández Gamundi.

Y como si hubieran adivinado esas palabras, a lo largo del recorrido miles de jóvenes hicieron suyas las demandas del 68, las abrazaron y se comprometieron a luchar por ellas. Mientras existan jóvenes siempre habrá rebeldía. Los ancianos son nuestra memoria, se leía en una de las cientos de pancartas que universitarios, politécnicos y normalistas portaron ayer.

“Mis abuelos lucharon en el 68, a mí me toca luchar en 2018. ¡Fuera porrosde la UNAM!”, señalaba otra pancarta.

No había qué celebrar. La justicia sigue pendiente. Pero eso no evitó que el ánimo juvenil llenara de fiesta y creatividad el paso de los contingentes.

Apareció una cabeza gigante haciendo mofa de la figura de Gustavo Díaz Ordaz, el villano de la escenificación, escoltado por dos títeres gigantes que representaban a los ex secretarios de Gobernación Luis Echeverría y de la Defensa Nacional Marcelino García Barragán.

Los primeros contingentes llegaron al Zócalo después de las cinco y media de la tarde. La banda de Tlayacapan amenizaba la conmemoración y se leyó el poema La estela de Tlatelolco, de Rosario Castellanos, en homenaje a los caídos.

El reloj de catedral marcó las seis y diez de la tarde. La hora en que hace medio siglo comenzó el fuego contra la multitud reunida en la Plaza de las Tres Culturas.

Y se guardó un minuto de silencio por las víctimas del 2 de octubre de 1968. ¿Cuántos muertos caben en un minuto de silencio?

Lo que no pudieron las balas ni las amenazas del gobierno, lo logró el paso de los años. En esta emblemática conmemoración casi todos los históricos fueron los grandes ausentes. Nombres como Raúl Álvarez Garín, Leopoldo Ayala, Fausto Trejo, Roberta Avendaño, Javier Barros Sierra, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, José Revueltas y Eduardo Valle, El Búho, por citar algunos, acompañaron en espíritu la manifestación. Murieron sin la satisfacción de obtener justicia, pero ayer, en un emotivo pase de lista, se nombró a 36 de los ausentes.

El movimiento de 1968 fue derrotado militarmente por la represión brutal de un gobierno autoritario que no entendió a su juventud ni que se estaba gestando un nuevo país, pero en los años que siguieron muchos de quienes participaron en él repitieron la experiencia de organización del 68 en sindicatos y universidades, y el ánimo por un México diferente fue creciendo, dijo ante un Zócalo pletórico Hernández Gamundi.

Hoy, aún no se han conseguido las demandas del 68, pero su experiencia de organización y la conseguida en 50 años puede ser retomada para logarlas. La experiencia que nos deja el 68 es que podemos luchar para vivir felices, con orgullo y a plenitud, y por mucho más. Siempre vamos a triunfar cuando estemos unidos.

Corresponde a la ciudadanía organizarse de manera independiente, pacífica, unitaria y solidaria para alcanzar la democracia, que hoy quiere decir que queremos un gobierno que gobierne de una manera nueva, de una manera incluyente, basado en la democracia participativa, finalizó.

También tomaron la palabra los representantes de otras luchas: los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa desapaerecidos; los damnificados del sismo del 19 de septiembre de 2017; los universitarios en lucha contra el porrismo y la inseguridad, quienes abrazaron las demandas del 68, y los opositores al nuevo aeropuerto, entre otros.

Universitarios, trabajadores, niños, mujeres, hombres y ancianos, miles respondieron a la convocatoria para recordar que el 2 de octubre no se olvida y que no podrá haber perdón, sin justicia.

Pasadas las 19:30 de la noche, el mitin había concluido y miles de personas seguían llegando al Zócalo. Contingentes sobre todo de estudiantes de bachillerato aún transitaban por la calle 5 de Mayo coreando goyas y huélums,fundidos en un mismo grito, evocando la rebeldía de la generación del 68. Un gigantesco tanque militar, elaborado con cartón, los acompañaba en un performance que criticaba la represión del Estado.

La marcha transcurrió en calma. No hubo presencia policiaca; sin embargo, casi al finalizar el mitin un grupo de jóvenes con el rostro cubierto –a quienes se identificó como anarquistas– rompió las vidrieras de dos tiendas cercanas al Zócalo.

¡No violencia, no violencia!, fue la respuesta de cientos de estudiantes que a una sola voz lograron disipar a los encapuchados.