deportes | 03 de Julio de 2018

Todos lo imaginaron, como cada cuatro años, pero la imaginación no alcanzó a la realidad, México fue eliminado por Brasil. Foto tomada de Facebook del Tri

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Redacción La Jornada

Ciudad de México, 3 de julio.- Todos lo imaginaron, como cada cuatro años, pero la imaginación no alcanzó a la realidad: no hubo quinto partido. México fue eliminado por Brasil con marcador de 2-0 en octavos de final en Rusia 2018. Pudo ser más amplio el despertar ante un equipo que fue creciendo hasta dejar claro que hay años, talento o una sicología todavía distante como para ser decisivo.

Tal vez sea un tema de diván, pero llegar a cuartos de final se ha convertido en un tema tan obsesivo que más que procesos quizás sea necesaria una terapia de largo plazo. El Tri ha convertido su drama de octavos en un cliché conocido más allá de las fronteras mexicanas. Una selección que presume siete mundiales consecutivos superando la fase de grupos, pero incapaz de llegar más lejos, está condenada a jugar de manera permanente con las ilusiones.

Márquez, desde el inicio
El soberbio partido del debut ante Alemania parecía repetirse por momentos en la primera media hora. Juan Carlos Osorio organizó una alineación con algunas variaciones; la imposibilidad de disponer de Héctor Moreno en la zaga lo obligó a mover las piezas. Carlos Salcedo emergió como el central que puede pararse en la línea de fuego sin miedo.

Rafael Márquez como titular hizo arquear la ceja a más uno, aunque después la volverían a alzar al descubrir que el veterano defensor se mostraba como un verdadero mariscal de campo que imprimió seguridad al equipo en ese lapso.

La apuesta funcionó al principio. Como una fórmula repetida hasta memorizarla, pues sabían que la mejor manera de combatir a Brasil era no prestándole la pelota. Y en esa media hora la selección mexicana trató de no dejarlos que se lucieran con lo mejor que saben hacer los canarinhos.

Carlos Vela cumplía de nuevo con el papel del jugador creativo y de toque elegante, capaz de convertir un pase en un despliegue peligroso. Los mexicanos salieron a impresionar a Brasil, para no dejarse intimidar, tal como hicieron ante Alemania.

Andrés Guardado tocó la primera pelota y tras una mala intervención de Alisson, el velocísimo atacante Hirving Lozano apareció para intentar un remate que la zaga no le dejó ejecutar. Era una jugada que además de la oportunidad le permitía poner las cartas sobre la mesa.

Esas carreras incontrolables de Lozano, sin embargo, no lograron lo que pretendían. Javier ChicharitoHernández no llegó a tiempo para acompañarlo cuando lo necesitó al lado, o sencillamente los apretaron de tal manera que nunca los dejaron acomodarse para volver a recetar un buen disparo al arco. Los fogonazos se extinguieron en el intento.

Los tricolores no solo controlaban la pelota en esos instantes esperanzadores, incluso tejieron minutos en los que lograban dejar atrás a los encargados de la marca para dar un poco de vértigo al juego. Neymar, la estrella brasileña, en cambio, no lograba notarse de manera ejemplar y parecía incómodo con esa propuesta mexicana.

Ante esta dificultad, Coutinho salió entonces a cubrir esa ausencia. Aunque los disparos que envió no llevaban la fuerza o dirección necesarias. Y cuando lo lograba, Guillermo Ochoa volvía a aparecer en todo su esplendor.

Pasada la media hora, Brasil llegó verdaderamente al juego. Un futbol más complejo y peligroso empezó a deslumbrar en la cancha de la Arena Samara para mala fortuna de los mexicanos, y entonces el protagonismo de Memo Ochoa se volvió clave... y preocupante. Tantas intervenciones espectaculares ya eran muy mal indicio.

El segundo tiempo fue otra historia. Rafa Márquez no dio más y fue relevado por Miguel Layún. Coutinho seguía buscando cómo perforar al equipo mexicano. Eventualmente, los tricoloresrespondían con cierta autoridad, como en el atrevimiento de Jesús Gallardo para buscar la meta brasileña, pero su tiro se fue por encima.

Después llegó Willian tras un pase de talón de Neymar y bordeó el área por la izquierda; a su derecha corrían dos rematadores. Era muy difícil salvarse de ese ataque. El centro cruzó paralelo a la meta y Neymar entonces demostró que su eficacia está probada: llegó barriendo para empujar el gol.

Careció de precisión
El Tri no se cayó, debe reconocerse. Ya con Lozano o Vela buscaron en distintas combinaciones el empate. Pero pisar el área contraria no bastó, siempre les hizo falta esa precisión que requiere un goleador.

A México entonces se le acabó la imaginación. El equipo derivó en un grupo nervioso, que perdía la pelota en medio campo. Más preocupado por lo que podían hacer los atacantes brasileños y sin opciones ya de salir a meterlos en aprietos.

Para ese momento Ochoa era el personaje del conjunto, con intervenciones que rayaban en lo milagroso. El ingreso de Jonathan dos Santos y Raúl Jiménez no aportó gran cosa.

Mientras, Neymar buscaba desdoblarse con su calidad incuestionable que si no funcionaba se volvía en un performance de la agonía más dolorosa. La desesperación empezó a mostrar estragos en los tricolores, y en la enésima caída teatral de la estrella del París Saint-Germain, Layún le dio un recargón con los tachones en el tobillo cuando ya estaban fuera de la cancha. El brasileño se retorció como si hubiera sido amputado sin anestesia.

El árbitro italiano Gianluca Rocchi esperó algunos minutos mientras atendían a Neymar y los mexicanos le pedían que reanudara las acciones.

El partido estaba a punto de agotarse y el Tri no parecía encontrar la oportunidad para el alargue. Dos minutos antes del final, Neymar condujo un contragolpe, Ochoa no pudo contener esa llegada y la pelota quedó para Roberto Firmino, quien definió a placer para matar el sueño mexicano.

Así terminó el Mundial de Rusia para la selección, ese donde se imaginaron cosas chingonas, pero que, una vez más, no pudieron vencer a la realidad.